El Evangelio de Hoy Domingo 26 enero 2020

Mt 4,12-23

Anuncien el Evangelio a toda la creación

El Evangelio de este Domingo III del tiempo ordinario tiene dos temas bien definidas. El primero es un resumen de la actividad de Jesús en Galilea y el segundo es el importante episodio del llamado a sus primeros cuatro discípulos, los dos pares de hermanos Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Para entender ambos temas necesitamos tener una información que en parte el evangelista nos da y en parte da por conocida.

El Evangelio de hoy se abre con esta afirmación: «Habiendo oído Jesús que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea». El evangelista Mateo ya nos ha informado de que Juan el Bautista ejerció su acción en el desierto de Judea y que reunió a muchos discípulos a quienes decía: «El que viene detrás de mí es más fuerte que yo… Él los bautizará en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11). Hemos visto que Jesús comenzó su ministerio público, recurriendo al Bautismo de Juan. Según el IV Evangelio, esto ocurrió «en Betania… donde estaba Juan bautizando» (Jn 1,28), es decir, en Judea. Cuando Jesús se presentó al Bautismo de Juan y éste vio al Espíritu Santo que descendía sobre Él en forma de una paloma, dio ante sus discípulos este testimonio: «El que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios» (Jn 1,33-34). ¿Quiénes son esos discípulos de Juan que oyeron ese testimonio de su maestro? Podemos afirmar que entre los que escucharon ese testimonio de Juan estaban los doce que Jesús eligió para constituirlos sus apóstoles (enviados). Lo dice Lucas cuando pone en boca de Pedro la condición que tenía que cumplir el que había de tomar el puesto de Judas: «Conviene que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo, junto con nosotros, de su resurrección» (Hech 1,21-22). Se encontraron solamente otros dos: José Barsabás y Matías. Los echaron a suertes, como modo de consultar al Espíritu Santo, y la suerte cayó sobre Matías que fue agregado al grupo de los apóstoles para completar el número de Doce. Hemos recordado este episodio porque nos permite saber que esos cuatro primeros discípulos, cuya vocación nos narra el Evangelio de hoy, estaban allí cuando Jesús se presentó al bautismo de Juan y escucharon el testimonio de Juan sobre Jesús.

«Juan fue entregado». El lector no sabe aún por qué fue entregado el Bautista. Lo dirá Mateo más adelante: «Herodes había prendido a Juan, lo había encadenado y puesto en la cárcel, por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía: “No te es lícito tenerla”» (Mt 14,3-4). La enseñanza de Jesús en este punto es más radical que la de Juan: «El que repudia a su mujer y se casa con otra… comete adulterio» (Mt 19,9). Jesús no podía en este momento correr el riesgo de ser arrestado por Herodes, porque aún no había anunciado su Palabra y aún no había formado a sus discípulos. Por eso, «habiendo oído que Juan había sido entregado, dejó la Judea y se retiró a Galilea», donde desarrollará su misión docente y donde formará el grupo de los Doce. Por este mismo motivo –la entrega de Juan–, los dos pares de hermanos, que eran discípulos de Juan, volvieron a su oficio anterior de pescadores en el mar de Galilea. Es lo mismo que estaban comenzando a hacer, después que Jesús fue crucificado: «Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: “Voy a pescar”. Le contestan ellos: “También nosotros vamos contigo”» (Jn 21,2-3).

Es necesario tener presente lo anterior para entender la respuesta de esos primeros cuatro a quienes Jesús llama a seguirlo. En el relato de Mateo, a causa de un proceso de transmisión oral, adquiere una forma muy esquemática. En efecto, ellos parecen estar viendo por primera vez a Jesús y respondiendo al llamado de un desconocido: «Caminando por la ribera del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: “Vengan conmigo, y los haré pescadores de hombres”. Y ellos, al instante, dejando las redes, lo siguieron… Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos, al instante, dejando la barca y a su padre, lo siguieron». No es una respuesta irresponsable. ¡Ellos bien saben a quién están siguiendo! Es aquel de quien su maestro Juan dio testimonio. Ellos saben que es aquel sobre quien bajó el Espíritu Santo y de quien la voz del cielo declaró: «Este es mi Hijo, el amado» (Mt 3,17), porque estaban allí. La buena formación que Juan les había dado se manifiesta en la generosa y pronta respuesta que esos cuatro pescadores dan a Jesús. Ellos serán esenciales en la historia del cristianismo, sobre todo, Pedro. Comprendemos la trascendencia de esa respuesta, imaginando lo que hubiera ocurrido, si ellos se hubieran negado a dejarlo todo y seguir a Jesús. ¡Todo el plan de salvación habría quedado comprometido! No menos trascendente es la respuesta de cada ser humano a su propia vocación.

Decíamos que el Evangelio de este domingo tenía una segunda parte, que es el resumen más conciso posible de la predicación de Jesús: «Recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo». Todo es claro en este resumen excepto la expresión «Evangelio del Reino». Ya antes Mateo ha dicho que Jesús comenzó a predicar diciendo: «Conviertanse, porque el Reino de los cielos ha llegado». La expresión «Reino de los cielos», usada constantemente por Jesús, es compleja. Pero todo se aclara si hacemos la hipótesis de que Jesús, con esta expresión, se refiere a su propia Persona, es decir, al misterio del Hijo de Dios hecho hombre y presente en el mundo. Éste es el que ha llegado. Y el «Evangelio del Reino», es el anuncio de ese misterio. Para saber lo que significa exactamente el término «Evangelio» tenemos que consultar a San Pablo, pues a él debemos que con ese nombre se designe la predicación cristiana. El apóstol no lo define, en primer lugar, como «una noticia», por buena que sea, sino como una «fuerza de Dios»: «No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para salvación de todo el que cree» (Rom 1,16). Por eso, no debemos traducirlo por «buena noticia» y tanto menos por «buena nueva», que no dice nada, así como no dice nada «nueva buena». El término «Evangelio» es parte de nuestra lengua española y no requiere traducción. Pero, si hemos de traducirlo, debemos hacerlo por «Fuerza de Dios». Esto es lo que Jesús proclamaba y es lo que debemos proclamar también nosotros según su mandato: «Vayan a todo el mundo y proclamen el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15).

Este Domingo III del tiempo ordinario celebra la Iglesia en todo el orbe, por primera vez, el Domingo de la Palabra de Dios, que fue decretado por el Papa Francisco con la Carta Apostólica «Aperuit illis» de fecha 30 de septiembre de 2019. La Sagrada Escritura, es decir, el texto escrito en nuestras diversas lenguas es verdaderamente Palabra de Dios, cuando es acogido en la fe de la Iglesia. Entonces opera como «Fuerza de Dios para salvación de todo el que cree».

                                                                                                        + Felipe Bacarreza Rodríguez

                                                                                              Obispo de Santa María de los Ángeles

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