Día litúrgico: Navidad: 9 de Enero
Texto del Evangelio (Lc 5, 12-16):
Mientras Jesús estaba en una ciudad, se presentó un hombre cubierto de lepra. Al ver a Jesús, se postró ante Él y le rogó: “Señor, si quieres, puedes purificarme”.
Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: “Lo quiero, queda purificado”. Y al instante la lepra desapareció.
Él le ordenó que no se lo dijera a nadie, pero añadió: “Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”.
Su fama se extendía cada vez más y acudían grandes multitudes para escucharlo y hacerse sanar de sus enfermedades. Pero Él se retiraba a lugares desiertos para orar.
Palabra del Señor.
Reflexión
La curación del leproso nos muestra ya en marcha el programa de liberación humana que, como veíamos ayer, expuso Jesús en la sinagoga de Nazaret, conforme al texto del profeta Isaías. Esta curación es, pues, un signo de la llegada del Reino de Dios y que entra en conflicto con el mal del mundo para vencerlo, liberando al hombre de toda miseria y limitación humana, reintegrándolo a su dignidad y a la comunidad de los redimidos.
La sucesión de los hechos es clara: Primero, la súplica del leproso pidiendo la curación «Si quieres, puedes purificarme». En segundo lugar, Jesús -que literalmente se rinde ante nuestra fe- lo cura «Lo quiero, queda purificado». Una vez curado el enfermo, Jesús le pide algo casi imposible: “No se lo digas a nadie, pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote”. Cristo no quiere publicidad del caso, sino rehabilitar al marginado; por eso le manda presentarse al sacerdote, a quien, según la ley, competía declararlo limpio y readmitirlo oficialmente en la comunidad. En este caso tal declaración no solo atestiguará la curación del leproso, sino también la autoridad y el poder salvador de Jesús de Nazaret. El judaísmo, en efecto, consideraba la curación de la lepra como uno de los signos de la venida del Mesías.
El leproso, que permanecía marginado por la comunidad de Israel, una vez curado entra de nuevo a formar parte de ella. La curación realizada por el Nazareno es símbolo también del perdón y de la misericordia de Dios, y es fundamento de la vida de la Iglesia.
El relato termina con una nota redaccional del evangelista, que presenta un aspecto particular de la persona de Jesús. Él no sólo cura a los que lo rodean, siendo así que su fama se difunde por todas partes, sino que se retira a lugares solitarios para orar.
En esto reside la fuerza de Jesús y su irresistible atractivo: en su coloquio filial con el Padre. La oración no sólo lo sostiene frente a las muchas incomprensiones que experimenta en su ministerio público, sino que le permite sobre todo verificar su misión en la lógica de la voluntad de Aquel que lo ha enviado al mundo.
Algunas lecciones podemos sacar nosotros, cristianos del 2026 de la curación de este leproso. ¿Cómo puede el hombre que ha sido tocado por el amor de Dios permanecer callado?. ¡Es imposible!. Esta puede ser la causa por la cual muchos cristianos permanecen silenciados: «no han sido tocados por el amor sanador de Dios». Están llenos de miedos y temores, viviendo como lo hacían los leprosos, aislados de la comunidad. Jesús, desde el bautismo, nos ha tocado y nos ha dicho: ¡Sana! Más aún, nos ha llenado de su Espíritu; sin embargo, no hemos dejado la lepra del orgullo, de la envidia, del odio, del rencor.
Para cada uno de nosotros Jesús sigue siendo el liberador total de alma y cuerpo. Él nos quiere comunicar su salud pascual, la plenitud de su vida. Cada Eucaristía la empezamos con un acto penitencial, pidiéndole al Señor su ayuda en nuestra lucha contra el mal. En el Padrenuestro suplicamos: “Líbranos del mal”. Nuestra actitud ante el Señor de la vida no puede ser otra que la de aquel leproso, con su oración breve y llena de confianza: “Señor, si quieres, puedes curarme”. Y oiremos, a través de la mediación de la Iglesia, la palabra eficaz: “Quiero, queda limpio”, “yo te absuelvo de tus pecados”. La lectura de hoy nos invita también a examinarnos sobre cómo tratamos nosotros a los marginados, a los “leprosos” de nuestra sociedad, sea en el sentido que sea. El ejemplo de Jesús es claro.
Cuando estamos necesitados de tantas cosas: ¿buscamos ayuda? ¿Pedimos consejos? ¿A quién acudimos? ¿En qué medida propiciamos o somos cómplices, con nuestra indiferencia, de las injustas marginaciones que produce nuestra sociedad?
Señor, muchas cosas del mundo nos alejan de ti y de la comunidad, con humildad te pedimos que a semejanza del leproso del evangelio, la experiencia de tu amor, nos dé toda la luz para hacer un buen examen de conciencia y un firme propósito de enmienda al acercarnos al sacramento de la reconciliación. Amén.
Bendiciones
Regina Coeli Una Señal de Esperanza