Domingo Cuaresma 1-A
Mt 4,1-11
A Jesucristo lo clavó a la cruz la vehemencia de su amor
El Evangelio de este Domingo I de Cuaresma tiene la doble finalidad de revelarnos que Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, a semejanza nuestra, fue también sometido a la tentación y de enseñarnos a nosotros, a semejanza suya, como vencer la tentación.
El Hijo de Dios, por su Encarnación, «siendo de condición (forma) divina… se vació a sí mismo y tomó la condición (forma) de esclavo, hecho semejante a los hombres; y encontrándose en cuanto a la naturaleza como hombre…», Él quiso humillarse aún más acudiendo al bautismo de Juan entre los pecadores, los que «eran bautizados por Juan en el río Jordán, confesando sus pecados». Pero, en ese mismo acto de humildad, Dios lo exaltó, enviando sobre Él el Espíritu Santo y concediéndole «el Nombre sobre todo nombre»: «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco» (cf. Fil 2,6.7.9; Mt 3,6.17).
Después de esto, «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo». El verbo griego «peirazo», usado para describir la acción a la que fue sometido Jesús, tiene un doble significado: «poner a prueba» para examinar la fidelidad y también «inducir al pecado», por medio del engaño u otro medio. Esa misma doble acepción tiene el verbo hebreo «nisseh». En la primera acepción −poner a prueba− suele ser Dios el sujeto, como es el Espíritu Santo en el Evangelio de hoy, o el hombre, que pone a prueba a Dios; en la segunda acepción −inducir al pecado− es siempre el diablo, quien, por eso, es llamado por Jesús «mentiroso y padre de la mentira» (cf. Jn 8,44).
Los cuarenta años de ayuno de Jesús en el desierto ponen este episodio evangélico en relación con los cuarenta años que transcurrió el pueblo de Israel en el desierto, después de ser liberado, por obra de Dios, con grandes prodigios, de su esclavitud en Egipto. Allí se usa el verbo «tentar» en su primera acepción, como les recuerda Moisés: «Acuérdate de todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, «ponerte a prueba» y saber lo que había en tu corazón: si ibas a guardar sus mandamientos o no». (Deut 8,2). Refiriendose a ese mismo período, el Salmo 95, invitatorio, se recitaba entrando al templo para exhortar al pueblo a no repetir las rebeldías que impedían entrar en el descanso de Dios: «No endurezcan el corazón como en Meribá, como el día de Massah (tentación) en el desierto, cuando los padres de ustedes «me pusieron a prueba» (nisseh), me examinaron, aunque habían visto mis obras. Durante cuarenta años aquella generación me repugnó… Por eso, en mi cólera juré: «¡No entrarán en mi descanso!»» (Sal 95,8-9.10.11).
En esta misma acepción usa el verbo, teniendo a Dios por sujeto, el fiel judío orando: «Tiéntame, Señor, y «ponme a prueba» (nisseh); examina mis entrañas y mi corazón, porque tu misericordia está ante mis ojos y yo camino en tu fidelidad» (Sal 26,2-3; cf. Sal 17,3). ¿Quién es el fiel que puede orar así con verdad? Nadie, excepto el Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo. Él fue puesto a prueba por Dios −el Espíritu lo llevó al desierto para eso− y resultó absolutamente fiel; Él llenó la complacencia de Dios. Pero a nosotros, a todos los seres humanos, Él nos enseña a orar diciendo al Padre: «No nos introduzcas en la tentación» («Ne nos inducas in tentationem»), que debe entenderse: «No nos pongas a prueba…». No presumimos de ser encontrados fieles, pues «ningún ser viviente es justo ante Ti» (Sal 143,2); nosotros confiamos en la fidelidad de Jesús. Es lo que enseña con tanta energía San Pablo, distanciándose así del judaísmo: «Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fidelidad de Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fidelidad de Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado» (Gal 2,16). San Pablo niega la justicia que pueda alcanzar él con su esfuerzo por cumplir la Ley −en lo cual se declaraba intachable− y confiesa la justificación que recibe como gracia por la fidelidad de Cristo: «Perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en Él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fidelidad de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe» (Fil 3,8-9). De Cristo debemos decir lo mismo que dice el libro del Eclesiástico sobre Abraham, nuestro padre en la fe: «En la prueba fue hallado fiel» (Sir 44,20); debemos decirlo, sin embargo, a un nivel que, incluyendo su muerte en la cruz, obtuvo la salvación de todo el género humano. Esto es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo, a saber, que Jesucristo, sometido a todo tipo de prueba (tentación), permaneció fiel. De esta manera ofreció a Dios reparación por las infidelidades de su pueblo en el desierto: «Durante cuarenta años, aquella generación me repugnó».
La segunda acepción del verbo «peirazo», que consiste en inducir a pecar, es la que corresponde a la acción de Satanás. Tres son los medios que el tentador usó para esto. El primero es sugerir a Jesús, atormentado por el hambre, después de cuarenta días de ayuno, que convierta las piedras en panes, dado que Él, como Hijo de Dios, tiene poder para hacerlo. Satanás es astuto y, a nosotros, simples seres humanos, nunca nos sugerirá tal cosa. Pero nos sugiere otras, igualmente contrarias a la ley de Dios, para satisfacer nuestra concupiscencia a lo cual debemos responder como Jesús, basados en la Palabra de Dios, que para este fin es nuestro deber conocer bien: «Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios» (cf. Deut 8,3)».
En la segunda tentación Satanás sugiere a Jesús hacer una ostentación de su poder. Lo lleva al pináculo del templo, desde donde pueda ser bien visto por la multitud y, ahora, citando él la Escritura, le sugiere: «Si eres Hijo de Dios, lánzate abajo, porque está escrito: «A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna» (cf. Sal 91,11-12)». La astucia de Satanás se manifiesta en que cita la Escritura correctamente, pero su malicia consiste en que lo hace con hipocresía. En efecto, el fin de la Palabra de Dios es dar la vida y él la manipula con el fin de dar muerte; él quiere que Jesús ponga a prueba a Dios, forzándolo a cumplir su Palabra, pero, de esa manera, transgrediendo un precepto divino. Jesús rechaza la tentación, citando nuevamente la Palabra de Dios: «También está escrito: «No pondrás a prueba (ek-peirazo) al Señor tu Dios» (cf. Deut 6,16)».
La tercera tentación es la más audaz y la más burda. ¡El diablo pretende que Jesús lo adore! Pero ofrece, a cambio, todos los reinos del mundo y su gloria. Muchos sucumben hoy a esta tentación. Por afán de dinero y de la gloria tenebrosa que éste concede, ceden a la corrupción, al tráfico de droga, al crimen organizado; en resumen, adoran a Satanás. Jesús rechaza esa tentación enérgicamente, respondiendo: « ¡Apártate, Satanás! Porque está escrito: «Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él darás culto» (cf. Deut 6,13)». Satanás se revela hoy como el «padre de la mentira» logrando que muchos le vendan su alma, que tiene un valor infinito estando destinada a la gloria eterna, por un poco del poder inestable en este mundo y de los bienes materiales caducos y efímeros. Contra este engaño y desigual negocio, Jesús nos advierte: « ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?» (cf. Mt 16,26).
Jesús permaneció fiel a la voluntad de su Padre soportando toda prueba y venciendo toda tentación, incluso la prueba suprema, cuando en la forma de las autoridades religiosas de Israel, reaparece Satanás diciéndole: «Si eres Hijo de Dios, sálvate a ti mismo y baja de la cruz» (cf. Mt 27,40.42). Jesús no bajó de la cruz por amor a su Padre y por amor a nosotros, enseñándonos así que el amor es la fuerza que nos concede permanecer fieles a la voluntad de Dios en la prueba y en la tentación. Bien lo comprendió el Papa Pío XII cuando escribe: «A Jesucristo más lo clavó a la cruz la vehemencia interior de su amor que la violencia exterior de sus verdugos» (Encíclica «Haurietis aquas», N. 20,5).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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