Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 1 marzo 2026

Domingo Cuaresma 2-A

Mt 17,1-9

Señor, bueno es estar nosotros aquí, contigo

El episodio de la Transfiguración del Señor, que, además de su día propio en el calendario litúrgico −el 6 de agosto−, se contempla también en el Domingo II de Cuaresma, lo leemos este año en la versión de San Mateo.

La precisión temporal, poco frecuente en el Evangelio, con que se introduce este episodio −«Seis días después…»− revela su vinculación con el episodio anterior de la «confesión de Pedro». En el Evangelio según San Mateo en particular, se presenta como la confirmación de parte de Dios de esa declaración del apóstol, pronunciada en representación de los Doce en respuesta a la pregunta de Jesús: « ¿Quién dicen ustedes que soy Yo?». Simón Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 15,15.16). Ante esta confesión nos preguntamos: ¿Entendía Pedro lo que decía? Absolutamente, no, como lo deja claro Jesús: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque carne y sangre no te lo ha revelado, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16,17). Lo que Pedro ha declarado supera todo lo que puede alcanzar el ser humano −«carne y sangre»− con su inteligencia; a él se lo ha revelado Aquel a quien Jesús llama «mi Padre que está en el cielo», que no puede ser otro que el Dios vivo. Llamando a Dios de esta manera, Jesús confirma la confesión de Pedro: Él es «el Hijo de Dios vivo» y, dado que, según la fe de Israel, «el Señor nuestro Dios es Señor Uno» (cf. Deut 6,4), su Hijo no puede ser sino esa misma única sustancia divina, es decir, ese mismo y único Dios. El mismo es también «el Cristo», el hijo de David, como dice el título de este Evangelio: «Libro del origen de Jesús Cristo, hijo de David…» (Mt 1,1), es decir, es también verdadero hombre.

La Transfiguración se presenta como el segundo capítulo de esa revelación concedida a Pedro y confirmada por Jesús. Pero esta vez será confirmada por el mismo Dios y serán invitados a ese conocimiento también los apóstoles Santiago y Juan: «Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos». ¿Qué significa? El verbo que se ha traducido por «transfigurar», suena en griego: «meta-morphoo» = cambiar de forma (morphé) y evoca el himno cristológico de Fil 2,6, que expresa la encarnación del Hijo de Dios de esta manera: «Cristo Jesús… quien estando en forma (morphé) de Dios,… se vació a sí mismo, tomando forma (morphé) de esclavo» (cf. Fil 2,6.7). Esta es una «transfiguración», cambio de forma, descendente, de Dios a hombre. Este himno, en el cual la encarnación se expresa de esa manera, existía antes de que San Pablo escribiera su carta a los filipenses. Él lo incluye aquí, sin mayor explicación, precisamente, porque era conocido de sus destinatarios; el mismo Pablo debió habérselos enseñado, cuando fundó esa comunidad. Con mayor razón, era conocido antes de que se escribieran los Evangelios, que se escribieron después de esa carta. Al expresar lo ocurrido a Jesús en ese monte alto con la expresión «transfigurar», lo que quiere decir el evangelista es que retomó, por un momento, su forma de Dios.

Como es claro, es imposible describir la forma de Dios con nuestros recursos, porque no se parece a nada de lo que existe; supera infinitamente toda percepción humana. San Pablo rehúsa describirla diciendo que es «lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni el corazón humano imaginó» (cf. 1Cor 2,9). Observemos que San Pablo, hablando de sí mismo, dice: «Sé de un hombre en Cristo… −si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe− que fue arrebatado hasta el tercer cielo… al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede pronunciar» (Cf. 2Cor 12,2.4). Pero la humanidad ha usado, generalmente, como símbolo de la divinidad algo que el ojo ve, a saber, la luz y el color blanco. Así describe el Evangelio a Jesús, cuando retomó ante los tres apóstoles su forma divina: «Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Para nosotros toda luz proviene del sol; pero el sol es una minúscula estrella del universo inmenso creado por Dios. La luz no puede ser más que un símbolo de Dios.

Lo que esos tres apóstoles vivieron fue una experiencia de Dios. No interesa saber cuánto duró, porque Dios no tiene tiempo, es eterno. Lo que sí sabemos es que ellos querían que no tuviera fin: «Señor, bueno es estar nosotros aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». El evangelista había dicho que gozaban de esa experiencia también estos dos personajes del Antiguo Testamento: «Se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él».

El episodio de la Transfiguración se vincula estrechamente con el del Bautismo de Jesús en el Jordán, antes de que Él llamara a algún discípulo, porque la voz del cielo repite lo mismo: «Una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco»». La nube era el modo como estaba Dios en medio de su pueblo durante el éxodo. Entendieron, por tanto, de quién es la voz que salía de ella. Dios mismo confirma la confesión de Pedro declarando que Jesús es su Hijo. La confesión de fe: «Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» ha sido desatada en la tierra por Pedro; ha sido desatada también por Dios en el cielo, cumpliéndose así lo prometido a Pedro seis días antes por Jesús: «Lo que tú ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 16,19).

La voz del cielo en la Transfiguración agrega una orden referida a su Hijo, dirigida a nosotros: «Escúchenlo». Es un paso adelante, si se considera la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los profetas. En adelante, en lugar de una ley escrita y de los anuncios proféticos, se nos presenta una Persona y su palabra divina. Hemos leído en el Sermón de la montaña que Jesús toma los preceptos de la Ley y los lleva a plenitud con su Palabra: «A ustedes se les ha dicho… Pero Yo les digo…». Esto es lo que nosotros debemos escuchar ahora. Esa Palabra es la que nos proponen en cada época Pedro y sus Sucesores, tal como lo establece Jesús: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha» (cf. Lc 10,16).

En estos días nuestros el Papa León XIV, Sucesor de Pedro, se ve enfrentado a una decisión, que es tal vez la más difícil de su pontificado hasta ahora. Se trata de las Ordenaciones de Obispos, que ha anunciado la Fraternidad Sacerdotal San Pio X (lefevrianos), y que llevarán adelante, aunque no cuenten con la aprobación del Sumo Pontífice, el Papa León XIV. Si lo hacen sin esta aprobación, quedarán excomulgados, separados de la comunión con la Iglesia de Cristo, tanto los Obispos que administren la Ordenación (que son en este momento dos) como los Obispos ordenados y los presbíteros ordenados por éstos. Si, por otro lado, el Papa León XIV concede su aprobación, esas Ordenaciones serán lícitas, pero no sabemos qué efecto tendrá esto en el futuro. En todo caso, debemos orar por el Santo Padre en la certeza de que lo que él decida será lo que Dios decida: lo que él ate (niegue) o desate (conceda) será lo que Dios niegue o conceda en esta situación.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de L.A.

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