El Evangelio de Hoy Domingo 11 agosto 2019

Lc 12,32-48
El Padre se ha complacido en dar a ustedes el Reino
En la vida del ser humano hay una sola cosa que es esencial y necesaria. Lo advirtió Jesús a Marta, cuando ella se afanaba por muchas cosas: «Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada» (Lc 10,41-42). Esa cosa necesaria, que Jesús llama «la parte buena», era lo que hacía María. Ella estaba sentada a los pies de Jesús escuchando su Palabra. Si una sola cosa es esencial y necesaria, todo lo demás, en relación con esa única cosa, es –en expresión de Jesús– «añadidura» y no merece que perdamos la paz por ellas. Así lo declara Jesús en la frase inmediatamente anterior al Evangelio de este Domingo XIX del tiempo ordinario. Después de exhortar a sus discípulos a no andar preocupados por la comida y el vestido, agrega: «Busquen más bien su Reino (el del Padre de ustedes) y esas cosas les serán dadas en añadidura» (Lc 12,31). Jesús, como único objeto de nuestra atención, y el Reino de nuestro Padre, como única cosa de nuestra búsqueda, no son dos cosas distintas; son dos modos de expresar la misma y única cosa necesaria.
«No temas, pequeño rebaño, porque ha complacido al Padre de ustedes, dar a ustedes el Reino». Jesús llama a sus discípulos de un modo muy afectuoso: «pequeño rebaño». Pero, aunque sea pequeño en número y en importancia, según los parámetros de este mundo, nada debe temer, porque ha recibido un don de su Padre celestial, que basta para concederle plena paz y alegría. El Padre no puede darle menos que lo único necesario: el Reino. Ya hemos dicho que el Reino es Jesús mismo. Por eso, esto mismo lo expresa Jesús en modo equivalente: «Tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único… para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,16.17). Esto es lo que Jesús dijo a sus discípulos que pidieran, cuando les enseñó a orar: «Venga tu Reino» (Lc 11,2). Estamos pidiendo que esté Jesús en medio de nosotros como lo único necesario. Si así lo acogiéramos en nuestra vida y en nuestra sociedad, todo lo demás, todas esas cosas por las cuales nos afanamos tanto, se nos darían «por añadidura», como lo afirma también San Pablo: «El que no dispensó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos regalará con Él también todas las cosas?» (Rom 8,32).
Jesús afirma que nuestro Padre «se ha complacido» en darnos el Reino. Nosotros sabemos que hay uno solo en quien el Padre encuentra toda su complacencia: el Hijo. Lo dice el mismo Dios con ocasión del Bautismo de Jesús y de su Transfiguración: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco» (cf. Mt 3,17; 12,18; 17,5). El Padre se complace también en dar a su pequeño rebaño el don de su Hijo, porque, de esa manera, nos adopta a nosotros como hijos y, entonces, si reproducimos la imagen de su Hijo, se complace también en nosotros: «A los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29).
En esta perspectiva, cobra sentido lo que Jesús agrega, refiriéndose a los bienes de este mundo, que para un hijo de Dios son añadidura: «Vendan sus bienes y den limosna. Háganse bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en el cielo, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté el tesoro de ustedes, allí estará también el corazón de ustedes». Nuestro tesoro debe estar en el cielo, para que atraiga hacia allá a nuestro corazón. Ese tesoro no debe ser resguardado contra el peligro de los ladrones o la destrucción de los agentes naturales. Es un tesoro inagotable que no perturba nuestro corazón, sino que le concede alegría. Jesús recomienda la limosna, porque es un modo de hacer el bien y de acrecentar ese tesoro del cielo.
Luego Jesús hace un llamado apremiante a la vigilancia. Lo hace por medio de tres breves parábolas. En la primera exhorta a ser como los siervos que esperan a su señor atentos a abrirle en cuanto llegue. Jesús hace de esa actitud una bienaventuranza: «Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos». Y agrega algo sorprendente: «En verdad les digo que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, los servirá». ¡El mismo Señor servirá a sus siervos! En realidad, el Señor se alegra tanto con sus fieles siervos, que los sirve ya en esta tierra, dándoles como alimento su propio Cuerpo y Sangre en el misterio admirable de la Eucaristía. Pero, cuando Él venga en la gloria y los encuentre despiertos, será sin velos.
En la segunda parábola Jesús usa una comparación audaz; compara la venida del Señor con la del ladrón nocturno. Lo único en que se comparan es en lo imprevisto. El ladrón viene cuando nadie lo espera. Por eso el dueño de casa debe estar siempre vigilando: «También ustedes estén preparados, porque en el momento que no piensan, vendrá el Hijo del hombre». En este tiempo nuestro pocos piensan en la venida gloriosa de Cristo. Está dada, por tanto, la condición para que venga: «En el momento que no piensan». Es un llamado a repetir este anhelo: «Ven, Señor Jesús». Esta es la primera jaculatoria cristiana: «Maran attá» (1Cor 16,22).
Por último, Jesús compara a sus discípulos, con especial referencia a Pedro, con el administrador que su señor pone al frente de su casa a quien, al volver, pedirá cuentas. Y concluye con esta sentencia, que cada uno puede aplicar a sí mismo: «A quien mucho se le dio, se le reclamará mucho; y a quien mucho se confió, se le pedirá más».
Toda nuestra preocupación en esta tierra tiene que ser procurar el bien de los demás, de manera que, cuando venga el Señor, escuchemos de Él esta invitación: «Vengan, benditos de mi Padre; reciban en herencia el Reino, preparado para ustedes desde la creación del mundo» (Mt 25,34).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles

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