El Evangelio de Hoy Domingo 12 enero 2020

Mt 3,13-17

Él los bautizará a ustedes en Espíritu Santo

El domingo siguiente a la Solemnidad de la Epifanía del Señor celebra la Iglesia la Fiesta del Bautismo de Jesús en el Jordán por parte de Juan. El evangelista Mateo dejó a la Sagrada Familia instalada en Nazaret, después de que Dios «de Egipto llamó a su Hijo» (cf. Mt 2,15), donde se había exiliado huyendo de Herodes. Han pasado muchos años sin que Mateo nos dé alguna noticia sobre ese Niño, hasta este hecho biográfico de su Bautismo, ya a edad adulta, que es el comienzo de su vida pública. El evangelista presenta sucesivamente con las mismas palabras ambos protagonistas, Juan y Jesús.

«En aquellos días se presentó Juan el Bautista, predicando en el desierto de Judea y diciendo: “Conviertanse, porque el Reino de los cielos está cerca”» (Mt 3,1-2). Mateo da por conocido a Juan; pero aclara que él es quien da cumplimiento a una antigua profecía: «Este es de quien habló el profeta Isaías, diciendo: “Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos”» (Mt 3,3; cf. Is 40,3-4). El mismo evangelista ha dado a Juan el título de «Bautista» por el rito particular que lo distinguía, consistente en un baño en el Jordán: «Yo los bautizo a ustedes en agua para conversión; pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, de quien no soy digno de llevar las sandalias; Él los bautizará a ustedes en Espíritu Santo y fuego» (Mt 3,11).

Aquí comienza el Evangelio de hoy: «Entonces se presentó Jesús, viniendo de Galilea, al Jordán para ser bautizado por Juan». Es claro que el más débil no corresponde que bautice al más fuerte; más aun, el que bautiza sólo en agua no corresponde que bautice al que bautiza en Espíritu Santo. Juan hace notar este inconveniente, asegurando que también él, que es bautista, necesita ser bautizado con ese bautismo que administra Jesús: «Juan se lo impedía, diciendo: “Yo tengo necesidad de ser bautizado por ti; ¿y vienes Tú a mí?”». La respuesta de Jesús convence a Juan: «Deja ahora, pues conviene que así nosotros cumplamos toda justicia». Pero es oscura para nosotros.

¿En qué consiste la justica de la cual habla Jesús? Jesús se refiere a la justicia de Dios que Él debe cumplir y en este cumplimiento asocia consigo también a Juan: «Conviene que nosotros cumplamos». La «Justicia de Dios», revelada en la Escritura, es la actividad divina que lo lleva a salvar al ser humano. Esa justicia corresponde con la vocación propia de Jesús expresada precisamente en su nombre: «Le pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Esa Justicia de Dios la había revelado Él a Oseas diciéndole: «No daré curso al ardor de mi cólera… porque soy Dios, no hombre; en medio de ti yo soy el Santo, y no vendré con ira» (Oseas 11,9). Quien explica con más claridad ese rasgo divino es San Pablo: «Ahora… la justicia de Dios se ha manifestado… justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen… y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia… para ser Él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rom 3,21.22.24.25.26). Jesús asumió la condición humana hasta el punto de ponerse en la fila con los pecadores y recibir el bautismo de conversión de Juan; pero, sobre todo, asumiendo la muerte, que alcanza a todo hombre, «por cuanto todos pecaron» (Rom 5,12; 3,23). Lo hizo para poner en acción la Justicia de Dios.

Bautizado Jesús, cuando salió del agua, «se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios bajando como una paloma viniendo sobre Él». Gracias a este texto es que la paloma se ha adoptado como el signo principal del Espíritu Santo. Es un signo ofrecido por Dios mismo y, por tanto, es el más adecuado. El Espíritu que es llamado «fuerza del Altísimo» (Lc 1,35; Hech 1,8), se representa por una paloma, expresión de la paz, porque la fuerza del Espíritu consiste en el cambio interior de las personas, que Él obra derramando en el corazón de ellas el amor. Nada es más pacífico ni más fuerte que el amor. Se estaba cumpliendo allí en la Persona de Jesús un antiguo anhelo expresado por el profeta Isaías: «Ah, si rasgases los cielos y descendieses…» (Is 63,19). Jesús es la presencia de todo el cielo en la tierra.

«Una voz de los cielos decía: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco”». En el bautismo de Jesús se manifestó toda la Trinidad: el Padre que manifiesta a Jesús como el Hijo y el Espíritu Santo que desciende sobre Él, como el vínculo de amor entre ambos. Esa voz del cielo nos advierte que no nos confundamos por la humildad y mansedumbre de Jesús. En Él se cumplen las profecías del Siervo del Señor que son introducidas con estas palabras de Dios: «He aquí mi Siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi Espíritu sobre Él» (Is 42,1). Pero en el Bautismo de Jesús, el Padre no resiste y aclara que ese Siervo, que tomará sobre sí los pecados del mundo y que es manso y humilde de corazón hasta ser llevado a la crucifixión, ¡es su Hijo muy amado! El amor de Dios por nosotros lo llevó hasta entregar a su Hijo.

«Él los bautizará en Espíritu Santo». Este es el Bautismo que recibimos ahora los cristianos. Después de haber confesado la fe en la Trinidad por medio del Credo, se administra invocando a la misma Trinidad: «N. yo te bautizo en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Quienquiera que bautice en esa forma, es siempre Jesús mismo quien bautiza. En ese momento, viene sobre el que es bautizado el mismo Espíritu Santo que vino sobre Jesús y la misma voz del Padre declara: «Este es mi hijo». Por la infusión del Espíritu Santo se nos remite el pecado original y todo otro pecado personal y somos hechos hijos de Dios. Esta gracia la debemos a que Jesús «cumplió toda justicia».

                                                                                                    + Felipe Bacarreza Rodríguez                                                                                               Obispo de Santa María de los Ángeles

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