Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 16 junio 2024

Domingo 11-B

Mc 4,26-34

A sus discípulos Jesús les explicaba todo en privado

En el Evangelio del domingo pasado se nos presentaba a Jesús enseñando en casa, en Cafarnaúm, rodeado de tanta gente que sus parientes, venidos de Nazaret, debieron mandarle un mensaje: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan» (Mc 3,32). Después de eso, el Evangelio de Marcos nos presenta a Jesús en otro escenario, de nuevo rodeado de una multitud: «Y otra vez se puso a enseñar, a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar» (Mc 4,1). Jesús hizo de esa barca una «cátedra» y tomó la actitud del maestro: «Se sentó». Por primera vez Marcos nos transmite el contenido de esa enseñanza: «Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas» (Mc 4,2). Este medio de enseñanza lo considera el evangelista tan propio de Jesús y su contenido tan importante, que lo deja incluido −según el procedimiento literario semita de la «inclusión» − entre dos menciones de lo mismo. Concluye, por tanto: «Les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado».

Jesús comenzó esta enseñanza con la famosa parábola del sembrador (es la única que aparece en los tres Evangelios Sinópticos, Marcos, Mateo y Lucas): «Les decía en su instrucción: “Escuchen: Una vez salió un sembrador a sembrar…”» (Mc 4,3). Después de la parábola del sembrador, con su extensa explicación, siguen las parábolas del grano de trigo, que crece sin que se sepa cómo, y la del grano de mostaza, que siendo la más pequeña de las semillas, crece hasta hacerse la más grande de las hortalizas. En el Evangelio de este Domingo XI-B del tiempo ordinario leemos estas dos últimas parábolas. (No es que la parábola del sembrador sea menos importante y, por eso, se deja de lado; al contrario, dado que aparece también en los otros Sinópticos, se lee en la versión de Mateo en el Ciclo A, el Domingo XV del tiempo ordinario. No pudo leerse el año pasado 2023, porque ese domingo fue 16 de julio y prevaleció −solamente en nuestra patria− la Solemnidad de la Virgen del Carmen).

«Y decía: Así es el Reino de Dios, como un hombre que esparce la semilla en la tierra…». Parece ser la conclusión de la parábola del sembrador, que acaba de exponer. Y, en cierto sentido, lo es. Como hemos visto, esa parábola no había comenzado con la expresión habitual de las parábolas: «El Reino de Dios es semejante a…». Por eso, lo aclara al final, al retomar el discurso con la siguiente parábola.

Ya sabemos que «Reino de Dios» es la expresión usada por Jesús para exponer su propio misterio. El Reino de Dios es la situación introducida en la humanidad, cuando el Hijo de Dios, uno de la Trinidad, se hizo hombre y elevó al ser humano a la condición de hijo de Dios. Por eso, cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar diciendo a Dios: «Padre nuestro», les ordenó pedirle, en primer lugar: «Venga a nosotros tu Reino» (cf. Mt 6,10), que quiere decir: «Que la condición de hijo tuyo se extienda a toda la humanidad». Es el anhelo que atribuye San Pablo a todo el universo: «La ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios» (Rom 8,19). La única ecología verdadera y eficaz consiste en que todos los seres humanos nos comportemos como «hijos de Dios». Entonces, no habrá más guerra; entonces, la creación entera, con todos los seres humanos, dará gloria a Dios.

¿A qué se parece, entonces, el Reino de Dios? Jesús dice que es semejante a una semilla, buena semilla, que se siembra y luego comienza, por su propia virtud, a crecer: «(El sembrador) duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo». Cuando Jesús expuso esta parábola la semilla estaba ya sembrada; pero tenía que crecer. Cuando el evangelista la escribió, ya había comunidades cristianas en Palestina, en Asia Menor y en Roma, demostrando una expansión asombrosa. En Roma, siguiendo la enseñanza de Pedro, compuso Marcos su Evangelio, que fue el primero que vio la luz, según los especialistas, poco antes del año 70 d.C. (El autor no conoció la destrucción del templo, que fue en ese año). Poco más tarde, Tertuliano afirmaba: «Somos de ayer y ya hemos llenado el mundo» (Apologético, N. 37, Año 197 d.C.).

En la segunda parábola, la del grano de mostaza, vemos que Jesús se esforzaba por poner su misterio a nuestro alcance: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?». Y encuentra cómo: «Es como un grano de mostaza…». Si con la parábola anterior nos enseñaba que el movimiento fundado por Él −su Iglesia− nada podría detenerlo, porque «de día y de noche crece, sin que se sepa cómo», con esta parábola nos enseña que ese crecimiento, partiendo de su muy desconocido y humilde origen, abarcaría toda la tierra. Leída hoy, esa parábola es una admirable profecía: la más pequeña de las semillas −el grupo de los Doce y poco más− se ha convertido en un árbol que cobija al 30% de la humanidad (más de 2 mil millones), considerando todas las denominaciones cristianas. La Iglesia Católica acoge en su seno al 17% de la humanidad. Es una profecía admirable; pero es también un desafío y un deber. En efecto, en los últimos tiempos, el crecimiento no ha sido tan veloz e, incluso, en algunas áreas se ha detenido y en otras ha disminuido, y la «la creación entera sigue gimiendo hasta el presente y sufriendo dolores de parto» (cf. Rom 8,22).

El evangelista cierra esta enseñanza de Jesús con una observación enigmática: «Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado». La parábola es un medio de enseñanza cuyo objetivo es dar a entender una verdad y así lo usaba Jesús: les enseñaba en parábolas «según podían entenderle». Pero esa enseñanza pública no basta para que se llegue a la comprensión del misterio que Él quiere revelar. Para esto, es necesaria esa «explicación a sus discípulos en privado» y ésta no la concede Jesús sino en la oración, en ese contacto personal, silencioso, con Él, en que le decimos: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (cf. 1Sam 3,9.10). La enseñanza pública está en manos de todos; todos pueden llevar hoy el Evangelio y toda la Escritura en el bolsillo. Pero, tal vez, falta esa explicación de Jesús en privado, ésa que Él da a sus discípulos, a cada uno personalmente, en el silencio de la oración.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de los Ángeles

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