El Evangelio de Hoy Domingo 1 septiembre 2019

Lc 14,1.7-14

El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios

Sabemos que Jesús resumió toda la Ley y los Profetas, es decir, todo lo que Dios nos ha revelado, en dos mandamientos, que Él declara semejantes: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,37.39). En el fondo, todo se reduce a un único mandamiento: «Amarás». Pero este mandamiento no puede cumplirlo el ser humano por su propio esfuerzo, pues el efecto de ese cumplimiento supera todo lo que el ser humano puede siquiera imaginar, tanto menos alcanzar: «El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1Jn 4,7). Nadie puede pretender haber nacido de Dios y ser, por tanto, hijo de Dios; y nadie puede pretender conocer a Dios con ese conocimiento vivencial con que se conoce a las personas, si Dios no se lo concede. Dios nos concede la filiación divina y el conocimiento vivo de sí mismo infundiendo en nuestros corazones el amor, «porque –concluye el apóstol Juan– Dios es amor» (1Jn 4,8.16). No hay otra manera de conocer a Dios que el amor. El que no ama no tiene idea de Dios. Pero el amor –lo hemos dicho– es un don de Dios. Todo parte de allí y todo lleva allá. El amor no necesita dar explicaciones; él es la explicación última. «Amo, porque amo; amo para amar», decía San Bernardo.

¿Qué relación tiene todo esto con el Evangelio de este Domingo XXII del tiempo ordinario? Habiendo sido invitado a un banquete, Jesús observa una escena habitual: «Notó que los invitados ocupaban los primeros puestos». Entonces da una recomendación, que parece de mera prudencia humana: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido invitado otro más importante que tú y, viniendo el que los invitó a ti y a él, te diga: “Deja el sitio a éste”, y entonces tengas que ir avergonzado a ocupar el último puesto». Las normas que nosotros llamamos «de buena educación», como sería ésta, tienen también su fundamento en el amor. En efecto, quien va a ponerse en el primer lugar pretende para sí el honor y todos los beneficios de ese lugar, dejando, por consiguiente, para los demás menos honor y menos beneficios. Quien va a ponerse, en cambio, en el último lugar, lo hace no sólo por la modestia y prudencia que exige la buena educación, sino también para dejar que otros gocen del honor y los beneficios de los primeros lugares; lo hace movido por el amor, pues el amor consiste en «procurar el bien del otro». De esta manera, Jesús nos enseña que los buenos modales y la buena educación son una expresión del amor. Sabemos que la santidad es la perfección del amor; no encontraremos ningún santo que sea «mal educado». En cambio, la conducta prepotente, arribista y avasalladora es expresión del egoísmo. Entendemos, entonces, por qué Jesús se ocupa de este asunto.

Más lo entendemos, si leemos lo que Jesús sigue recomendando: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; no sea que ellos te inviten a su vez, y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no pueden corresponderte, pues se te recompensará en la resurrección de los justos». Esta recomendación de Jesús es muy poco acogida en las relaciones humanas. En las relaciones humanas lo que rige es el intercambio comercial o de cualquier otro tipo. Los seres humanos se mueven por interés, por la esperanza de la ganancia, del lucro. Esto no significa que sean intercambios deshonestos; significa que son simplemente «humanos», es decir, lo que puede hacer la naturaleza humana con sus propias fuerzas. Lo que Jesús recomienda, a saber, hacer el bien sin esperar nada en cambio –«no te pueden corresponder»– es sobrenatural; no lo puede hacer la naturaleza humana con sus propios medios. Hacer el bien a otro porque sí, es amor, porque el amor es el fin último. El amor no necesita justificarse; el amor justifica todo.

El amor verdadero es tan poco común en las relaciones humanas que cuando lo vemos en acción, nos parece imposible y sospechamos siempre algún interés oculto que mueva esa acción. Y ¡tenemos razón!, porque hacer el bien a otro sin esperar nada en cambio no puede hacerlo la naturaleza humana, si Dios no la eleva a su nivel, a un nivel sobrenatural. Sería como pretender que un caballo resuelva un problema de matemáticas. ¡No puede, porque es superior a su naturaleza! Refiriendose a esto, es decir, a que alguien venda sus bienes y los dé a los pobres, dice Jesús: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible» (Mt 19,26).

Jesús llama: «Dichoso, bienaventurado» a quien invita a su banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos, con el único fin de hacerles el bien. Es dichoso ahora, porque no hay felicidad mayor que el amor. El amor es su propia recompensa: «El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios». Ya en esta vida tiene su gozo colmado; pero ese gozo será eterno en el cielo: «Será recompensado en la resurrección de los justos».

Todo lo que el ser humano hace, si no está movido por el amo, queda en esta tierra, que es un punto en el espacio y que pasa: «El mundo y sus concupiscencias pasan» (1Jn 2,17). Sólo el amor es eterno. Por eso San Pablo afirma: «Si no tengo amor, nada soy… El amor no pasa nunca» (1Cor 13,2.8).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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