Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 1 agosto 2021

Domingo 18−B

Jn 6,24-35

Obren por el alimento que permanece para vida eterna

El Capítulo VI del Evangelio de Juan se entiende teniendo como trasfondo la multiplicación de los cinco panes, con los cuales Jesús, en la orilla desierta del Mar de Galilea, dio de comer hasta saciarse a una multitud de cinco mil hombres, recogiendo luego doce canastos llenos con los trozos sobrantes. El entusiasmo de esos hombres obligó a Jesús a huir: «Viendo Jesús que intentaban venir a tomarlo por la fuerza para hacerlo rey, huyó de nuevo al monte Él solo» (Jn 6,15). Como Jesús tardaba en volver junto a sus discípulos y había ya oscurecido, ellos emprendieron la travesía del lago sin Él, en dirección a Cafarnaúm. El mar se encrespó, a causa de un fuerte viento que soplaba. Entonces, los discípulos «vieron a Jesús caminando sobre el mar acercándose a la barca, y se llenaron de temor» (Jn 6,19). Jesús les dijo: «Yo soy; no teman» (Jn 6,20). Antes de tomarlo con ellos en la barca, tocaron tierra. Así es como Jesús llegó a Cafarnaúm, mientras la multitud pensaba que Él había quedado solo en la otra orilla. Al día siguiente, viendo la multitud que los discípulos se habían embarcado solos y que no había allí otras barcas, volvieron a Cafarnaúm «buscando a Jesús». Así se entiende la pregunta con que comienza el Evangelio de este Domingo XVIII del tiempo ordinario.

«Encontrando a Jesús en la otra orilla del mar (Cafarnaúm), le dijeron: “Rabbí, ¿cuándo llegaste aquí?”». En lugar de responder: «Llegué anoche, caminando sobre el mar», Jesús se concentra sobre el motivo que los mueve a ellos a buscarlo: «En verdad, en verdad les digo, ustedes me buscan no porque hayan visto signos, sino porque comieron de los panes y se saciaron». El milagro era «un signo» y como tal debió haberlos llevado a comprender quién era Jesús y, luego, eso debió haber sido el motivo que los moviera a buscarlo. Pero no vieron más que el beneficio material y por el interés de ese beneficio busca a Jesús. Jesús insinúa que, si otro les hubiera ofrecido un bien material mayor, se habrían ido tras él. Habrían dejado el Bien infinito, para irse tras un bien limitado, cayendo nuevamente en lo mismo que tantas veces reprochó Dios a su pueblo: «Me abandonan a Mí, fuente de agua viva, para hacerse cisternas agrietadas que el agua no retienen» (Jer 2,13).

Tomando pie de ese motivo errado, Jesús comienza el discurso del Pan de vida, exhortándolos: «Obren no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que el Hijo del hombre les dará». El alimento perecedero lo conocemos bien, porque tenemos relación con él diariamente y varias veces al día. Ese alimento, no sólo perece él mismo –se corrompe–, sino también sustenta una vida que perece, la vida natural. Según la sentencia de Dios a Adán, ese alimento lo obtiene el ser humano con su trabajo: «Con el sudor de tu frente comerás el pan» (Gen 3,19). ¿Cómo debe entenderse, entonces, la exhortación de Jesús a no obrar por él? Jesús se acomoda a un modo de hablar por contraste. Él percibe que la preocupación de esos hombres que lo buscaban, y de muchos otros, es exclusivamente por el alimento material, perecedero, –« ¿Qué comeremos, con qué nos vestiremos?» (cf. Mt 6,25.31)– dejando de lado a Dios. En este contexto, la parte negativa de la exhortación no tiene más fin que acentuar la afirmación: «Obren por el alimento que permanece para vida eterna».

¿Cómo puede el ser humano, que es mortal, obtener con su trabajo un alimento que concede la vida eterna? ¡No puede, de ninguna manera! Por eso, Jesús, refiriéndose a ese alimento de vida eterna, agrega: «Que el Hijo del hombre les dará». El alimento de vida eterna es un don. Jesús usa la expresión «Hijo del hombre», en lugar del pronombre personal «Yo», que, en cambio, usa solamente en expresiones que remiten a su condición divina, como acaba de hacerlo al caminar sobre el mar: «Yo soy, no teman» y lo hará también más adelante. Acerca del Hijo del hombre Jesús dice: «A este el Padre, Dios, ha sellado». Podemos entender esta acción de Dios respecto de Jesús como lo hace la Carta a los Hebreos: «Él (Jesús) es resplandor de la gloria de Dios e impronta de su sustancia» (Heb 1,3). Con su sello Dios le ha dado la impronta (carácter) divina.

Pero los judíos se quedaron con la idea de que ellos tenían que obrar algo y preguntan: « ¿Qué hacemos para obrar las obras de Dios?». Quieren que Jesús les diga cuáles obras que ellos hagan pueden ser consideradas «obras de Dios». Jesús responde que la obra de Dios es una sola y ésta la hace Dios: «Esta es la obra de Dios: que ustedes crean en quien Él envió». Jesús declara que hacer que se abra paso en la mente y el corazón de un ser humano la convicción profunda de que Jesús es el enviado de Dios, que es el Hijo de Dios hecho hombre, eso es una obra de Dios. La fe en Cristo es un don inestimable de Dios que transforma la vida del ser humano; es una inmensa «obra de Dios».

Al escuchar los presentes que la obra de Dios es que crean en Jesús, piden, inmediatamente un signo, como si la fe en Jesús fuera la deducción de algo que se ve: « ¿Qué signo haces tú para que nosotros lo veamos y creamos en ti?; ¿qué cosa obras?». En el comienzo del capítulo leíamos que esa multitud seguía a Jesús «porque veían los signos que realizaba en los enfermos» (Jn 6,2); acerca de ellos mismos, después de la multiplicación de los panes, se dice: «Viendo la gente el signo que había realizado, decía: “Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”» (Jn 6,14), se entiende «el profeta como Moisés». Habían visto signos, pero ya Jesús les ha dicho que no ha sido suficiente. Ellos sugieren un signo más poderoso, como el obrado por Moisés: «Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”». Jesús, que es la Palabra de Dios y, por tanto, da la interpretación auténtica, corrige esa cita en tres cosas. La primera es el sujeto de la acción: «No fue Moisés, sino mi Padre». Es cierto, el maná no lo concedió Moisés; fue Dios quien lo dio al pueblo como alimento en el camino del desierto durante cuarenta años. La segunda corrección es el tiempo del verbo: «No les dio… sino les da ahora». Y la tercera es que este pan que Dios da es «el verdadero pan del cielo», del cual el maná era sólo figura y anuncio. Jesús explica esas correcciones agregando: «Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo», se entiende la vida eterna que ese pan concede y que el maná no concedía.

La reacción de los judíos es la que se podía prever: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús ha dicho que ese pan lo da Dios, a quien llama «mi Padre», declarándose así su Hijo. Con razón entonces, ellos lo piden a Él, a quien dan el título de «Señor». Jesús responde con una de esas sentencias en «Yo soy», con las cuales revela su identidad, en este caso, que «ese pan» Dios lo ha dado ya al mundo y sigue dándoselo: «Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí, no tendrá sed jamás». Con esta afirmación el discurso del Pan de vida alcanza uno de sus puntos culminantes. En los domingos siguientes veremos la reacción de la gente ante esta sentencia, lo que permite a Jesús profundizarla cada vez más. Nos interesa a nosotros, porque también nosotros estamos deseando que Él nos dé siempre de ese pan.

                                                                                          + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                                     Obispo de Santa María de los Ángeles

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