Día litúrgico: Viernes 28 del tiempo ordinario
17 de octubre: San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir
Texto del Evangelio (Lc 12,1-7):
En aquel tiempo, se reunieron miles de personas, hasta el punto de atropellarse unos a otros. Jesús comenzó a decir, dirigiéndose primero a sus discípulos: “Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. No hay nada oculto que no deba ser revelado, ni nada secreto que no deba ser conocido. Por eso, todo lo que ustedes han dicho en la oscuridad será escuchado en pleno día; y lo que han hablado al oído, en las habitaciones más ocultas, será proclamado desde lo alto de las casas.
A ustedes, mis amigos, les digo: No teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Yo les indicaré a quién deben temer: teman a aquél que, después de matar, tiene el poder de arrojar al infierno. Sí, les repito, teman a ése.
¿No se venden acaso cinco pájaros por dos monedas? Sin embargo, Dios no olvida a ninguno de ellos. Ustedes tienen contados todos sus cabellos: no teman, porque valen más que muchos pájaros”.
Palabra del Señor.
Reflexión
En el evangelio de hoy, Jesús previene a sus discípulos, cuidarse de la levadura farisaica, es decir, de la hipocresía, el obrar para ser vistos, creer que todo radica en el cumplimiento exterior de los preceptos de Dios, sin tener en cuenta el corazón del hombre y las necesidades de nuestros hermanos.
El Señor nos llama a la sinceridad interior. La verdadera fe se manifiesta en coherencia entre lo que creemos y lo que hacemos. Un cristiano no es solo quien profesa palabras, sino quien vive su fe con transparencia, confiando en el cuidado amoroso de Dios incluso en las pequeñas cosas de la vida.
Con el tiempo y los frutos que vayamos dando, nos daremos cuenta con qué levadura crecemos interiormente, como también se darán cuenta nuestros hermanos. La coherencia de vida, es fruto de la gracia del Espíritu Santo, que debemos pedir cada día.
Tenemos que ir madurando en nuestra fe y creciendo en nuestra imitación de Cristo. A medida que vamos leyendo, día tras día, la Palabra de Dios, nos damos cuenta de lo mucho que hay que transformar todavía en nuestra vida.
Podría ser que en nuestro caso también pudiera existir esa “levadura de la hipocresía”, que daña todo lo que decimos y hacemos. Para otros, el fermento maligno puede ser la vanidad, la sensualidad, el materialismo o el odio. Estas actitudes interiores pueden estropear nuestra relación con los demás, nuestra paz interior y nuestra oración. Lo que tenemos que atacar es la raíz de todo, la levadura interior. Si en nuestro ordenador hay un virus, ya podemos hacer lo posible por extirparlo, porque de lo contrario destruirá todos nuestros archivos.
Por el contrario, nosotros mismos deberíamos ser buen fermento e ir contagiando a otros la mentalidad cristiana, la esperanza y la paz, la amabilidad, el humor. Todos somos levadura: buena o mala. Nuestra vida no deja indiferentes a los que nos rodean. Influye en bien o en mal. En vez de dejarnos corromper por la levadura sensual y materialista de este mundo, los cristianos debemos mantener nuestra identidad con valentía y además influir en los demás. En vez de acomodarnos a lo que piensa la mayoría, si es que no va de acuerdo con el evangelio de Jesús, debemos ser minoría decidida y eficaz, que da testimonio profético de los valores en que creemos.
¿Que habrá dificultades? Jesús ya nos lo advierte, y nos da también la motivación para no perder los ánimos: Dios no se olvida de nosotros. Como cuida de las aves y las flores, y “tiene contados los cabellos de nuestra cabeza”, ¿cómo va a dejar que queden sin recompensa nuestros esfuerzos por vivir cristianamente y por ayudar a los demás? Jesús nos muestra su propia cercanía y nos asegura la ayuda de Dios: “A ustedes les digo, amigos míos: no tengan miedo a los que matan el cuerpo… pues ni de uno solo se olvida Dios”.
Qué palabras tan consoladoras para nosotros, ya que es el mismo Dios quien nos las dice. ¿Estás siendo perseguido, rechazado, juzgado, calumniado? Pues no temas, vales mucho a los ojos de Dios. Él te sostendrá, te cuidará, y te dará la fuerza para serle fiel. Su amor y su Espíritu te acompañarán hasta el final del camino.
¿Mi vida refleja con sinceridad lo que profeso creer o existe una distancia entre mi fe y mi testimonio?
Señor Jesús, danos la gracia de vivir con coherencia nuestra fe, para que nuestra vida sea un testimonio auténtico del amor de Dios. Amén.
Bendiciones.
Regina Coeli Una Señal de Esperanza