Cartas Pastorales

Evangelio del Domingo 6 septiembre 2020

Tiempo Ordinario, Domingo 23A

Mt 18,15-20

Hay alegría en el cielo por un pecador que se convierte

El Evangelio de este Domingo XXIII del tiempo ordinario está tomado del cuarto discurso en que Mateo dispone la enseñanza de Jesús. Se le suele llamar «discurso sobre la disciplina comunitaria» o, «discurso eclesiástico», dado que aquí resuena dos veces la palabra «Iglesia». Mateo reúne diversas normas dadas por Jesús para la vida de la comunidad fundada por Él, que Él llama «mi Iglesia».

Sabemos que quien usó por primera vez el término griego «ecclesía» para referirse a la comunidad cristiana fue San Pablo. Para el apóstol esa comunidad era una entidad sagrada, como se deduce, por ejemplo, de este saludo en su primera carta a los corintios: «Pablo…, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos…» (1Cor 1,1.2). Conocemos la doctrina de Pablo sobre el Cuerpo de Cristo, como se lee en su carta a los Efesios: «Dios sometió bajo sus pies (de Cristo) todas las cosas y lo constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo» (Ef 1,22-23). Y, sin embargo, en esta comunidad sagrada, que es el Cuerpo de Cristo, se puede dar también la realidad oscura del pecado, que es lo más opuesto a Cristo que se pueda imaginar.

A esa misma «Iglesia de Dios que está en Corinto» el apóstol escribe este serio reproche: «Sólo se oye hablar de fornicación entre ustedes, y una fornicación tal, que no se da ni entre los gentiles» (1Cor 5,1). La fornicación es toda relación sexual prohibida por la ley de Dios. Según el apóstol, esa inmoralidad alcanza «hasta el punto de que uno de ustedes vive con la mujer de su padre» (1Cor 5,1). Esta conducta, no sólo es contraria a la ley de Dios, sino que daña a la Iglesia, a la cual Cristo amó y por la cual «se entregó a sí mismo, para santificarla… y presentarsela a sí mismo resplandeciente; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que sea santa e inmaculada» (Ef 5,25.27). El pecado, restando santidad y belleza a la Iglesia, atenta contra lo que Cristo más ama y por lo que Él entregó su vida. Es grave.

San Pablo, en realidad, no se extraña tanto de ese pecado cuanto de la indiferencia de la Iglesia de Corinto: «¡Ustedes están tan ufanos y no han hecho más bien duelo para que sea removido de en medio de ustedes el que esa acción ha hecho!» (1Cor 5,2). ¿Cuál es la norma que da Jesús para este caso triste, pero posible? Es lo que leemos en el Evangelio de hoy.

«Si tu hermano peca, anda y reprendelo, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». ¡Es un mandato de Jesús hacer todo lo posible para que quien peca «se convierta y viva»! Lo que no está contemplado en la Iglesia es la indiferencia, que es consecuencia del individualismo. No hay que rendirse en el desafortunado caso en que el hermano que peca se obstine en su conducta. En este caso Jesús manda tomar uno o dos miembros de la comunidad que puedan procurar la conversión del pecador. Si no hace caso a ellos, se llega a la instancia suprema: «Si los desoye a ellos, dilo a la Iglesia. Y si desoye a la Iglesia, sea para ti como el gentil y el publicano». Ha quedado atado por la Iglesia. Jesús aclara la consecuencia de esa decisión: «En verdad les digo, todo lo que ustedes aten en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra será desatado en el cielo». Según esta sentencia, la posibilidad de ser desatado en el cielo pasa por la decisión de desatarlo de la Iglesia. Esta posibilidad siempre existe. Es más, la Iglesia hace duelo y llora por el hermano perdido hasta que se arrepienta y se convierta. Y entonces, ella goza y hace fiesta, como acababa de expresarlo Jesús mediante una breve parábola que antecede a nuestra lectura: «Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve, para ir en busca de la perdida? Y si llega a encontrarla, en verdad les digo que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no extraviadas» (Mt 18,12-13). Esa alegría de la Iglesia en la tierra también repercute en el cielo: «Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión» (Lc 15,7.10).

Jesús agrega un compromiso suyo que revela todo su amor por su Iglesia y el efecto que tiene en el cielo la oración de sus miembros: «En verdad les digo también que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra sobre cualquier asunto, lo que pidan, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos». ¿Cómo se compromete a tanto? Porque esa petición está hecha de acuerdo con Él mismo: «Porque donde están dos o tres reunidos en mi Nombre, allí estoy Yo en medio de ellos». Reunidos en el Nombre de Jesús no pueden pedir algo que no sea lo que Jesús mismo quiere, y a su Hijo Dios nada niega. Poco antes Jesús ha dicho: «Todo me ha sido dado por mi Padre» (Mt 11,27). Con esta misma sentencia introduce Jesús resucitado su promesa final: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra… Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18.20). Esta promesa nos da a nosotros la certeza que bien expresa San Pablo ante cualquier dificultad de parte del mundo: «Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien lo entregó por todos nosotros, ¿cómo, habiendonos dado a Él, no nos dará con Él gratuitamente todas las cosas?» (Rom 8,31-32). Bien entendió esto el gran místico San Juan de la Cruz: «Míos son los cielos y mía es la tierra… y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí» (Oración del alma enamorada, N. 27).

                                                                               + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                         Obispo de Santa María de los Ángeles

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