Domingo 2-A
Jn 1,29-34
Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo
Antes de comenzar con la lectura continuada del Evangelio de Mateo, como corresponde en el ciclo A de lecturas que leemos este año, en este Domingo II del tiempo ordinario se toma del Evangelio de Juan una parte de la «semana inaugural», así llamada porque se puede seguir a Jesús día tras día durante una semana (cf. Jn 1,29−2,12). En efecto, el Evangelio que se proclama está ubicado en su contexto por la circunstancia: «Al día siguiente…».
Esto nos lleva a preguntarnos ¿qué es lo que ocurrió el día anterior «en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando» (cf. Jn 1,28)? El día anterior, ante los sacerdotes y levitas venidos de Jerusalén a preguntarle quién era él, Juan había respondido que él no era el Cristo ni Elías ni el profeta (cf. Deut 18,15.18). La pregunta de las autoridades judías tiene sentido, porque el Cristo (el Ungido), Elías y el profeta eran personajes esperados en Israel. A la pregunta siguiente: « ¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?», Juan había respondido: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes está uno a quien ustedes no conocen, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia» (cf. Jn 1,25-27). Juan se revela como un profeta al declarar que el esperado ya está en el mundo, más aun, en medio de su auditorio; pero nadie sabe decir quién es, ni el mismo Juan. ¿A cuál de los tres personajes se refiere? Juan era un gran profeta, que había suscitado un gran movimiento de conversión, hasta el punto de que las autoridades pensaran que él podía ser el Cristo. De los tres personajes esperados −el Cristo, Elías, el profeta− el Cristo es el único que corresponde a la definición dada por Juan: «Yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia». De Él se trata entonces a continuación.
«Al día siguiente, Juan ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»». Juan, nuevamente, se revela como un profeta señalando a Jesús como aquel a quien se refería el día anterior cuando dijo que ya estaba en medio del pueblo. Pero se esperaba que dijera: «He ahí el Cristo». ¿Por qué dice, en cambio: «He ahí el Cordero de Dios»? ¿Entendieron los presentes esta definición, que repite también el día siguiente ante dos de sus discípulos (cf. Jn 1,35)? Antes de responder a estas preguntas debemos examinar el modo cómo reconoció Juan a Jesús.
Juan Bautista vincula esa revelación que recibió con el bautismo con agua que él administraba: «Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar en agua para que Él sea manifestado a Israel». Juan sabía que en el contexto de ese baño penitencial el que estaba ya en medio del pueblo sería manifestado, primero a él y, luego, por su testimonio, a todos. Luego, aclara más en qué forma sería manifestado entre tantos que recibían su bautismo: «Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y permanece sobre Él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo»». ¿Cómo puede Juan ver al «Espíritu»? Esta persona divina recibe ese nombre, que, tanto en hebreo (rúaj) como en griego (pneuma) y en latín (spiritus), significa «viento», precisamente porque, como el viento, produce efectos visibles, aunque Él mismo no se ve. Juan explica cómo pudo verlo él: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y permanecía sobre Él». El Espíritu Santo adoptó la forma visible de una paloma que bajaba y permanecía sobre Jesús para manifestar a Juan que Jesús es quien bautiza con Espíritu Santo. Juan concluye: «Yo lo he visto y doy testimonio de que Éste es el «Elegido de Dios»».
El testimonio de Juan es de tal trascendencia que en el Prólogo del IV Evangelio ya es mencionado Juan y su testimonio: «Hubo un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan. Éste vino para un testimonio… para todos creyeran por medio de él» (cf. Jn 1,6.7). Juan ha declarado dos cosas sobre Jesús: «Este es el Cordero de Dios» y «Este es el Elegido de Dios». ¿Hay relación entre estas dos cosas? Sí. Y una concede comprender la otra. Al declarar Juan: «Este es el Elegido de Dios», está afirmando que Jesús es el «Siervo del Señor» y que, por tanto, a Él se refiere todo lo dicho sobre ese personaje en los cuatro cantos del Siervo del Señor que se encuentran en el libro del profeta Isaías. En efecto, esos cantos comienzan con estas palabras del Señor: «He aquí mi Siervo a quien Yo sostengo, «mi Elegido» en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre él» (Isaías 42,1). Al ver Juan que el Espíritu de Dios permanecía sobre Jesús dio testimonio de que Él es el Elegido de Dios, es decir, que a Él se refieren los cantos sobre el Siervo del Señor, que en su parte culminante dicen: «El Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros… como un cordero al degüello era llevado… por las rebeldías de su pueblo ha sido herido… si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia… por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará» (cf. Isaías 53,6.7.8.10.11). Entendemos que Juan llame a Jesús «Cordero de Dios», porque el Espíritu de Dios que permanece sobre Él en forma de paloma le revela que Jesús es el «Siervo del Señor», quien, como un cordero, ofrecería su vida en sacrificio en expiación de los pecados de todo el mundo. Así se explica que Juan, al ver a Jesús, declare: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Confirma Jesús esta declaración de su precursor cuando en la última cena da el cáliz a beber a sus discípulos diciéndoles: «Beban todos de él, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados» (Mt 26,27-28). De esta manera, Jesús explica que su muerte en la cruz es un sacrificio, el sacrificio de sí mismo, y que, por tanto, Él es verdaderamente «el Cordero de Dios».
Pero no podemos dejar de advertir que, precisamente, en ese testimonio de Juan hay un problema de crítica textual. En efecto, en algunos manuscritos del IV Evangelio se lee: «Doy testimonio de que Éste es «el Hijo de Dios»». Sobre la base de los manuscritos antiguos del IV Evangelio no hay cómo discernir cuál es la versión que salió de la pluma del evangelista. Y, por tanto, tenemos hoy unas Biblias que dicen «Elegido de Dios» y otras que dicen «Hijo de Dios». En casos como éste debemos optar por la versión que la Iglesia con su autoridad hace suya y ésta es la versión latina de la Neo Vulgata. Alli se lee: «Et ego vidi et testimonium perhibui quia hic est «Filius Dei»». La identificación del Siervo del Señor con el Hijo de Dios, que en los Evangelios Sinópticos −Marcos, Mateo y Lucas− la hacía la voz del cielo diciendo: «Este es mi Hijo, el amado» (cf. Mt 3,17; Mc 1,11; Lc 3,22), aquí la habría hecho Juan el Bautista, siempre en el contexto del bautismo de Jesús. Ambas cosas son verdad: Jesús es el Siervo del Señor y como tal es el Elegido de Dios y Él mismo es el Hijo de Dios. Él es quien, hecho hombre, ofreció su vida en sacrificio como el Cordero de Dios para quitar el pecado del mundo. Este es el sacrificio que se hace presente en el altar cada vez que se celebra la Eucaristía y lo declara el celebrante cuando, exhibiendo el Cuerpo de Cristo, dice con las palabras de Juan el Bautista: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». ¿Preveía Juan que estas palabras suyas resonarían hasta hoy y hasta el fin de los tiempos miles de veces al día? Verdaderamente, Juan vino para un testimonio, para que todos creyeran por medio de él.
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de los Ángeles
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