Cartas Pastorales

El Evangelio Cuerpo y Sangre de Cristo B Domingo 6 junio 2021

Mc 14,12-16.22-26

Obren por el alimento que permanece para vida eterna

Celebramos este domingo en nuestro país la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Digo «en nuestro país», porque en otros lugares la celebración de esta Solemnidad conserva su día propio, que es el jueves sucesivo a la Solemnidad de la Santísima Trinidad. El Evangelio que se proclama, en los tres ciclos de lecturas A, B y C, respectivamente Mateo, Marcos y Lucas, es el de la última cena de Jesús con sus discípulos, en la víspera de su pasión y muerte en la cruz, porque fue en esa cena que Jesús dio a sus discípulos a comer su Cuerpo y a beber su Sangre, dandoles la orden de hacer «en memoria suya» lo mismo que Él hizo en esa ocasión. Este año leemos ese relato en el Evangelio de Marcos.

Jesús había subido a Jerusalén con los Doce para celebrar allí la Pascua, como era su costumbre, desde su niñez: «Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua» (Lc 2,41). Pero esta vez esa fiesta tendría una importancia particular. En efecto, Jesús había anunciado repetidas veces lo que le esperaba en la Ciudad Santa: «Miren que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, y se burlarán de Él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán, y a los tres días resucitará» (Mc 10,33-34; cf. 8,31-32; 9,31-32). Esta es la certeza que Él tiene, cuando celebra esa última Pascua con sus discípulos. Los Doce, por su parte, saben que se cierne sobre Jesús un peligro, pero «temían preguntarle» (Mc 9,32). Cuando faltaban dos días para la Pascua y los ácimos, y, durante una cena, una mujer ungió la cabeza de Jesús derramando sobre ella un perfume muy valioso, a quienes la criticaron por ese «despilfarro», Él dijo: «Dejenla. ¿Por qué la molestan?… Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura» (Mc 14,6.8). Nadie entendió lo que quería decir; pero Él sabe que tres días después Él sería depositado muerto en una sepultura. Por último, durante la misma cena en que Jesús comía la Pascua con sus discípulos, declara: «En verdad les digo, uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo» (Mc 14,18).

La importancia concedida por Jesús a esa última cena se deduce de los preparativos que Él mismo había dispuesto: «El dueño de casa les mostrará en el piso superior una sala grande, ya dispuesta y preparada; hagan allí los preparativos para nosotros… Los discípulos… lo encontraron tal como les había dicho, y prepararon la Pascua». El evangelista insiste en que esa cena de Jesús con los Doce, precedida de esmerados preparativos, era «comer la Pascua». Se trata de comer un cordero, que había sido ofrecido en sacrificio en el templo y luego, asado, era comido acompañado de panes ácimos (sin levadura). Era una comida ritual, que se hacía «en memoria» de los hechos salvíficos de Dios en favor de su pueblo, desde la creación del mundo, sobre todo, en memoria de la liberación de la esclavitud de Egipto, cuando se celebró la primera Pascua y Dios mandó a su pueblo celebrarla todos los años. Como hemos visto, Jesús sabe que, el día siguiente, Él sería sometido a muerte, muerte de cruz, porque sería entregado a los gentiles (romanos): «Lo entregarán a los gentiles… y lo matarán» (Mc 10,33.34). Lo matarán; pero, en realidad, Él mismo ofrecerá su vida en sacrificio, como el verdadero Cordero Pascual, «como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36). Todo esto nos permite a nosotros entender el sentido de lo que hizo Jesús en esa cena. Su sentido profundo no lo podemos entender sin la luz del Espíritu Santo, como no lo entendieron, por entonces, sus mismos discípulos.

«Mientras comían, tomó pan, bendiciendo, lo partió y lo dio a ellos y dijo: “Tomen, esto es mi Cuerpo”». La bendición que pronunció antes de partir el pan y darlo a sus discípulos es la que pronunciamos nosotros, en la celebración de la Eucaristía en el momento del ofertorio: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan… será para nosotros pan de vida… por este vino… será para nosotros bebida de salvación». El relato sigue: «Tomando una copa, dando gracias, la dio a ellos y bebieron de ella todos. Y les dijo: «Esto es mi Sangre de la Alianza, que es derramada por muchos».

¿Qué pronombre usó Jesús, «este es… esta es…» o, en ambos casos, «esto es»? En el texto griego original, pan y vino son de género masculino. En cambio, tanto cuerpo como sangre son de género neutro y el pronombre que Jesús usa es de género neutro: «Esto es…». Podemos, por tanto, afirmar que, cuando Jesús comienza a pronunciar esas palabras, ya tiene en su mano su Cuerpo y su Sangre. En la traducción, debemos hacer coincidir el género del pronombre, no con lo que antecede –pan y vino, ambos masculinos–, sino con lo que sigue: Cuerpo y Sangre. Para evitar que el pronombre se entienda como referido al pan, como sería el caso, si se usa «este es…», conviene traducir: «Esto es mi Cuerpo». Por analogía, en el caso de la Sangre: «Esto es mi Sangre». En la celebración de la Eucaristía, con razón, se ha optado por las palabras: «Esto es mi Cuerpo». En el caso de la Sangre del Señor no se presenta el problema, porque no se usa un pronombre, sino un adjetivo referido al cáliz: «Este es el cáliz de mi Sangre…».

En la celebración de la Eucaristía, cuando se usa la plegaria eucarística II, mientras el sacerdote invoca al Espíritu Santo con las manos sobre el pan y el vino, dice: «de manera que se conviertan, para nosotros, en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nuestro Señor». Desgraciadamente, coincide con una expresión nuestra que puede conducir a error. Cuando nosotros queremos decir: «En nuestra opinión, es así…», decimos: «Para nosotros, es así…»; no excluye que «para otros» sea otra cosa. No es esto lo que se quiere decir. La sustancia del pan se convierte en la sustancia del Cuerpo de Cristo y la sustancia del vino en la sustancia de su Sangre, en forma objetiva. En adelante, mientras perduren los accidentes del pan y los accidentes del vino, lo que hay allí objetivamente, y no en la opinión de alguien, es el Cuerpo y la Sangre de Cristo, tal como lo declara la Palabra de Dios pronunciada: «Esto es mi Cuerpo… Este es el cáliz de mi Sangre». Tal vez habría sido mejor decir: «que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo nuestro Señor, que Él dio a nosotros». Corresponde a lo que dice más adelante: «Lo dio a sus discípulos…».

Jesús declaró la absoluta necesidad de comer su Cuerpo y beber su Sangre, cuando lo ofrece diciendo: «Coman todos… beban todos». No lo presenta como algo que puede tomarse o dejarse. Comparandolo con el alimento material, que llama «perecible», nos manda: «Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre» (Jn 6,27), Y más adelante aclara: «El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna» (Jn 6,54). Este es el misterio que celebramos hoy. Jesús tuvo que entregar su vida para darnos este inmenso don de la comunión con Él. Que nada nos impida acceder a él.

                                                                                         + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                                Obispo de Santa María de los Ángeles

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