Día litúrgico: Navidad: 8 de Enero
Texto del Evangelio (Lc 5, 12-16): Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante Él y le rogó: “Señor, si quieres, puedes purificarme”.
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. Y al instante la lepra desapareció.
Él le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: “Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”.
Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse sanar de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares desiertos para orar.
Palabra del Señor.
Reflexión
El evangelio nos presenta otra de las manifestaciones iniciales de Jesús: la curación del leproso.
Es admirable la disposición y la oración del enfermo: “Señor, si quieres puedes limpiarme”. Y la respuesta concisa y efectiva de Jesús: “Quiero, queda limpio”.
Nada extraño que su fama creciera y que su actuación misionera de predicación y de curación de los que sufrían levantara entusiasmo por todas partes. Él, conjugando esta entrega a los demás con la unión con su Padre, “solía retirarse a despoblado para orar”.
La figura de Jesús, tal como aparece en el evangelio, es la de una persona inmensamente humanitaria. Jesús no es un teórico de la caridad. Ante el leproso se conmueve, antes de curarlo, lo toca. ¡Cuánto tiempo haría que aquel leproso no sentía el contacto cálido de la mano de otra persona!
Nosotros, los que creemos en Él y lo seguimos, ¿tenemos esa misma actitud de cercanía y apoyo para con los que sufren? ¿O somos duros en nuestros juicios, agresivos en nuestras palabras, indiferentes en nuestra ayuda?
Ser solidarios y extender la mano hacia el que sufre, es ya un medio para curarlo. Es darle esperanza.
Es seguro que nosotros nunca podremos sanar a nuestros semejantes como Jesús, pero sí podemos tocar, incluir y mostrar afecto.
Jesús es el principal defensor de la vida y de la dignidad de las personas, así lo demuestran sus acciones y palabras. Ante la súplica del leproso, Jesús rompiendo con todos los formalismos, toca al enfermo (algo prohibido por la ley) y lo “limpia” de la lepra. Con su acción demuestra que no solo cura al leproso de la enfermedad que padece su cuerpo, sino tambien que lo limpia del “mal espiritual”. Hay, pues, una regeneración integral del ser humano. Nuestro encuentro con Jesús debe tener esa misma dinámica: una liberación total de todo lo que nos impide realizarnos como personas, especialmente de aquello que lleva a atentar contra la vida y dignidad propia y de los demás.
Que nuestra fe en Cristo sea un compromiso al servicio de los hombres que sufren; que nuestra palabra sea cada día más carne y sangre; que abracemos al enfermo como a un hermano particularmente amado por Dios. Y que nuestra oración sea el lugar en que se confirme nuestra pertenencia a ese Dios hecho carne para la salvación del mundo. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza