Día litúrgico: Miércoles 2 de Pascua
Ver 1ª Lectura y Salmo
Texto del Evangelio (Jn 3,16-21): Dijo Jesús:
Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no es condenado, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.
En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas.
Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas.
En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.
Palabra del Señor.
Reflexión
El texto del evangelio de hoy, es una reflexión profunda del evangelista sobre la acción de Jesús.
Cristo ha muerto por todos. Es la prueba del amor que a todos y a cada uno nos tiene Dios. Somos amados por Él. Hemos sido salvados por Jesús cuando hace dos mil años se entregó a la muerte y fue resucitado a la nueva vida. La Pascua que estamos celebrando nos recuerda: tanto nos ha amado Dios, que ha entregado por nosotros a su Hijo. Para que creyendo en Él y siguiéndolo, nos salvemos y tengamos la vida eterna.
El inmenso amor de Dios al mundo, un amor extremo y exagerado, le ha costado el desgarro de la entrega de su Hijo, una entrega total y dolorosa, hasta la muerte.
San Pablo en su carta a los Romanos no sale del asombro en cuanto al desmedido amor de Dios, pues dice: «Por un hombre bueno alguien estaría dispuesto a dar su vida, pero Dios probó que nos ama, dando a su Hijo por nosotros que somos malos». ¿Quién puede entender un amor como éste, un amor que no reclama sino que se goza en dar, y en dar incluso lo más amado?
Esta es la locura del amor de Dios: amarnos a nosotros, pobres pecadores. Pero si esto es asombroso, lo es más el hecho de que no sólo nos amó y se entregó por nosotros, sino que junto con esto nos regaló el poder de ser llamados «hijos de Dios», nos dio la vida y vida en abundancia. Sin embargo, todavía hay gente que no acepta este regalo y que sigue creyendo en el Dios vengativo y castigador. Jesús no murió y resucitó para que sigamos viviendo en el temor.
Su resurrección nos abrió las puertas a la alegría y al gozo, a la confianza infinita en el amor y el perdón del Padre que nos ha amado, nos ama y no dejará jamás de amarnos. Y lo mejor es que no puede hacer otra cosa que amarnos de manera infinita. En la Resurrección, descubrimos un amor verdadero, que triunfa sobre el egoísmo, porque se ha entregado del todo, asumiendo el precio que esa entrega comporta. Vivir en este mundo en el ámbito de la resurrección por el bautismo, significa vivir creyendo que ese precio merece la pena, que no es una pérdida, sino una ganancia y que, pese a todas las apariencias, el amor siempre vence.
¿Somos capaces a imitación de Dios, amar a nuestro mundo, y no pasarnos la vida condenándole?
¿Nos dejamos iluminar y guiar por la luz del evangelio y los sentimientos de Cristo?
¿Estamos compartiendo la Luz que se nos ha regalado en Jesús?
Padre santo, danos voluntad, valentía, humildad, sabiduría, templanza y alegría, para ser verdaderos testimonios de tu amor. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza