Domingo 5-A
Mt 5,13-16
Háganlo todo para gloria de Dios
Las primeras ocho bienaventuranzas, con las cuales comienza Jesús el «Sermón del monte», se refieren a una tercera persona plural indeterminada: «Bienaventurados los que…»; en cambio, la última se dirige a los que están allí presentes: «Bienaventurados ustedes, cuando los injurien, los persigan y digan toda suerte de mal contra ustedes por causa mía…» (Mt 5,11). La pregunta que surge inmediatamente en los que escuchan a Jesús es: ¿Por qué habían de hacer eso contra nosotros, si nada malo hacemos? Lo que dice Jesús a continuación, que leemos en este Domingo V del tiempo ordinario, se presenta como una respuesta a esa pregunta tácita.
«Ustedes son la sal de la tierra». Estas palabras las pronunció Jesús en la ladera del monte que tiene a sus pies al Mar de Galilea, un lago de agua dulce, desde donde prosigue su curso el río Jordán, que va a desembocar en el Mar Muerto, que es, en cambio, el cuerpo de agua más salado de la tierra. Es en efecto el punto más bajo de la tierra −440 metros bajo el nivel del mar−, de donde el agua que entra no sale sino por evaporación, dejando allí toda la sal que trae. De allí se exportaba la sal a todo el imperio, pero, en particular, se llevaba a Magdala, que está a orillas del Mar de Galilea, donde se juntaba con el pez que se pescaba en este mar. Desde las salazones de Magdala el pez salado era comercializado en las grandes ciudades del imperio. Bien sabían esto los primeros discípulos de Jesús, que eran pescadores de ese Mar; lo sabían también los que escuchaban a Jesús, pues desde el monte de las bienaventuranzas se divisa la ciudad de Magdala. La sal era entonces un elemento familiar para los que escuchaban a Jesús. Ellos sabían que la virtud de la sal era difundir su sabor. Probablemente nunca habían pensado en una sal que no salara. Concuerdan plenamente en que si eso ocurriera habría que arrojarla para que sea pisada por la gente, como se pisa la arena insípida.
La comparación de Jesús es una afirmación de que sus discípulos no pueden pasar inadvertidos, sin influir en su ambiente y llenarlo con la enseñanza de Jesús. Es un llamado al apostolado, que alcanza su expresión plena en la misión universal: «Vayan y hagan discípulos a todas las naciones» (Mt 28,19). Es necesario reconocer que todavía quedan muchos lugares de la tierra en que esta sal aún no ha comunicado su sabor; y también muchos ambientes, en medio de nosotros en los cuales no se ha hecho sentir. ¿Dónde está la sal en esas grandes concentraciones de jóvenes que aclaman −por no decir «adoran»− a un cantante, con mucho más fervor que el que expresan a Jesucristo? Tampoco se percibe ese sabor en algunas leyes contrarias a la ley de Dios, que se han aprobado en nuestro país. El juicio de Jesús para la sal que se ha hecho insípida es severo: «Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres». Observamos que los apóstoles, que oyeron esas palabras de Jesús, fueron verdaderamente sal. En efecto, la acusación que tienen contra ellos las autoridades judías es precisamente la de ser sal, como lo expresa el mismo Sumo Sacerdote: «»Les prohibimos severamente enseñar en ese Nombre, y ustedes han llenado Jerusalén con su enseñanza…». Pedro y los apóstoles respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres»» (Hech 5,28.29). Fue sal también San Pablo cubriendo un radio mucho mayor: «Desde Jerusalén y en todas las direcciones, hasta el Ilírico, he llenado todo con el Evangelio de Cristo» (cf. Rom 15,19).
«Ustedes son la luz del mundo». Esta es la otra realidad con la cual Jesús compara a sus discípulos, que es también un mandato. Notemos que la extensión ha cambiado. ¿Por qué ahora dice: «Luz del mundo» y no «Luz de la tierra»? La «tierra» puede entenderse como la «tierra prometida» a Israel y tener, por tanto, una menor extensión. Más arriba, la recompensa en una de las bienaventuranzas dice: «Heredarán la tierra» (Mt 5,4); pero esta es una citación del Salmo 37,11, donde el horizonte es la tierra de Israel. Jesús quiere, precisamente, traspasar este límite. Por eso, respecto de sí mismo dice: «Yo soy la Luz del mundo» (Jn 8,12), como anticipaba también el Prólogo de Juan: «Estaba viniendo al mundo la Luz verdadera, que ilumina a todo hombre» (Jn 1,9). Jesús quiere que sus discípulos compartan con Él esta condición. Ve Jesús el movimiento que Él vino a crear, su Iglesia, como una ciudad edificada sobre un monte: No puede ser ocultada. Su misión es iluminar al mundo. La Iglesia ha recibido esa Luz como un don; no puede conservarla solamente para sí; debe hacer que ilumine al mundo entero.
Así lo manda Jesús: «Brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean las buenas obras de ustedes y glorifiquen al Padre de ustedes (Padre vuestro) que está en el cielo». Jesús habla de las «buenas obras» que deben hacer sus discípulos. ¿No está haciendo consistir la salvación en el esfuerzo humano? No, porque en sus palabras es claro que esas buenas obras son un don de Dios. Por eso, hay que hacerlas no esperando la gloria para sí, sino para Dios: «Vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo». Son obras de los hombres; pero la gloria es para Dios. Dos cosas está adelantando Jesús, que dirá más adelante en este mismo discurso: «Cuídense de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos… Cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante… con el fin de ser honrados por los hombres» (Mt 6,1.2). Es este fin el que vicia la obra; el fin único debe ser la gloria de Dios. Este fin procuraba San Pablo cuando escribe a los filipenses: «Todo cuanto ustedes han aprendido y recibido y oído y visto en mí, pónganlo por obra y el Dios de la paz estará con ustedes» (Fil 4,9).
El otro punto que Jesús adelanta debió ser impactante para los oyentes. No sólo comparte con ellos la condición suya de ser Luz del mundo, sino también la de ser Hijo de Dios, llamando a Dios «vuestro Padre que está en el cielo» (cf. Mt 5,48). Recordemos que Él ha sido declarado por la voz del cielo que resonó en su bautismo: «Mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Más adelante nos dirá a nosotros: «Cuando oren, digan: «Padre nuestro, que estás en el cielo»» (Mt 6,9).
Dado este mandato de Jesús de procurar la gloria de Dios en todo lo que hacemos, surgió pronto como invocación cristiana la doxología: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo…», que se ha proclamado durante muchos siglos. En este último tiempo algunos piensan agregarle fuerza diciendo: «Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo». Pero, en realidad, la desvirtúan, porque no queda claro que Dios es uno y trino. La idea de esa invocación original es dar gloria a Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. La invocación supuestamente «mejorada» confiesa, en las palabras, tres dioses, que es precisamente lo contrario de lo que se quiere decir. Lo mismo ocurre con el comienzo de toda celebración cristiana: «En el nombre del Padre, en el nombre del Hijo, en el nombre del Espíritu Santo». Ésta pretende mejorar incluso la formulación del mismo Jesús: Bauticen a todas las naciones «en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,20).
El mandato de Jesús es acogido por San Pablo que recomienda a sus destinatarios: «Sea que coman, sea que beban, sea que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios» (1Cor 10,31).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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