Cartas Pastorales

Contemplar el Evangelio de hoy martes 21 de octubre de 2025

Día litúrgico: Martes 29 del tiempo ordinario

Texto del Evangelio (Lc 12,35-38):

Jesús dijo a sus discípulos: Estén preparados, ceñidas las vestiduras y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta.

¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así!

Palabra del Señor.

Reflexión

Estos cuatro versículos del evangelio de hoy subrayan en su brevedad una actitud espiritual no siempre fácil de mantener como es la virtud de la vigilancia. Esta llamada a la vigilancia se funda en el hecho de que la hora del retorno de Jesús es imprevisible.

En medio de tanta anormalidad que venimos viviendo y que algunos han dado en llamar la “nueva normalidad”, no son pocos los que piensan en el fin de los tiempos. ¿Estará el juicio final tocándonos la puerta? ¿Estamos viviendo el apocalipsis?

De cualquier modo, no es de esto que trata directamente el evangelio. Lo que viene a recordarnos es que siempre, siempre, debemos estar preparados. Como el criado aquel que siempre está esperando a su amo, sin importar la hora, para abrirle apenas venga y llame.

Un elemento constitutivo de esta espera vigilante es la actitud de servicio, especialmente para aquellos a quienes se ha confiado el cuidado de la comunidad. El amo valora tanto la vigilancia de sus criados que “se ceñirá las ropas de servicio, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles”, reconociendo así que no sólo son dignos de confianza, sino que se han convertido en su familia por su fidelidad.

El regreso de Cristo es inminente y llegará por sorpresa. Por ello es necesario estar despiertos y «alertas». Velar no tiene nada que ver con una actitud preventiva o desconfiada, al contrario, consiste en la atención serena de quien se sabe en camino, de quien desconoce los tiempos y los modos, pero sabe en quién ha puesto su confianza.

Muchos santos, pensando en la vigilancia, dijeron: «tengo que vivir cada día como si fuera el último». Si todos viviéramos cada día como si fuera el último, nuestra vida tendría un tono distinto, sería mucho más humana y hermosa, más plena y más rica, más verdadera, menos aburrida, menos desesperada. En definitiva, sería más vida.

Frente a la inminente llegada del Señor, no nos corresponde a nosotros saber la hora ni el día, ni tampoco debemos tener miedo. ¡No hay nada a qué temer! ¡Hay que estar listos, para abrirle apenas venga y llame! A esto es lo que nos invita el evangelio de hoy.

Desde siempre sabemos que nuestros días están contados. Que no hay nada que podamos hacer para aumentar un solo segundo a nuestros días. Que el día menos pensado se nos presentará la muerte. ¿Es que creímos por algún momento que íbamos a vivir aquí eternamente? ¿No? Entonces ¿qué nos asusta? ¿A qué tememos? El Señor llegará en cualquier instante. Puede ser en este momento; ¿esta tarde o dentro de 25 años? ¡No sabemos! ¡Nadie lo sabe! No nos corresponde saber.

¿Qué nos dice el Señor? Que debemos vivir siempre listos, preparados para recibirlo en cualquier momento. Ese debe ser nuestro propósito de cada día. Irnos a dormir con la seguridad que el día de hoy hemos hecho todo lo posible y que el Señor puede venir cuando guste. Que lo estamos esperando.

Quien vive en gracia y de acuerdo al evangelio no está preocupado de cuándo o a qué hora llegará; sabe que cuando llegue será el día más feliz de su vida pues verá a su Señor tal como es y así, su amor y su felicidad, serán colmados. No nos dejemos engañar, y vivamos siempre listos, en la alegría y la paz de Dios.

¿Esperamos con gozo, vigilancia y perseverancia la venida del Señor? ¿Estamos aprovechando nuestra vida en algo que vale la pena o vivimos distraídos en las cosas de este mundo? ¿Si el Señor nos llamara hoy a su presencia, nos encontraría preparados?

Señor, que nos has hecho administradores de tus dones, haz que nos sorprenda tu llegada con abundantes obras de caridad para entrar a gozar de tu Reino. Amén.

Bendiciones.

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