Domingo 4-A
Mt 4,25−5,12
Alégrense y regocíjense
En este Domingo IV del tiempo ordinario, se lee el conocido texto de las «bienaventuranzas», con las cuales, ante una gran multitud, comienza Jesús el Sermón del monte: «Lo siguió una gran multitud de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán y, viendo la multitud, subió al monte, se sentó… y tomando la palabra les enseñaba diciendo…». Comienza así el primero de los cinco sermones en que organiza Mateo en su Evangelio la enseñanza de Jesús.
La primera palabra de este sermón es especialmente apropiada para despertar la atención de todos los presentes. En efecto, apela a un anhelo universal del corazón del ser humano: «Bienaventurados los que…», que significa: felices, dichosos. La felicidad es el estado de plenitud en el que nada falta, en el que todo ser humano desea encontrarse. Los presentes eran en su mayoría judíos y, por tanto, saben que con esa misma palabra comienza el Salterio: «Bienaventurado el hombre que… se complace en la Ley del Señor y su Ley medita día y noche» (Sal 1,1.2). Probablemente, esperan que Jesús comente ese Salmo, como hacían sus escribas, y exprese la suerte de ese «bienaventurado» en estos términos: «Es como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da el fruto a su tiempo y jamás se amustia su follaje; y en todo lo que hace tiene éxito» (Sal 1,3). Pero en esa enseñanza chocaban con una pregunta que no sabían responder y que presenta a Dios el profeta Jeremías, refiriéndose a su propia suerte: «Voy a discutir contigo, Señor, un punto de justicia: ¿Por qué el camino de los impíos tiene éxito; por qué prosperan los malvados?» (Jer 12,1). Es la misma pregunta que trata de responder el libro de Job; y que no lo logra, a decir verdad.
Esa misma pregunta tenían seguramente en su interior quienes escuchaban la enseñanza de Jesús sobre la felicidad. Pero se encontraron con una respuesta inesperada: «Bienaventurados los pobres de espíritu… los mansos… los que lloran… los que tienen hambre y sed de justicia… los perseguidos por causa de la justicia…», etc. Jesús parece referirse a los que no tienen éxito ni triunfan en este mundo. Con estas palabras Jesús está llamando «bienaventurado» al mismo Jeremías, que sufrió mucho en su ministerio y se quejaba ante Dios diciendo: «He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban… La Palabra del Señor ha sido para mí oprobio y burla cotidiana…» (Jer 20,7.8). El profeta tenía que decir a los hombres de su tiempo lo que ellos no querían oír, lo contrario a lo que hoy se llama «políticamente correcto»: «Cada vez que hablo es para clamar: «¡Atropello!», y para gritar: «¡Expolio!»» (Ibid.). Jesús explica por qué los mansos, los que lloran, los que son perseguidos por causa de la justicia son felices ahora, en este mundo: «Alegrense y regocijense, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo». Jesús parece estar pensando en Jeremías y en los demás profetas agregando: «De la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».
Leyendo las bienaventuranzas estamos ante una enseñanza revelada. Jesús nos quiere enseñar que la felicidad para la cual hemos sido creados, no consiste en gozar de los bienes de este mundo, porque esos bienes no son eternos y, cuando se poseen y nos seducen, nos esclavizan y nos amargan. La felicidad verdadera la vamos a encontrar solamente en Dios, que es el Bien infinito y eterno. Por eso, si bien es cierto, como dice el Salmo, que «el justo sufre muchos males» (cf. Sal 34,20) y que Jeremías sufrió muchos males, sin embargo, son felices ya aquí, porque tienen la felicidad eterna en esperanza, tienen a Dios, y eso proyecta sobre este mundo la felicidad de la que se puede gozar aquí: «Bienaventurados ustedes ahora». Es como una persona que viaja a encontrar un amigo muy querido, o un padre que va al encuentro de su hijo, y la felicidad de ese futuro encuentro se proyecta sobre el viaje de manera que las molestias que se puedan sufrir no la empañan; más bien se soportan con alegría. Cuanto más si el viaje es el paso por este mundo y la destinación es Dios.
Decíamos que el libro de Job se proponía responder a la pregunta: « ¿Por qué el justo sufre?», cuando la doctrina del Antiguo Testamento, como lo veíamos, es que el justo tiene éxito en todo. El libro no logra la respuesta, porque Job concluye con una felicidad que consiste, precisamente, en los bienes de este mundo: «El Señor bendijo la nueva situación de Job más aún que la antigua: llegó a poseer 14.000 ovejas, 6.000 camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas. Tuvo además siete hijos y tres hijas… Vivió Job todavía 140 años, y vio a sus hijos y a los hijos de sus hijos, cuatro generaciones. Después Job murió anciano y colmado de días» (Job 42,12-13.16-17). Responde más la vida de Jeremías, quien, a pesar de los sufrimientos que significaba ser profeta del Señor, quedó conquistado por su infinita bondad y belleza: «Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir… Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre». Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía» (Jer 20,7.9).
Declarando «bienaventurados» en este mundo a los pobres, los mansos, los que lloran, los perseguidos por causa de la justicia, etc. enseña que ellos ya gozan de una participación en la felicidad eterna, es lo que el apóstol San Juan llama la «vida eterna», que es una participación en la vida divina y que se posee ya en este mundo, como lo declara Jesús: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). La fe en Jesucristo es lo que concede la verdadera felicidad en este mundo, como lo repite el mismo apóstol Juan en la conclusión de su Evangelio: «Jesús hizo en presencia de los discípulos muchos otros signos que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre» (Jn 20,30-31), vida eterna, anticipo de la felicidad eterna.
La pregunta: ¿Por qué el justo sufre?, encontró respuesta solo en Jesús. Él es «el Justo» (Hech 3,14) y, sin embargo, sufrió hasta la muerte de cruz. Su sufrimiento es el acto de amor más grande que ha acontecido en este mundo; no hay otro mayor: «No hay amor más grande que entregar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Pero, siendo el amor un don de Dios, que es Dios mismo, no hay felicidad mayor. Esta es la felicidad colmada. Cuando dijo Jesús estas cosas a sus discípulos, explicó: «Les he dicho estas cosas para que mi gozo esté en ustedes y el gozo de ustedes sea colmado» (Jn 15,11). Sólo entiende estas cosas el que las ha vivido y el que las ha vivido entiende las bienaventuranzas. Las entendieron los apóstoles, cuando a causa de Cristo sufrieron azotes: «Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín alegres por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre» (Hech 5,41). Jesús había dicho en ese monte de las bienaventuranzas: «Alégrense y regocíjense cuando los persigan por mi causa» y ellos se alegraron.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza