Domingo Adviento 2−A
Mt 3,1-12
¡Conviértanse!
El primero de los cuatro Evangelios canónicos que vio la luz fue el de Marcos y éste sirvió como fuente escrita a Mateo y Lucas. Pero Marcos comienza su Evangelio cuando Jesús es ya adulto con el relato de su vida pública, precedida por la presentación de Juan Bautista. En efecto, la primera afirmación de ese Evangelio se refiere a Juan: «… vino Juan el Bautista, proclamando en el desierto un bautismo de penitencia para perdón de los pecados»; y es seguida de otra afirmación referente a Jesús: «En aquellos días vino Jesús de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán» (cf. Mc 1,4.9). Pronto, sintieron los cristianos la necesidad de saber sobre Jesús, no sólo el origen de su vida pública «en aquellos días», sino su origen en este mundo, muchos años antes. Mateo y Lucas satisfacen esta necesidad con los así llamados «Evangelios de la infancia». El Evangelio de Mateo, que nos ocupará este año, lo dice expresamente en su primera frase: «Libro del origen (génesis) de Jesús Cristo, hijo de David, hijo de Abraham…»; y lo repite más adelante: «El origen de Jesús fue así…» (cf. Mt 1,1.18).
Mateo termina el «Evangelio de la infancia», que ocupa los capítulos I y II, dejando a la Sagrada Familia, después de su regreso de Egipto, donde había ido para huir de Herodes, instalada en Nazaret, «para que se cumpliera lo dicho por los profetas, que sería llamado «Nazareno»» (Mt 2,23). A continuación, Mateo sigue a Marcos con la presentación de Juan Bautista, con lo cual comienza el Evangelio de este Domingo II de Adviento: «En aquellos días, viene Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea y diciendo: «Conviertanse porque está cerca el Reino de los Cielos»». La indicación temporal «en aquellos días», que en Marcos estaba bien, aquí nos deja perplejos, porque lo anterior −el regreso de la Sagrada Familia de Egipto− y la predicación de Juan son hechos que no ocurrieron «en los mismos días»; entre uno y otro episodio pasaron muchos años, 30 años tal vez. En efecto, la frase siguiente, después del Evangelio de este domingo, que nos presenta a Juan, es la venida de Jesús ya adulto: «Entonces, viene Jesús de Nazaret de Galilea al Jordán, donde Juan, para ser bautizado por él» (Mt 3,13).
Juan es presentado con una gran irradiación: «Acudían a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán» y «muchos fariseos y saduceos». ¿A qué vienen? Responden a su llamado a convertirse, que sellaban con un rito característico de Juan: «Eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados». El mismo Juan declara: «Yo los bautizo a ustedes en agua para conversión». La conversión es una inversión de dirección en la vida. Se trata, por tanto, de expresar el dolor por los pecados con la firme decisión de enmendar de rumbo. El motivo que Juan anuncia para imprimir urgencia a la conversión es este: «El Reino de los cielos está cerca». La expresión «Reino de los cielos» sugiere algo grande del ámbito divino. Por tanto, el verbo griego, en tiempo perfecto activo «énghiken», describe una acción definitiva. La idea es que esa realidad «está ya irrumpiendo». ¡La conversión no puede postergarse! Juan habla de «la ira inminente» y agrega la imagen: «Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles».
El evangelista quiere que el lector identifique a Juan con Elías, uno de los grandes profetas, que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego (cf. 2Reyes 2,11), cuyo regreso a la tierra debía preceder a la venida del Cristo, el Ungido del Señor. Por eso, describe con tanto detalle la indumentaria de Juan, la misma que servía para identificar a Elías en su tiempo: «Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero en su cintura» (cf. 2Reyes 1,7-8). Mateo afirma que la predicación de Juan estaba anunciada: «Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: «Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas»». Es cierto que, para aplicar esa profecía a Juan, el evangelista cambia el sentido intentado por Isaías. En efecto, Isaías anunciaba el retorno de los exiliados en Babilonia a su tierra de Israel y decía que ellos, los exiliados, correrían por una calzada ancha, recta y plana preparada en el desierto: «Una voz clama: «Preparen en el desierto un camino del Señor, enderecen en la estepa una calzada a nuestro Dios»» (Isaías 40,3). Juan, en cambio, llama a preparar un camino recto, como una metáfora de nuestra vida, para que transite el Señor por él, viniendo a nuestro encuentro.
Juan, como todos los profetas del Antiguo Testamento, de los cuales él es el mayor, anunciaban un «Día del Señor» único, un día de la venida del Señor para juzgar al mundo (cf. Joel 1,15; Sof 1,15). Es significativo que en nuestras Biblias la última frase del Antiguo Testamento es un oráculo del Señor que dice así: «He aquí que Yo les envío al profeta Elías antes de que llegue el Día del Señor, grande y terrible» (Malaquías 3,23). Los profetas anunciaban también el nacimiento de un «hijo de David», cuyo reino sobre la Casa de Jacob (las doce tribus de Israel), no tendría fin. Pero ninguno de ellos conoció el misterio de la Santísima Trinidad y, por tanto, no podían anunciar la venida del Hijo de Dios hecho hombre. Este misterio lo reveló Jesucristo en su propia Persona y nosotros, que conocemos este misterio y vivimos de él, somos más bienaventurados que todos los profetas y santos del Antiguo Testamento, como lo declara Jesús: «¡Bienaventurados los ojos de ustedes, porque ven, y los oídos de ustedes, porque oyen! Porque, en verdad les digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron» (Mt 13,16-17).
Juan es el personaje del Adviento, porque anuncia la venida del Reino de los cielos en la forma, como dice él, de «Uno que es más fuerte que yo, y yo no soy digno de llevarle las sandalias. El los bautizará en Espíritu Santo y fuego». Y llama a convertirse para recibir a Éste. Para esta conversión se nos concede el tiempo del Adviento, porque Jesús, nuestro Dios y Señor, está viniendo hoy cada día, según su promesa ya cumplida: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (cf. Mt 28,20), y podemos recibirlo en nuestro corazón y hacernos uno con Él como los sarmientos con la vid (cf. Jn 15,5). Es más, Él mismo nos impone la dulce obligación de recibirlo todos los domingos en la santa Eucaristía. Pero seguimos también anhelando siempre más su venida gloriosa final y repitiendo la primera jaculatoria cristiana: «Ven, Señor Jesús» (cf. 1Cor 16,22; Apoc 22,20). Para que el Señor venga, tanto hoy como en su venida gloriosa, y no encuentre en nosotros obstáculo debemos escuchar la exhortación de Juan: « ¡Conviértanse!».
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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