El Evangelio de Hoy Domingo 25 agosto 2019

Lc 13,22-30

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

Sabemos que, cuando emprendió su viaje a Jerusalén, «designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y lugares a donde Él había de ir» (Lc 10,1). Ellos tenían la misión de anunciar su venida, diciendo: «El Reino de Dios está cerca de ustedes» (Lc 10,9), y de reunir a la gente en las sinagogas y plazas para escuchar su enseñanza. El Evangelio de este Domingo XXI del tiempo ordinario comienza resumiendo esa actividad de Jesús: «Atravesaba ciudades y pueblos enseñando y haciendo viaje hacia Jerusalén» y luego nos presenta un episodio particular ocurrido en uno de esos lugares por los que pasó.

«Alguien le dijo: “Señor, ¿son pocos los que son salvados?”». Hay en esta pregunta varios presupuestos que conviene destacar. En primer lugar, supone correctamente que todos los seres humanos están en situación de perdición. A esto se agrega la segunda convicción de que nadie puede salvarse a sí mismo y que todo ser humano necesita ser salvado por otro, como se deduce el uso del verbo «salvar» en voz pasiva: «Son salvados». Por último, el que formula esa pregunta supone que Jesús conoce la respuesta y que nadie fuera de Él la conoce. De esta manera, va implícita en esa pregunta la convicción de que Jesús es, Él mismo, el Salvador. Esta convicción se deduce también del vocativo «Señor (Kyrie)», que se usaba para dirigirse a Dios, cuyo nombre, YHWH, los judíos no pronuncian. Por su parte, Jesús acoge la pregunta, con todos sus presupuestos, con absoluta naturalidad. Jesús se dirigió a Jerusalén atravesando Samaría y nosotros conocemos la confesión de los samaritanos, después de que Jesús se detuvo en ese lugar dos días: «Nosotros mismos hemos oído y sabemos que Éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4,42).

¿En qué consiste ser salvados? Para responder lo haremos evocando algunas situaciones de perdición en las que Jesús intervino como Salvador. Cuando, en cierta ocasión, los discípulos se encontraban con Jesús en la barca en medio del lago y se desató una gran tormenta de manera que la barca se hundía debajo de las olas, ellos despiertan a Jesús que dormía, gritando: «Señor, salva, que perecemos» (Mt 8,25). En otra ocasión, Pedro, caminando sobre el agua, dudó de la palabra de Jesús y, comenzando a hundirse, se sintió perdido y gritó: «¡Señor, sálvame!» (Mt 14,30). La mujer, que desde hacía doce años padecía flujo de sangre, se acercó a Jesús pensando: «Con sólo tocar su manto, seré salvada»; lo hizo y Jesús la recompensó diciéndole: «¡Ánimo, hija, tu fe te ha salvado!» (Mt 9,21.22). Estas son situaciones en que Jesús responde al grito de salvación. Pero, ciertamente, el estado de perdición absoluto se refiere a la vida eterna, de la cual todo ser humano, a causa del pecado, nace privado, excepto la Santísima Madre de Dios, por privilegio singular. Esto explica el nombre mismo de Jesús: «Tú le pondrás por nombre Jesús (Jehoshua = Yahweh salva), porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).

Jesús no responde a la pregunta sobre cuántos –pocos o muchos– son salvados. En realidad, después de la respuesta que da Jesús, la pregunta sobre cuántos casi podemos responderla nosotros mismos, mirando a nuestro alrededor. Jesús responde: «Luchen por entrar por la puerta estrecha, porque muchos –les digo– tratarán de entrar y no podrán». La recomendación de Jesús es una sola: «Luchen». Este verbo pertenece al ámbito del pugilato y lo usa Lucas solamente aquí. Suena en griego así: «agonízesthe». Pero el mismo evangelista usa el sustantivo derivado, «agonía» (lucha) en un momento extremo de la vida de Jesús, en el Huerto de los Olivos, cuando su naturaleza humana se resistía a la prospectiva de la pasión y muerte: «Sumido en agonía, Jesús insistía más en su oración». Venció en esa lucha diciendo: «Padre… no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42.44). Ahora sabemos a qué se refiere Jesús cuando recomienda: «Luchen». De ese resultado de su lucha toma Mateo la tercera petición del Padre Nuestro: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6,10; cf. 26,42). Cuando oramos con esas palabras, debemos poner más atención a lo que estamos pidiendo y colaborar con nuestra lucha para que el Padre lo conceda.

Jesús afirma que muchos quedarán fuera, cuando el Dueño de casa cierre la puerta. Y, cuando golpeen, recibirán esta respuesta, repetida dos veces en el Evangelio de hoy: «No los conozco a ustedes, de dónde son». Así vemos que para la salvación no interesan ni las relaciones de parentesco con el Salvador, ni las relaciones de nacionalidad. Respecto de las relaciones de parentesco, Jesús ha establecido otras nuevas, que Él expresa así: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» (Lc 8,21). Este es el único parentesco que vale para la salvación. Y respecto de la nacionalidad, a quienes aseguran que Jesús ha predicado en sus mismas plazas –su auditorio en ese momento– y que por eso tienen derecho a ser admitidos, el Dueño de casa repetirá: «No los conozco, de dónde son». Es como decir: No reconozco ninguna ventaja por motivo de la nacionalidad. Y a eso agrega que la salvación se extiende a todos los pueblos: «Vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios». Es el mismo Reino en el cual Jesús afirma que ya están los patriarcas y los profetas: «Verán a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios». Respecto del lugar en que esas palabras fueron pronunciadas, nosotros, en nuestra patria, estamos en el extremo sur y occidente. Son palabras consoladoras.

Al considerar el Evangelio de este domingo, debemos examinarnos cada uno seriamente sobre la lucha que estamos emprendiendo contra las propias pasiones e inclinaciones desordenadas que nos arrastran a pecar y sobre el esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios, porque esa es la condición para ser admitido en el Reino de los cielos: «No todo el que me diga: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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