El Evangelio de Hoy Domingo 14 julio 2019

Lc 10,25-37

Yo les doy vida eterna

«Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Esta pregunta, que introduce el Evangelio de este Domingo XV del tiempo ordinario, es tan importante que Lucas nos relata dos ocasiones en que la hacen a Jesús. Es una pregunta que todos le habríamos hecho, después de escuchar su enseñanza, porque Él enseñaba como quien sabe y, por eso, era reconocido como «Maestro». Si faltara esta pregunta en el Evangelio, habría quedado un vacío, pues la «vida eterna», entendida como la vida de plena felicidad y sin fin, es lo que todo ser humano anhela.

La primera vez que se hace a Jesús la pregunta sobre cómo heredar la vida eterna es la que nos presenta al Evangelio de hoy. Lo hace uno que conoce bien la Ley, como va a quedar en evidencia: «Se levantó un legista, y dijo a Jesús para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”». Pregunta para ponerlo a prueba, como un profesor que sabe la respuesta y quiere examinar a un alumno; quiere probar si Jesús es verdaderamente el maestro, que todos reconocen. Jesús no cede su autoridad y pregunta Él: «En la Ley ¿qué está escrito? ¿Cómo lees?». Como buen conocedor de la Ley, el legista da la respuesta correcta, la misma que habría dado Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo». Agrega algo que no estaba en la Ley: «Con toda tu mente» (cf. Deut 6,5), afirmando que es necesario amar a Dios también con toda nuestra inteligencia, es decir, esforzándonos por conocer lo que Él nos ha revelado. La ignorancia religiosa es falta de amor a Dios. La respuesta del legista, incluso lo que él agrega, queda plenamente aprobado por Jesús, que le dice: «Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás», se entiende, «heredarás la vida eterna».

El legista ha verificado que Jesús es verdaderamente un maestro que enseña como quien tiene autoridad. Quiere justificarse de haberlo tratado como un «alumno a examinar» y lo hace presentándole ahora una pregunta con sincero deseo de aprender, como quien consulta a un verdadero maestro: «¿Quién es mi prójimo?». La pregunta puede parecernos banal; pero hay que considerar que, allí donde la Ley manda amar al prójimo como a sí mismo, usa ese concepto en paralelismo con «los hijos de tu pueblo»: «No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor» (Lev 19,18). Se entendía que «prójimo» era quien pertenecía al mismo pueblo. Jesús mismo cita ese mandamiento en el Sermón de la montaña con ese sentido: «Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”» (Mt 5,43). Un samaritano no entraba en el concepto de «prójimo» para un judío. Hemos visto que el mismo Jesús fue rechazado en un pueblo de samaritanos por ser un judío que se dirigía a Jerusalén (Lc 9,62-53). Y, cuando a Él los judíos quieren decirle lo peor, le dicen: « ¿No decimos, con razón, que eres samaritano y que tienes un demonio?» (Jn 8,48).

Según su modo característico de enseñar, Jesús responde a la pregunta del legista obligándolo a él mismo a tomar una decisión. Lo hace por medio de la conocida parábola del «buen samaritano»: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarlo y golpearlo, se fueron dejándolo medio muerto». En esa región –entre Jerusalén y Jericó– se entiende que el viajero era judío. Pasaron por ese camino, sucesivamente, un sacerdote judío y un levita. Ambos dieron un rodeo y siguieron de largo. Ambos son adictos al culto y no se acercan al que parecía un cadáver para no incurrir en impureza y mantenerse aptos para el culto. Consideran que los holocaustos y sacrificios valen más que el amor al prójimo (cf. Mc 12,33-34). Pero un samaritano ve al herido, siente compasión de él y lo socorre con admirable dedicación. Jesús pregunta al legista: « ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?». ¿Quién de los tres lo amó como a sí mismo, lo socorrió como habría querido ser socorrido encontrándose en igual desgracia? El legista se ve obligado a declarar que prójimo del judío caído en desgracia fue un samaritano. Pero declarar eso le resulta difícil y responde: «El que tuvo misericordia de él».

Por medio de esta parábola, Jesús enseña lo mismo que enseñó en el Sermón de la montaña: «Yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen» (Mt 5,44). El mandamiento del amor al prójimo se extiende a todo ser humano, también a los miembros de otros pueblos, incluso a los enemigos.

Recién ahora está respondida la pregunta original del legista: para heredar la vida eterna tiene que amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente y amar al prójimo –todo ser humano– como el samaritano de la parábola amó al judío que cayó en manos de los salteadores: «Anda y haz tú lo mismo».

La misma respuesta da Jesús, cuando uno de los principales le hace la misma pregunta que el legista: «¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 18,18-23). Jesús le responde: «Tú conoces los mandamientos: No cometas adulterio, no mates, no robes, no levantes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre». El cumplimiento de los mandamientos es la condición necesaria. El hombre asegura que él ya cumple esa condición; pero siente que no es suficiente: «Todas esas cosas las he guardado desde la juventud». Oyendo esto, Jesús le revela que le falta algo; le falta cumplir el mandamiento que los resume todos: «Te falta todavía una cosa: todo cuanto tienes véndelo y distribúyelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Y ven y sígueme». El hombre no pudo cumplir ese mandamiento, el de amar al prójimo como a sí mismo, es decir, que los pobres gocen de los mismos bienes de los que él goza. En realidad, este mandamiento no puede cumplirlo el ser humano con sus propias fuerzas; debe recibirlo como una gracia. Por eso, la condición última para heredar la vida eterna la expresa Jesús así: «Ven y sígueme». Lo enseña también explícitamente: «Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna» (Jn 10,27-28). No hay otro modo de gozar de esa participación de la vida divina que nos hace plenamente felices por toda la eternidad.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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