Domingo 3-A
Mt 4,12-23
La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros
El Evangelio de este Domingo III del tiempo ordinario es el relato de un comienzo. En efecto, lo dice claramente: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Conviertanse, porque el Reino de los Cielos ha llegado»». Y la mitad del texto consiste en explicar por qué Jesús comenzó en un lugar tan secundario y desconocido, como era Galilea y sus ciudades de Cafarnaúm y Nazaret, habiendo sido lo normal que lo hiciera en Jerusalén, como se lo insinuaban sus mismos cercanos: «Le dijeron sus hermanos: «Sal de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie actúa en secreto cuando quiere ser conocido. Si haces estas cosas, muestrate al mundo»» (Jn 7,3-4). También el autor del IV Evangelio sintió la necesidad de explicarlo: «Jesús andaba por Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarlo» (Jn 7,1).
Es la misma explicación que da Mateo y que leemos en el Evangelio de este domingo: «Cuando oyó Jesús que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea». Jesús parece estar enterandose de la detención de Juan como de un hecho ocurrido hacía algún tiempo. En su contacto anterior con Juan, cuando se presentó a su bautismo, éste estaba en su apogeo: «Acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán» (cf. Mt 3,5). Juan ejercía su ministerio en la región de Judea, en el río Jordán, a la altura de Jerusalén, donde era de esperar que también Jesús comenzara el anuncio del Evangelio. Después del bautismo, Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto y allí estuvo cuarenta días ayunando, siendo tentado por Satanás. Probablemente, Juan fue detenido al comienzo de estos días, de manera que, cuando Jesús terminó su retiro y volvió al contacto con la gente, tuvo noticia de ese triste hecho. Para entender la decisión de Jesús de retirarse a Galilea, hay que recordar por qué fue detenido Juan.
Juan fue detenido porque era el único que se atrevía a decir a Herodes la verdad: «Herodes había prendido a Juan, lo había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: «No te es lícito tenerla»» (cf. Mt 14,3-4). Jesús venía al mundo a enseñar no sólo que era adulterio tener la mujer de otro −esto ya era una ley del Decálogo−, sino que la unión conyugal, desde la creación del hombre y la mujer es única e indisoluble y, en su momento así lo enseñó. Pero Él no había comunicado aún su Palabra al mundo y, en ese momento, no podía exponerse a ser detenido. Él vino al mundo «a servir y a entregar su vida en redención de muchos» (cf. Mt 20,28), pero mientras no entregaba al mundo el mensaje de salvación, el Evangelio, solía decir: «Aún no ha llegado mi hora» (Cf. Jn 7,30; 8,20; 12,23; 13,1). Si Jesús hubiera sido detenido a su regreso de los cuarenta días pasados en el desierto, el mundo no habría tenido el Evangelio, que es «fuerza de salvación para todo el que cree» (cf. Rom 1,16). Cumplido este objetivo, ya pudo decir: «Padre, ha llegado la hora…» (Jn 17,1).
Mateo da también una razón más elevada para este repliegue de Jesús a Galilea, según su tendencia a explicar las cosas más difíciles de la vida de Jesús, como algo anunciado en los profetas. Encuentra un oráculo preciso, que cita extensamente: «Jesús vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido»». Es el texto de Isaías 8,23b−9,2, que leímos en la primera lectura de este Domingo III−A. Pero, al citar el oráculo, el evangelista da a esas tierras el nombre de «Galilea», para que resulte ser el anuncio exacto de lo que Jesús hizo. Pero dondequiera que haya sido, lo más exacto es que Jesús es la luz del mundo, como Él mismo lo declara: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12) y que esa luz comenzó a expandirse por el mundo desde Galilea. No olvidemos que, según el Evangelio de Mateo, también en Galilea fue promulgada por Jesús resucitado la misión universal: «Vayan y hagan discípulos a todas las naciones» (Mt 28,19), de manera que sea verdad en todo el mundo lo que debe cumplirse en sus discípulos: «Ustedes son la luz del mundo» (Mt 5,14), se entiende, porque «Yo estoy con ustedes» (Mt 28,20). Donde Jesús no está prevalecen las «sombras de muerte».
Jesús no sólo fue a Galilea y más precisamente a Cafarnaúm, situada a la orilla del Mar de Galilea, por los motivos indicados, sino también por otro motivo. Fue allí en busca de sus primeros discípulos. Jesús vivió en esa región, cuya ciudad principal era Cafarnaúm, durante treinta años. Él sabía que entre los discípulos de Juan estaban esos dos pares de hermanos, que eran pescadores. Probablemente, los encontró con Juan cuando también Él fue allá. Pero, cuando Juan fue detenido, ellos volvieron a su oficio de pescadores, como estaban volviendo también después que Jesús murió (cf. Jn 21,3). Jesús está decidido a formar discípulos y sabe que cuenta con ellos como los primeros. Eso explica que ellos respondan con prontitud y totalmente al llamado de Jesús a seguirlo ahora a Él. No están siguiendo a un desconocido, sino a quien bien conocen, de quien quieren ser discípulos. En ese tiempo el maestro no sentaba a sus discípulos en un aula; la lección del maestro era su propia vida y los discípulos debían, por tanto, seguirlo.
