Cartas Pastorales

21 junio 2020 Tiempo Ordinario, Domingo 12A

Mt 10,26–33

Yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo

Desde el miércoles 26 de febrero, Miércoles de Ceniza, no se veía al sacerdote, en la celebración de la Eucaristía dominical, vestir el color verde, propio del tiempo litúrgico ordinario. Viste ese color este domingo en que celebramos el Domingo XII del tiempo ordinario. Retomamos la lectura continuada del Evangelio de Mateo, que es el propio del Ciclo A de lecturas, correspondiente a este año 2020 (múltiplo de 3, más uno).

El Evangelio de este domingo está tomado del segundo de los cinco discursos en que organiza Mateo su Evangelio, llamado «Discurso apostólico», porque comienza con estas palabras del evangelista: «Llamando Jesús a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda enfermedad y toda dolencia. Los nombres de los doce Apóstoles son éstos… (sigue la lista de los Doce). A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: “No tomen camino de gentiles…”» (Mt 10,1-2.5). El discurso está bien delimitado: «Cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades» (Mt 11,1). Comienza aquí una sección narrativa.

En las instrucciones que Jesús les da para esta primera misión, limitada «a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 10,6), los previene sobre momentos difíciles: «Miren que los envío como ovejas en medio de lobos… Guardense de los hombres, porque los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas… Serán odiados por todos a causa de mi Nombre… Cuando los persigan en una ciudad huyan a otra, y si también en ésta los persiguen, vayanse a otra… Si al dueño de la casa lo han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!» (Mt 10,16.17.22.23.25). El apóstol de Cristo tiene motivos para temer y puede llegar a desistir. Por eso, en la frase siguiente del discurso, con la cual comienza el Evangelio de hoy, Jesús responde a esa preocupación.

«No les teman». Esta recomendación, que es una importante instrucción para la misión, está dicha como el título de una sección del discurso sobre el tema del temor. Pero Jesús sigue con algo que parece no tener relación con el temor: «Nada hay encubierto que no haya de ser descubierto, ni oculto que no haya de saberse. Lo que Yo les digo en la oscuridad, diganlo ustedes a la luz; y lo que oyen al oído, proclamenlo desde los terrados». Parece referirse a la advertencia anterior: «Al dueño de casa lo han llamado Beelzebul». En efecto, debe haberle dolido a Jesús que lo llamaran con el nombre del príncipe de los demonios, a Él, que es el Hijo de Dios, que vino precisamente a pisotear la cabeza del demonio y liberar al ser humano de su poder. Dos veces se repite en el Evangelio de Mateo esa blasfemia de los fariseos: «Los fariseos decían: “Por el Príncipe de los demonios expulsa éste a los demonios” … Los fariseos, al oírlo, dijeron: “Este no expulsa los demonios más que por Beelzebul, Príncipe de los demonios”».  (Mt 9,34; 12,24). Es que estaba oculta a los ojos de los hombres su identidad. Pero, precisamente, los demonios la conocían: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres Tú: el Santo de Dios» (Mc 1,24). Y esa identidad iba a quedar al descubierto en su muerte, cuando el centurión y los guardias, que eran paganos, la reconocen: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Mc 27,54). Y hoy también nosotros nos gloriamos de reconocerlo a Él como nuestro Dios y Señor. En realidad, nada hay oculto que no haya de saberse.

«No les teman». Luego, indica a quiénes no deben temer: «No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Jesús distingue la vida del cuerpo de la vida del alma. Ambas pueden ser matadas. La vida del cuerpo puede ser matada por los poderes de este mundo, de cualquier tipo que sean, pero contrarios a Jesús y a su Evangelio. A estos poderes los apóstoles no deben temer, porque, llegado el momento, recibirán la asistencia del Espíritu Santo. Pero ningún poder de este mundo puede matar la vida del alma y es ésta la que importa conservar por sobre todas las cosas.

«No les teman». Pero hay alguien a quien Jesús manda temer: «Teman a Aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna». El temor de Dios es un don del Espíritu Santo y por más que muchos hoy tratan de mitigarlo y cambiarlo por otras expresiones como «respeto de Dios, honrar a Dios, ser fiel a Dios, etc.», no puede el ser humano cambiar la Palabra de Dios, y el temor de Dios permanece en aquellos a quienes se les concede experimentar la grandeza de Dios.

Jesús sigue precisamente indicando hasta qué punto la vida del ser humano está en las manos de Dios: «No cae un pajarillo en tierra sin el consentimiento del Padre de ustedes… No teman (se entiende a quienes pueden matar el cuerpo), ustedes valen más que muchos pajarillos». Y más aún: «En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están todos contados». Nunca se nos habría ocurrido a nosotros una expresión tan extrema para decir hasta qué punto vela Dios por nosotros. Lo ha dicho Jesús. Si nuestra fe en su Palabra fuera firme, nada tendríamos que temer de este mundo, pues tenemos a Dios como un Padre todopoderoso que vela por nosotros.

Esta debe ser la fe que nos oriente y nos dé confianza también en este momento en que el mundo está afligido por la amenaza del coronavirus, un virus que amenaza la vida del cuerpo. Entra en la categoría de cosas sobre las cuales Jesús nos exhorta: «No les teman». Debemos velar por nuestra vida corporal y cuidarla, porque es un don de Dios, pero siempre en la certeza de que más cuida de ella Dios –vela por cada cabello de nuestra cabeza– y en la convicción de que más vale la vida del alma, porque es eterna y, por tanto, más debemos cuidar de ella.

Por último, respecto de esa vida eterna, Jesús nos asegura que Él mismo nos defenderá ante su Padre en el cielo, si nosotros lo defendemos a Él ante los hombres en este mundo. También esta es una promesa: «A todo el que me reconozca delante de los hombres, también Yo lo reconoceré delante de mi Padre que está en el cielo». Pero adelanta una sentencia para ese momento del juicio: «Al que me niegue delante de los hombres, también Yo lo negaré delante de mi Padre que está en el cielo». Jesús nos revela lo único decisivo en nuestra vida terrena: Nuestra total adhesión a Él y su Evangelio.

                                                                                           + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                                  Obispo de Santa María de los Ángeles

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