Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 23 abril 2023

Domingo Pascua 3-A

Lc 24,13-35

Se les abrieron los ojos y lo reconocieron

El Evangelio de este Domingo III de Pascua nos relata el conocido episodio del encuentro de Jesús resucitado con los «discípulos de Emaús», el mismo día de su resurrección: «Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado».

Siguiendo el Evangelio de Lucas, trataremos de reconstruir la cronología de los hechos de ese primer día de la semana, después de la crucifixión de Jesús, cuyo cuerpo sin vida fue depositado en el sepulcro el viernes, antes de la hora duodécima (18 horas), hora en que comenzaba ya el sábado, el último día de la semana, que era muy solemne, porque ese día se celebraba la Pascua de los judíos: «El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro; y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús» (Lc 24,1-3). El sujeto de estas acciones son «las mujeres que habían venido con Jesús desde Galilea… María Magdalena, Juana y María la de Santiago, y las demás que estaban con ellas» (cf. Lc 23,55; 24,10). Ese primer día de la semana «muy de mañana» Jesús ya había resucitado. Se presentaron a esas mujeres dos hombres con vestidos resplandecientes, que les dijeron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5.6).

Las mujeres, «regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas a los Once y a todos los demás». Ellos se habían reunido, probablemente, a deliberar sobre lo que harían ahora que Jesús ya no estaba con ellos y reaccionaron al anuncio de las mujeres con incredulidad: «Todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían». Sólo uno de ellos, Pedro, las tomó en serio: «Pedro se levantó y corrió al sepulcro. Se inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido» (Lc 24,12). Pedro está asombrado, pero no incrédulo.

En ese encuentro de las mujeres con los Once y los demás estaban presentes los dos discípulos que ese mismo día emprenden el camino de Emaús. En efecto, saben bien lo que allí se trató y la reacción de los presentes: «Algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no lo vieron». En este último dato su información es imprecisa, porque, en realidad, sólo Pedro corrió al sepulcro después de escuchar el relato de las mujeres. Estos dos discípulos se cuentan entre los que opinaban que «las palabras de las mujeres eran desatinos; y no les creían». Y no sólo eso, sino que carentes de toda esperanza se adelantan a los demás en abandonar Jerusalén. El viaje de Jerusalén a Emaús (60 estadios = 11,1 km) debió durar 2 horas y estaban llegando allá cuando el día terminaba. (Como hemos dicho, el día termina a las 18 horas). Partieron, por tanto, de Jerusalén a las 15 o 16 horas. El lapso de tiempo de su esperanza duró pocas horas. Antes de que terminara el tercer día después de su muerte, los discípulos de Jesús comenzaban a dispersarse.

Como el pastor que va en busca de la oveja perdida para devolverla al redil (cf. Mt 18,12-14) Jesús resucitado favorece con la aparición más prolongada a esos dos, que eran los primeros en abandonar el grupo de los discípulos: «Sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran». No lo pueden reconocer por la identidad física, porque, cuando no hay fe, esa identidad física se explica de muchas otras maneras naturales. La resurrección de Jesús es un artículo de fe y no de verificación sensorial −vista y tacto− y, es, por tanto, un don de Dios. En este sentido, ni esos dos discípulos, ni los Once apóstoles, ni los demás que vieron a Jesús aventajan a los cristianos de hoy que confiesan su fe en el Credo diciendo: «Al tercer día resucitó de entre los muertos».

Jesús se informa de lo que conversaban y nosotros sabemos, por la respuesta que dan, que la pasión y muerte de Jesús en la cruz fue un hecho que conmovió a toda Jerusalén y que era imposible que alguien ignorara esos hechos: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Cuando Jesús les pregunta cuáles cosas, ellos nos informan del concepto que tenían sobre Jesús, pero que ven defraudado: «Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados lo condenaron a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperabamos que fuera Él quien liberara a Israel; pero llevamos ya tres días desde que esto pasó…».

Jesús, aunque los reprende por su escasa comprensión de las Escrituras, con toda paciencia, les explica que su muerte era necesaria: «“¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras». No ha habido una explicación semejante en toda la historia. En efecto, Jesús es la Palabra de Dios y su explicación es la que hace el Autor divino de su propia obra. Por eso, no cabe otra reacción que la que tuvieron esos discípulos: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En esto llegan al lugar donde se dirigían, Emaús, y los discípulos invitan, más bien, fuerzan a Jesús a detenerse allí con ellos: «Quedate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Jesús era fácil para satisfacer los ruegos de los demás: «Entró a quedarse con ellos». Hemos llegado a la culminación del relato, al momento de la gracia de Dios, la que Él concede a los humildes: «Sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces, se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él desapareció de su lado». «Lo reconocieron» significa: Creyeron que Él era Jesús resucitado. Se les abrieron los ojos de la fe.

Ese reconocimiento es la gracia de la conversión que se manifiesta en su vuelta inmediata a reintegrarse al grupo de los discípulos del que se habían alejado. Los mismos que consideraban que ya era tarde para seguir viajando, «levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos». Ellos piensan que traen una primicia, pero antes de que ellos hablen, los otros les dan este testimonio: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». No lo han visto; pero les basta el testimonio de Simón, a quien se concedió una visión particular de Jesús resucitado. Desgraciadamente, no tenemos el relato de esta aparición personal. Pero esa aparición es la garantía de la fe, porque a Pedro se dijo: «Lo que desates en la tierra (declares como verdad), queda desatado en el cielo» (cf. Mt 16,19).

No podemos pasar por alto que el signo, con ocasión del cual los dos discípulos recibieron la fe fue la fracción del pan. Es también hoy la «fracción del pan», la Eucaristía, la ocasión en que más frecuentemente Dios concede la fe. Cada domingo −primer día de la semana− en que participamos en este misterio debemos evocar este episodio y el momento en que los discípulos de Emaús reconocen a Jesús resucitado entre ellos.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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