Jesús encontró a quienes buscaba, a Simón y a su hermano Andrés, y les dijo: «Vengan conmigo, y los haré pescadores de hombres». Todavía no tiene ningún discípulo; pero tiene ya el designio de salvación de todos los seres humanos. Los dos hermanos, aunque todavía no entendían esa extraña finalidad −«pescadores de hombres»− no pusieron condiciones: «Al instante, dejando las redes, lo siguieron». Lo mismo se puede decir de los otros dos hermanos Santiago y Juan: «Al instante, dejando la barca y a su padre, lo siguieron». La entrega total de estos hombres produce gran gozo y admiración. Pensemos qué habría ocurrido, si ellos hubieran rechazado esa llamada y hubieran permanecido como pescadores de peces en ese mar. Nadie los conocería y, obviamente, no estaríamos hablando de ellos ahora, porque ni siquiera estarían mencionados en el Evangelio. Quién sabe cuántos «pescadores de hombres», que quedaron frustrados, habrá habido en el mundo.
La lectura agrega un sumario de la actividad que comenzó a desarrollar Jesús, por ahora, seguido por estos primeros cuatro discípulos: «Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». El evangelista da por conocidos todos los términos de este sumario. Pero en nuestro tiempo hay dos términos que se han hecho oscuros. Tal vez, después del nombre de «Cristo» mismo, el término más cristiano es el de «Evangelio». Se oscurece y se designa una realidad distinta cuando se cambia por «buena noticia». No es una traducción, porque la palabra «Evangelio» es una palabra española que no necesita traducción al español. Es un cambio de realidad. En efecto, el que acuñó para el cristianismo la palabra «Evangelio» fue San Pablo y él mismo no la define como una «noticia», sino como «fuerza de Dios para salvación de todo el que cree» (Rom 1,16). Está incluida en esta definición de «Evangelio», la fe. Si alguien escucha la enseñanza de Jesús o el relato de su vida, pero no cree, eso no fue un Evangelio. Por otro lado, se define el Evangelio como «fuerza de Dios». Pero este es el modo de llamar al Espíritu Santo, como lo hace Jesús, cuando anuncia su venida en Pentecostés: «Recibirán fuerza para ser mis testigos» (cf. Hech 1,8). Si alguien escucha la enseñanza de Jesús, pero no siente el impulso de dar testimonio de Él, eso no fue un Evangelio. El Evangelio es un concepto que encierra la fe y la acción del Espíritu Santo. A esto se refiere el evangelista cuando dice: «Jesús recorría la Galilea, proclamando el Evangelio».
El otro concepto que suele entenderse mal es «el Reino». Esta palabra trae a nuestra mente ambientes dorados, llenos de esplendor humano, donde todos sirven a uno que se sienta sobre un trono. ¡No quiere significar Jesús esto! El «Reino» fue un modo usado por Jesús para expresar el misterio de su presencia en este mundo, de la presencia del Hijo de Dios hecho hombre. Es algo absolutamente nuevo que no se compara con nada anterior ni con lo que expresa ese término en otros contextos. Por eso, Jesús compara el Reino con las cosas más dispares y, a veces con toda una actuación, más que con un objeto. Por ejemplo, dice: «El Reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo» (cf. Mt 13,44). Alguien podría pensar que se parecen en algo, en cuanto que ambos traen a la mente riqueza, oro, etc. Pero en la enseñanza de Jesús el Reino de los cielos no se parece a un tesoro escondido, si ese tesoro no lo encuentra alguien y si no va y vende todo lo que tiene y lo compra. ¿A qué se parece, entonces? Y así de otras enseñanzas de Jesús para hacernos comprender el misterio que es Él mismo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo… El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo… También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas… «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases…». En verdad, el Reino de los cielos se identifica con una sola realidad: la Persona de Jesucristo.
Jesús recorría esas tierras de la Galilea proclamando su propia Persona, que se identifica con la «Palabra de Dios» hecha carne. En este III Domingo del tiempo ordinario celebra la Iglesia el «Domingo de la Palabra de Dios». Esta celebración quiere recordarnos que la Palabra de Dios puso su morada entre nosotros y que estamos invitados a tener un encuentro vivo con Él cada domingo en la Eucaristía.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de los Ángeles
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