Cartas Pastorales

El Evangelio de hoy Domingo 2 agosto 2020

Tiempo Ordinario, Domingo 18A

Mt 14,13-21

Danos hoy nuestro pan de cada día

En el Evangelio de este Domingo XVIII del tiempo ordinario leemos el conocido milagro de «la multiplicación de los panes», con los cuales Jesús dio de comer en el desierto a una multitud de hombres y mujeres que lo seguían a Él. Este episodio es tan característico de la vida pública de Jesús, que ningún cristiano, por muy superficial que sea su conocimiento del Evangelio, lo ignora. El milagro se relata en los cuatro Evangelios y en dos de ellos –Marcos y Mateo– en dos instancias distintas (Mt 14,13-21; 15,32-38; Mc 6,35-44; 8,1-9; Lc 9,12-17; Jn 6,5-13). Podemos decir que este hecho está vinculado esencialmente a la Persona del Hijo de Dios hecho hombre.

El Evangelio de hoy comienza explicando que Jesús y sus discípulos se encontraron rodeados por una multitud –5.000 hombres, sin contar mujeres y niños– en un lugar desierto, por algo que Él oyó: «Habiendolo oído Jesús, partió de allí en una barca, aparte, a un lugar desierto (éremos)». ¿Qué es lo que Él oyó? Sus discípulos le trajeron la noticia de que Herodes se había enterado de su fama: «En aquel tiempo oyó el tetrarca Herodes la fama de Jesús y dijo a sus siervos: “Este es Juan Bautista; él ha resucitado de entre los muertos y, por eso, actúan en él fuerzas milagrosas”» (Mt 14,1-2). El lector recién se está enterando de que Juan murió. Por eso, el evangelista intercala aquí el relato del martirio de Juan, quien, estando en la cárcel, fue mandado decapitar por el mismo Herodes.

               La causa del martirio de Juan es que reprochaba a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano» (Mt 14,3-4). En Israel existía el divorcio; pero para que alguien se casara con una mujer de otro, tenía que haber sido repudiada por eso otro y haber recibido el acta de divorcio. Jesús fue mucho más allá que Juan, pues Él derogó el divorcio en todos los casos en que hay verdadero matrimonio (no se habla de divorcio, cuando lo que hay no es matrimonio, sino fornicación): «A ustedes se les ha dicho: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de divorcio”. Pero Yo les digo: “Todo el que repudia a su mujer –excepto el caso de fornicación–, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio”» (Mt 5,31-32). Por eso, cuando Jesús oyó que Herodes andaba indagando sobre Él decidió retirarse, porque aún no había llegado su hora.

«Habiéndolo oído las muchedumbres, lo siguieron a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran multitud, tuvo compasión de ellos y curó a sus enfermos». El evangelista repite, tanto referido a Jesús, como a la multitud, la expresión: «Habiéndolo oído». Fue el oído lo que determinó que Jesús se encontrara en el desierto rodeado por el pueblo, y todo lo que sigue. Esta situación tiene como objeto reproducir el tiempo fundante de la historia de Israel, cuando el pueblo caminaba en el desierto con Dios, que los guiaba de día por una nube y de noche por una columna de fuego.

De esta situación se siguen todos los bienes. En primer lugar, la compasión de Jesús que lo mueve a sanar a los enfermos. Esa misma compasión lo moverá a dar de comer a todos en el desierto hasta que queden plenamente saciados: «Tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos». Es claro que, por medio de este milagro, Jesús asume el lugar de Dios que, en todo el tiempo del camino del pueblo por el desierto, le dio el maná para comer. Mientras el pueblo estaba con Dios nada le faltaba, como ellos lo reconocían: «El Señor es mi pastor; nada me falta» (Sal 23,1). En otra ocasión Jesús afirma que ese pastor es Él mismo: «Yo soy el buen Pastor» (Jn 10,11.14).

La multiplicación de los panes nos refiere, entonces, a un episodio importante de la historia del pueblo de Dios. Pero también nos refiere al futuro del pueblo de Dios, un futuro que hoy es presente y que se prolongará hasta el fin del mundo. Por los gestos que Jesús hace, es claro que nos refiere al pan de vida eterna que Él iba a dar a sus discípulos con la orden: «Denles ustedes de comer». Los gestos: «Tomó los panes, pronunció la bendición, los partió y los dio a sus discípulos», son los mismos que hace Jesús, cuando el alimento que les dio fue su propio Cuerpo: «Tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen y coman; esto es mi Cuerpo» (Mt 26,26). Este es el alimento de vida eterna que sostiene hoy al pueblo de Dios en su peregrinación por la historia hasta el fin de los tiempos.

La orden de Jesús a sus discípulos en aquel lejano desierto de orillas del Mar de Galilea: «Denles ustedes de comer», fue tomada por ellos como una imposibilidad. Es que estaba destinada a cumplirse más adelante en el verdadero pan del cielo. Este es el pan que dan a los demás los que han recibido de Cristo ese poder por medio del Sacramento del Orden. Bien lo entendió el gran santo Francisco de Asís, que veía en eso la grandeza del sacerdocio: «En ellos (los sacerdotes) yo veo al Hijo de Dios y son mis señores. Y hago esto porque del altísimo Hijo de Dios no veo en este mundo corporalmente ninguna otra cosa más que su santísimo cuerpo y sangre, que sólo ellos consagran y sólo ellos dan a los demás» (Testamento).

Jesús nos mandó orar: «Danos hoy nuestro pan de cada día» (Mt 6,11). Esta petición encierra dos cosas: el pan de vida eterna mismo, que es «nuestro pan»; pero también los sacerdotes que puedan darlo al pueblo todos los días. Antes de ascender al cielo Jesús nos prometió: «Estoy con ustedes todos los días». Para que esta promesa se cumpla, ningún día puede faltar la Eucaristía al pueblo de Dios, «hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20), pues, como enseña el Catecismo, «la sagrada Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo» (N. 1324).

                                                                                       + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                                   Obispo de Santa María de los Ángeles

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