Cartas Pastorales

El Evangelio del Domingo 18 julio 2021

Domingo 16−B

Mc 6,30-34

Jesús se retiraba a los lugares desiertos donde oraba

Este Domingo XVI del tiempo ordinario Ciclo B leemos una página del Evangelio de Marcos, que es preciosa, porque nos revela un rasgo de Jesús que conocemos solamente por este Evangelio. Si el Logos (Palabra) de Dios, que era Él mismo Dios, «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14), entonces todo en Él –hechos y palabras– es Palabra de Dios, y no tenemos otra, pues «a Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (Jn 1,18). Si esto es así, debemos preguntarnos por qué los otros dos evangelistas –Mateo y Lucas–, que en el momento de escribir sus respectivos Evangelios tenían ante los ojos el Evangelio de Marcos, omiten este importante hecho. Pero veamos a qué nos referimos.

Habíamos dejado la lectura continuada del Evangelio de Marcos, el domingo pasado, en el momento en que Jesús «comenzó a enviar» a los Doce de dos en dos. El evangelista nos dice que ellos cumplieron la misión encomendada: «Partiendo de allí, predicaron que se convirtieran; expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,12-13). ¿Cuánto tiempo duró esta misión? El evangelista no lo dice; pero dado el tiempo de los verbos –«expulsaban… ungían»– y la abundancia –«muchos demonios… muchos enfermos»– da la impresión de un cierto tiempo, algunos días. Además, para dar esta impresión, entre ese primer envío y el regreso de los Doce, el evangelista intercala el episodio del martirio de Juan el Bautista (que no se lee en la liturgia dominical). El Evangelio de hoy comienza, cuando los Doce regresan junto a Jesús.

«Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y lo que habían enseñado». Es la primera vez que se usa en el Evangelio la palabra «apóstoles». El evangelista ya puede llamar a los Doce con ese nombre, porque ya han sido «enviados» por Jesús. En adelante los Doce se conocerán por ese nombre, sobre todo, después del envío universal. El lector habría esperado que Jesús reaccionara con alguna expresión de alegría por el éxito de esa primera misión. Pero la preocupación de Jesús es otra y este es el rasgo que nos interesa destacar: «Entonces, Él les dijo: “Vengan ustedes mismos aparte, a un lugar desierto, para descansar un poco”». La expresión: «Vengan ustedes mismos» parece contradictoria; por un lado, los llama hacia Él –«vengan»– y, por otro lado, parece que deben hacerlo ellos solos: «Ustedes mismos». Por eso, con razón, suele traducirse: «Vengan también ustedes…», insinuando que Jesús los llama a hacer algo que Él mismo ya hacía y que quiere que sus discípulos también hagan, después de una jornada apostólica: «Vengan también ustedes a un lugar desierto a descansar un poco».

No se trata del descanso físico, pues esto pueden hacerlo ellos solos; se trata del descanso integral –cuerpo y alma–, que sólo puede conceder Jesús. El mismo imperativo (deute = vengan) usa Jesús cuando dice: «Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados y Yo les daré descanso… encontrarán descanso para sus almas» (Mt 11,28.29). En verdad, los apóstoles estaban «fatigados y sobrecargados», porque «los que iban y venían eran tantos que no tenían tiempo ni para comer». Y llevan a la práctica la preocupación de Jesús: «Y partieron en la barca a un lugar desierto, en privado».

¿Por qué omiten Mateo y Lucas este rasgo de Jesús? Ellos incluyen en sus respectivos Evangelios el momento en que los apóstoles regresan junto a Jesús, después de esa primera misión; pero omiten la preocupación de Jesús de que ellos vayan con Él a descansar. Tal vez, no quieran dar la impresión de despreocupación por la misión. Pero es una enseñanza fundamental respecto del apostolado. Lo que interesa en esta misión no es el éxito –el número de los que siguen– sino el fruto y éste no se obtiene, si el apóstol no está unido a Jesús, según su afirmación: «El que permanece en mí y Yo en él, ése da mucho fruto» (Jn 15,5). Por eso, también cuando los envía les promete: «Yo estoy con ustedes todos los días» (Mt 28,20). Bien entendió esto el gran apóstol San Pablo: «He trabajado más que todos ellos. Pero no yo, sino la gracia de Dios que está conmigo» (1Cor 15,10).

Otros rasgos admiramos en Jesús en este Evangelio: su paciencia, mansedumbre, capacidad de cambiar sus planes, cuando Dios lo pide, y su compasión por los seres humanos, que están en la ignorancia. Tenía planes de ir con sus discípulos en privado con ellos a un lugar desierto. Pero la multitud, que captó su intención, fue por la orilla del lago corriendo a pie y se les adelantó, de manera que, cuando Jesús y los Doce llegaron al lugar donde tenían intención de descansar, de nuevo, encontraron allí a la multitud que los buscaba. En verdad, no tenían tiempo ni para comer. Jesús no manifiesta muestra alguna de impaciencia; al contrario, «al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas». A veces, ocurre con la voluntad de Dios que la intención es buena, pero no su realización. El apóstol debe tener siempre el anhelo de descansar en el Señor; pero, muchas veces, la compasión por los hombres y mujeres se lo impedirán. Entonces, debe acordarse de este episodio en que Jesús «sintió compasión de ellos y… se puso a enseñarles muchas cosas».

El santo Cura de Ars, que era un incansable apóstol, tenía una fuerte anhelo de la soledad, hasta el punto de sentirse tironeado hacia ella casi físicamente. En cierta ocasión, vino donde él un sacerdote, que trabajaba en una escuela, a plantearle el llamado que sentía a la vida eremítica. El santo Cura se entusiasmó ponderando las maravillas de la unión con Dios en la soledad, hasta el punto de que el sacerdote concluyó: «Entonces, Dios quiere que yo me haga cartujo». «¡No! –dijo el Cura de Ars– el deseo es de Dios; pero su realización, no. Dios quiere que Usted siga dando fruto en la educación de la juventud».

El deseo de estar con Cristo en el silencio y la soledad es un rasgo esencial del apóstol y debe realizarlo cada vez que Dios se lo permita. Leemos en el Evangelio: «Jesús se retiraba a los lugares desiertos, donde oraba» (Lc 5,16).

                                                                                          + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                                Obispo de Santa María de los Ángeles

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