El Evangelio de Hoy Domingo 2 junio 2019

Lc 24,46-53

Serán revestidos de fuerza de lo alto

Celebramos este domingo la Solemnidad de la Ascensión del Señor al cielo, evento que ocurrió cuarenta días después de su resurrección, según nos informa Lucas en los Hechos de los Apóstoles: «Después de su pasión, se presentó vivo (a los apóstoles que había elegido) con muchas evidencias, apareciendose a ellos durante cuarenta días y hablandoles sobre lo referente al Reino de Dios» (Hech 1,3). El día preciso de la celebración de la Ascensión debería ser, entonces, el jueves de la Semana VI de Pascua. Pero en nuestro país, no siendo ese día feriado legal, se traslada al domingo siguiente, es decir, hoy.

La Ascensión del Señor es el evento que marca la división entre los dos tomos de la obra de Lucas: el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. El evangelista los llama: «Logos» (palabra, discurso, tratado), como vemos en la introducción a los Hechos: «El primer tratado (logos) lo hice, Teófilo, sobre todo los que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta el día en que, habiendo dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue ascendido» (Hech 1,1-2). Lucas habla de la actividad de Jesús durante su vida terrena como un comienzo, porque esa actividad continúa después de su Ascensión por medio de esos apóstoles que había elegido, a quienes precisamente había asegurado: «Quien a ustedes escucha, a mí me escucha; y quien a ustedes rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16).

En el Evangelio de hoy leemos las últimas palabras de Jesús resucitado a sus apóstoles. Les explica el misterio de su muerte y resurrección, como algo que ellos debían conocer por las Escrituras: «Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día». Poco antes, en el camino a Emaús, Jesús había reprochado a dos de sus discípulos que ignoraran eso: «“Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24,25-27). Jesús afirma que «era necesario» que el Cristo –Él mismo– padeciera eso. ¿Por qué era necesario? Porque no había otro modo de ofrecer a Dios reparación suficiente por el pecado del ser humano y, de esta manera, devolver al ser humano a la amistad con Dios, que había perdido. Lo que afirma Jesús es que nosotros debemos a Él nuestra salvación eterna y que esto lo obtuvo con su muerte en la cruz. La resurrección de Jesús es la prueba de que el objetivo estaba obtenido: la muerte, que es la consecuencia del pecado, estaba vencida. Lo dice San Pablo, por reducción al absurdo, en su carta a los cristianos de Corinto: «Si Cristo no resucitó… ustedes están todavía en sus pecados» (1Cor 15,17). Es prueba suficiente para hombres que habían pasado de la esclavitud del pecado a la santidad de vida.

Por eso, todo lo que los apóstoles son enviados a predicar, Jesús lo resume con estas palabras: «Que se predique en su Nombre a todos los pueblos la conversión para perdón de los pecados». Esa predicación habría sido vana, si Cristo no hubiera muerto y resucitado. Esa predicación deben hacerla, en primer lugar, con el testimonio de una vida libre del pecado. Por eso Jesús agrega inmediatamente: «Ustedes son testigos de todo esto». No basta la palabra; es necesario el testimonio.

¿Cómo podrán esos hombres sencillos, procedentes de un lugar tan oscuro de la tierra, como era Palestina antes de Cristo, predicar a todos los pueblos? Lo explica Jesús a continuación: «Miren, Yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre. Ustedes permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de fuerza de lo alto». Jesús se refiere al Espíritu Santo, que vino sobre ellos diez días después, el día de Pentecostés. La «fuerza de lo alto» es la fuerza de Dios que les permitió comprender el misterio de Jesús y les dio valentía para anunciarlo: «Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a quienes le obedecen» (Hech 5,32; también Hech 2,32; 3,15).

«Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo». Jesús va a realizar así la profecía más repetida sobre el Cristo: «Dijo el Señor (YHWH) a mi Señor: “Sientate a mi derecha”» (Sal 110,1.4). Pero precisamente a ese personaje, a quien David llama: «Mi Señor», y a quien Dios pone a su mismo nivel –«Sientate a mi derecha»– Dios dice: «Tú eres sacerdote eterno». Eso es lo que significa el gesto de Jesús de bendecir, que el evangelista acentúa, pues lo propio del sacerdote era la bendición. De esta manera, Jesús declara abolido el sacerdocio de Aarón a quien, en el régimen del Antiguo Testamento, Dios había dicho: «Así has de bendecir a los israelitas. Les dirás: El Señor te bendiga y te guarde; ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Num 6,23-26). Esa bendición era anticipo de la verdadera bendición, la de Jesús resucitado, que hoy administran a los fieles quienes comparten su mismo sacerdocio.

Jesús dejó a sus apóstoles a la espera de la fuerza de Dios. Quedemos también nosotros a la espera del Espíritu Santo que vino sobre la Iglesia el día de Pentecostés.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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