El Evangelio de Hoy Domingo 9 junio 2019

Jn 20,19-23

Envía, Señor, tu Espíritu y renovarás la faz de la tierra

La Iglesia celebra hoy la gran fiesta cristiana de Pentecostés, como el día en que vino sobre ella el don del Espíritu Santo y comenzó la predicación del Evangelio, partiendo desde Jerusalén y extendiendose al mundo entero. El nombre de esta Solemnidad –«Pentecostés»– es una palabra griega que significa «día quincuagésimo». En el tiempo de Jesús, cincuenta días después de la Pascua, en el día que elloa llamaban «Pentecostés», celebraban los judíos la entrega de la Ley a Moisés por parte de Dios y el nacimiento del Pueblo de Dios. El evangelista San Lucas, que, según su declaración, «investigó todo diligentemente desde los origenes» (Lc 1,3), nos informa que la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles ocurrió ese día: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hech 2,1-4).

La Iglesia heredó del judaísmo el nombre de esta Solemnidad, porque la venida del Espíritu Santo ocurrió cincuenta días después del sábado en que lo judíos celebraban la Pascua. Ese sábado fue el día en que el cuerpo de Jesús reposó en el sepulcro: «Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado –porque aquel sábado era muy solemne– rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran» (Jn 19,31). Jesús resucitó del sepulcro el primer día de la semana, el domingo. Por eso, la Iglesia celebra Pentecostés siete semanas después, también el primer día de la semana, de nuevo el domingo.

El Evangelio de hoy nos relata la presentación de Jesús vivo en medio de sus discípulos el mismo día de su resurrección. En esa ocasión, después de saludarlos repitiendoles: «Paz a ustedes», agrega: «Como el Padre me envió, también Yo los envío a ustedes». ¡Les está encomendando la misma misión que Él recibió de su Padre! Sabemos que Jesús en su vida pública no salió de los límites de Israel, como lo expresa: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). Pero ahora su envío deberá extenderse a todo el mundo. Lo mismo que Él hizo en Israel deberán hacerlo sus apóstoles en todas las naciones. ¿Cómo podrán hacerlo? No hay otra forma que recibiendo su mismo Espíritu. Por eso el evangelista agrega inmediatamente, como respondiendo a esta pregunta nuestra: «Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”». Entre todas las cosas que Él hizo, Jesús indica la que es más imposible para el ser humano: perdonar los pecados. En efecto es verdad lo que los judíos objetaban a Jesús diciendole: «¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?» (Mc 2,7). Jesús demostró que Él podía perdonar pecados, haciendo caminar a un paralítico. Entonces: «La gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres» (Mt 9,8). Ese poder lo tienen sólo Jesús y sus enviados a quienes dio su Espíritu. El poder de perdonar los pecados resume toda la misión de Jesús, desde su nombre – «le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21)– hasta su muerte y resurrección y efusión de su Espíritu, como lo afirma la primera carta de Pedro: «Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos» (1Ped 3,18).

Nos asalta la duda: ¿Cuándo recibieron los apóstoles verdaderamente el Espíritu Santo, el día de la resurrección como lo dice el Evangelio de Juan, o cincuenta días después –en Pentecostés–, como lo dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles? En realidad, no hay incoherencia entre ambos. El día de la resurrección Jesús hizo el gesto representativo de ese don: «Sopló sobre ellos», expresando así al Espíritu (esta es la palabra griega y hebrea para decir «viento») y aclarando que ese Espíritu es suyo, porque «procede del Padre y del Hijo». Pero es un gesto profético, que apunta al momento en que eso ocurriría: «El día de Pentecostés… vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban… y quedaron todos llenos del Espíritu Santo» (Hech 2,1.2.4). Ese día recibieron los apóstoles «fuerza de lo alto» y comenzó la predicación. Ese día el Espíritu los llevó a la verdad plena sobre la Palabra de Jesús y su misterio y les dio la fuerza para comenzar a predicarlo. Esa es la fuerza por la cual clama hoy la Iglesia orando: «Envía, Señor, tu Espíritu y todas las cosas serán creadas; y renovarás la faz de la tierra».

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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