El Evangelio de Hoy Domingo, 29 septiembre 2019

Lc 16,19-31

A nosotros Dios nos ha hablado por medio del Hijo

El Evangelio de este Domingo XXVI del tiempo ordinario nos transmite otra parábola de Jesús, que se encuentra solamente en el Evangelio de Lucas, la parábola del rico y de Lázaro el pobre: «Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico…».

Jesús es genial y único en sus parábolas, incluso a nivel literario. Con rápidas pinceladas pone ante nuestros ojos una imagen de gran colorido y vida en que resalta el contraste total entre el rico y el pobre. Salta a la vista una diferencia: al pobre Jesús da un nombre; el rico no tiene nombre. Para recomendar al pobre, Jesús le da el nombre de un amigo muy querido para Él, Lázaro. Es el nombre del hermano de Marta y María, a quien ellas se refieren cuando mandan decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú amas, está enfermo» (Jn 11,3). El mismo Juan observa: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5). De aquí, algunos han deducido que Lázaro sería el «discípulo amado». Jesús lo llama «amigo»: «Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarlo» (Jn 11,11). Jesús da al pobre el nombre de su amigo para insinuar que Él ama a los pobres. Al rico no le da un nombre, porque a nadie desea la suerte de él.

«Murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno». Por muy grande que sea el contraste entre ambos en este mundo, la muerte es común a ambos: «Murió el pobre… murió también el rico». Mucho mayor es el contraste entre ambos después de la muerte, ¡pero invertido! «El pobre fue llevado por los ángeles al seno de Abraham», que es la expresión de la felicidad; el rico «fue sepultado y, estando en el Hades entre tormentos», anhela una gota de agua para su sed, porque –dice– «estoy atormentado en esta llama». Pero ni siquiera esto es posible. Abraham le explica por qué: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado». Hay otra inmensa diferencia: la suerte en este mundo tiene una duración breve –«los años de nuestra vida son unos setenta, u ochenta, si hay vigor» (Sal 90,10)–, duró sólo un día en el caso de eso otro rico a quien Dios dice: «Necio, esta misma noche te pedirán el alma» (Lc 12,20); en cambio, la suerte después de la muerte es irreversible y eterna: «Entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros».

Esta misma enseñanza la expone Jesús de manera general en la primera de las bienaventuranzas y en la primera de las maldiciones que nos transmite Lucas: «Bienaventurados ustedes, los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios… ¡Ay de ustedes, los ricos!, porque ya han recibido su consuelo» (Lc 6,20.24). No bastaba a Jesús exponerlo así y quería hacerlo también en su modo más característico de enseñar, es decir, por medio de una parábola.

Si Jesús expuso esa parábola no lo hizo para condenar a los ricos, sino para llamarlos a conversión. Ya ha dicho Él cómo deben usarse las riquezas de este mundo: «Haganse amigos con el Dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, los reciban en las eternas moradas» (Lc 16,9). Nada costaba al rico de la parábola granjeare la amistad de Lázaro; bastaba haberlo invitado a su mesa a comer lo mismo que comía él, y no dejar que deseara sólo las migajas que caían de su mesa. También había dicho Jesús: «Cuando des un banquete (cosa que hacía el rico todos los días), llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás bienaventurado, porque no te pueden corresponder; se te recompensará en la resurrección de los justos» (Lc 14,13-14).

Con el fin de llamar a la conversión, agrega Jesús una segunda parte a la parábola. Ahora que sabe el rico lo que espera a quien goza de sus riquezas en este mundo de manera egoísta, quiere que Abraham mande a Lázaro a prevenir a sus hermanos: «Te ruego, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio y no vengan también ellos a este lugar de tormento». Es muy justa la preocupación. ¡Pero inútil! El diálogo siguiente entre Abraham y el rico nos hace ver cuán duro considera Jesús el corazón de quien está en este mundo rodeado de placeres. Abraham da un argumento mucho más convincente que el testimonio que podría dar Lázaro a esos hermanos: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen». Sí, la palabra de Moisés y de los profetas ya la tenía el pueblo de Israel y la leían todos los sábados en la sinagoga. Pero, según el mismo hermano de ellos, no bastaba, porque nunca la habían escuchado. Insiste en algo mucho más impactante: «No, padre Abraham, sino que, si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán». Abraham no tiene esperanza de que eso ocurra, si no escuchan la Palabra de Dios dirigida a su pueblo, por medio de Moisés y los profetas: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite un muerto, no se convencerán». Tan cierta es esa sentencia que Jesús pone en boca de Abraham, que tuvo una confirmación en la vida real. En efecto, Jesús resucitó a un muerto, que casualmente –o deliberadamente– se llamaba Lázaro, y los sumos sacerdotes que lo verificaron no se convirtieron: «Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn 12,10-11). Querían devolver a Lázaro al sepulcro de donde Jesús lo había resucitado.

Según la epístola a los Hebreos, «muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos, a nosotros nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Ellos tenían la norma: «Que escuchen a Moisés y los profetas». Pero a nosotros, no ya Abraham, sino Dios mismo nos da esta norma, cuando habló desde la nube en el monte de la Transfiguración: «Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchenlo» (Lc 9,35). Si nosotros no escuchamos a Jesucristo, no tenemos remedio, somos irrecuperables.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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