Cartas Pastorales

Evangelio del Domingo 20 septiembre 2020

Tiempo Ordinario, Domingo 25A

Mt 20,1-16

Por gracia ustedes han sido salvados

El Evangelio de este Domingo XXV del tiempo ordinario es una parábola de Jesús, que es transmitida solamente por Mateo, la parábola de los llamados a trabajar a la viña. El evangelista la incluye inmediatamente después del episodio del joven rico y de la sucesiva discusión sobre la dificultad de que un rico entre en el Reino de los cielos. Acerca de los ricos, considerados primeros, Jesús dice: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el Reino de Dios». En cambio, acerca de sus discípulos, pobres pescadores, considerados últimos, dice: «En verdad les digo que ustedes, que me han seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, se sentarán también en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mt 19,24.28). Jesús expresa el contraste entre el joven rico que se negó a seguirlo y sus discípulos, que lo siguieron, diciendo: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos, serán primeros» (Mt 19,30).

Mateo conocía esta parábola, que habla de primeros y últimos, y, por este motivo, la incluye aquí. Pero, en realidad, el tema de la parábola es la gratuidad de los dones de Dios, es decir, que los últimos, sin merecerlo, lleguen a ser primeros. Jesús expone una escena de la vida diaria. Era común que, llegado el tiempo de la vendimia, el dueño de una viña saliera a contratar obreros para trabajar en su viña. La historia que Jesús cuenta no dejaría de ser algo anecdótico, si no fuera por la introducción, que hace de esa historia la revelación de un misterio: «El Reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora da la mañana a contratar obreros para su viña».

La historia sigue así: «Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió luego hacia la hora tercia y, al ver a otros que estaban en la plaza parados, les dijo: “Vayan también ustedes a mi viña, y les daré lo que sea justo”. Y ellos fueron…». Aquí, los oyentes perciben inmediatamente que algo quedó pendiente: ¿En cuánto se ajustó con éstos, que fueron a trabajar tres horas más tarde que los primeros? Mayor es la incertidumbre con lo que sigue: el propietario salió a la hora sexta y a la hora nona e hizo lo mismo. Estos últimos van a trabajar sólo tres horas. Es claro que les corresponde sólo la cuarta parte de un denario. Ciertamente así lo entienden también ellos. Pero la parábola sigue: «Todavía salió a la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: “¿Por qué están aquí todo el día parados?”. Ellos responden: “Es que nadie nos ha contratado”. Les dice: “Vayan también ustedes a la viña”». Ellos estuvieron todo el día parados; en realidad, faltaba sólo una hora para que terminara el día, que concluye a la hora duodécima. Nadie los había contratado; y también ahora van a trabajar sin un contrato, sin exigir algún pago. No están en situación de poner alguna condición. Trabajar una hora por cualquier pago es mejor que nada.

Los oyentes están esperando ver cómo se comportará el señor con estos últimos. Cuando terminó el día, el señor llamó al administrador y le dijo: «Llama a los obreros y pagales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros». Como decíamos, esta es la expresión responsable de que Mateo incluya esta parábola de Jesús en este lugar. ¿Cuánto les va a pagar a éstos últimos? «Vinieron los de la hora undécima –los últimos– y recibieron un denario cada uno». Aquí todos quedan sorprendidos por la generosidad del señor. Pero, obviamente, los de la primera hora –los primeros– tendrán que recibir doce veces más. En efecto, la parábola sigue: «Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno». Y surge en ellos la envidia. En el modo de expresar del tiempo de Jesús el que tiene envidia, «tiene el ojo malo»; es la protesta por el bien del otro: «Murmuraron contra el propietario, diciendo: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor”». Todos los demás obreros, –más que todos, los últimos– están felices con lo recibido. Ellos no hicieron contrato, no exigieron nada y recibieron el pago de un día completo, un don gratuito. Sólo protestan los primeros, a pesar de que el señor cumplió exactamente con lo exigido por ellos en el contrato. Ellos no estaban dispuestos a trabajar por menos que un denario al día. Y lo recibieron. ¡Protestan, entonces, por el bien de los demás!

Es lo que el señor dice a uno de ellos: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues, toma lo tuyo y vete». Es lo suyo, lo que ganó con su esfuerzo. Es salario. En el caso de los demás, no fue salario; fue gracia. Por eso, el señor sigue diciendo: «¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?». El «ojo malo» es expresión de la envidia, que mira con rabia el bien de los demás y, de esta manera, es contraria a la caridad, como lo dice San Pablo: «La caridad no es envidiosa… no busca su propio interés» (1Cor 13,4.5); busca el bien del otro y se alegra con el bien del otro. Es lo que esos obreros no hicieron; ellos se irritaron por el bien recibido por sus colegas, son víctimas de la envidia.

La parábola es una revelación del misterio de la gracia: los últimos serán los primeros. Lo enseñó Jesús también más adelante en este mismo capítulo refiriendose a sus discípulos: «El que entre ustedes quiera ser primero será el esclavo de ustedes» (Mt 20,27).

Probablemente, San Pablo conocía esta parábola de Jesús. Pero, si no la conocía (según parece, su discípulo Lucas no la conocía, pues no la incluye en su Evangelio), bien conocía el don gratuito de Dios, pues declara: «Por gracia de Dios, soy lo que soy» (1Cor 15,10). Y escribe: «Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo. Por gracia ustedes han sido salvados… Ustedes han sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de ustedes, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe» (Ef 2,4-9). La salvación no es salario, sino pura gracia. Nunca queramos negociar con Dios; esperemos todo de su amor.

                                                                           + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                 Obispo de Santa María de los Ángeles

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