El Evangelio de Hoy Domingo 12 mayo 2019

Jn 10,27-30

Jesús, el Señor, es mi Pastor; nada me falta

Este Domingo IV de Pascua recibe el nombre de «Domingo del Buen Pastor», porque, en este domingo, en cada uno de los tres ciclos de lecturas se lee una parte del Capítulo X de San Juan donde se expone el discurso de Jesús en que Él repite dos veces: «Yo soy el Buen Pastor» (Jn 10,11.14).

Esa afirmación es claramente una analogía, porque en su vida real Jesús no era un pastor. Él es conocido como «el carpintero» (Mc 6,3) y no hay en su vida ninguna actividad pastoril. Pero es una analogía que Jesús no inventa, sino que se la apropia, tomandola del Antiguo Testamento, donde se aplicaba, en primer lugar, al rey, en cuanto él debía guiar al pueblo y velar por él como un pastor a su rebaño. En la alianza que hicieron el rey Ajab de Israel y el rey Josafat de Judá con el fin de conquistar para Israel la ciudad de Ramot de Galaad, llamaron al profeta Miqueas para consultar al Señor sobre el éxito de esa empresa. El profeta respondió que iba a morir el rey de Israel, pero lo expresó de esta manera: «He visto todo Israel disperso por los montes como ovejas sin pastor. El Señor ha dicho: “No tienen soberano; que cada uno vuelva a su casa en paz”» (1Reg 22,17). El rey Ajab no dio crédito al profeta y murió en la batalla y el pueblo se dispersó.

Pero la analogía del pastor se aplicaba, sobre todo, a Dios, como lo expresa el conocido Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta… por prados de fresca hierba me apacienta… hacia las aguas de reposo me conduce… no temeré algún mal, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sal 23,1.2.4). El Señor –Yahweh– es llamado con el nombre de Pastor, como lo hace el Salmo 80: «Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como un rebaño…» (Sal 80,2). Ante la infidelidad de los reyes de Israel, el profeta Ezequiel anuncia la venida del mismo Señor: «Así dice el Señor Dios: Aquí estoy Yo; Yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él… Como un pastor vela por su rebaño… así velaré Yo por mis ovejas… Yo mismo apacentaré mis ovejas y Yo las llevaré a reposar, oráculo del Señor Dios» (Ez 34,11.12.15). A Dios se le da el nombre de «Pastor»; y «nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10,18). ¡Dios es el Buen Pastor!

Ahora podemos entender lo que quiere decir Jesús cuando define su propia identidad, diciendo: «Yo soy el Buen Pastor». Los judíos, que lo escuchaban entendieron que Él asumía sobre sí los rasgos de Dios. De esta manera, con esa expresión solemne –«Yo soy…»–, Jesús nos revela que Dios mismo, que se esperaba que viniera a apacentar a su pueblo en Persona, es Él, Jesús. Hecho hombre, Él es el Ungido (el Cristo).

Así se explica que los judíos le digan: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en suspenso? Si tú eres el Cristo, dilo abiertamente» (Jn 10,24). La respuesta de Jesús es clara: «Ya lo he dicho a ustedes, pero ustedes no me creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero ustedes no creen porque no son de mis ovejas». Jesús ha repetido: «Yo soy el Buen Pastor». Él es ese pastor prometido, que debía ser hijo de David, pero también el Hijo de Dios –Dios mismo– que viene a apacentar a su pueblo. Ya hemos visto que Él llama a Dios, «mi Padre».

Jesús hace una distinción entre los que son de sus ovejas y los que no lo son. Cuando un pastor quiere reunir a su rebaño, llama a sus ovejas y ellas escuchan la voz conocida de su pastor y lo siguen. Las ovejas que no son de ese pastor escuchan esa voz y no lo siguen. Jesús dice a los judíos: «Ustedes no creen, porque no son de mis ovejas» (Jn 10,25). En contraste, agrega: «Mis ovejas escuchan mi voz; Yo las conozco y ellas me siguen». Toda nuestra preocupación debe ser entonces escuchar la voz de Jesús. Lo recomienda el mismo Dios, cuando, en el monte de la Transfiguración dice a los discípulos: «Este es mi Hijo, el Amado. ¡Escúchenlo!» (Mc 9,7).

La promesa para los que son de sus ovejas es lo que todos anhelamos: «Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano». Poco antes Jesús ha declarado: «Yo he venido para que mis ovejas tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Así define su misión; para esto ha venido, para que nosotros tengamos vida eterna. ¡Qué frustración es que pase por el lado nuestro sin que lo escuchemos!

Por su hubiera aún duda, Jesús declara quién es Aquel a quien llama «Padre»: «El Padre… es más grande que todos». Esta afirmación no es verdad, sino dicha del verdadero Dios. El Padre es Dios. Por eso agrega: «Nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre»; nadie puede arrebatarle sus ovejas.

Luego explica por qué Él define su Persona apropiándose la condición de Buen Pastor, que pertenece sólo a Dios. Lo hace con una expresión que revela su propia condición divina: «Yo y el Padre somos uno». Jesús y el Padre son claramente dos. Sí, son dos Personas distintas. Pero ambos poseen la misma naturaleza divina; ambos son el mismo y único Dios. Jesús comienza la frase con su Persona –«Yo y el Padre»–, porque es su Persona la que está revelando. Por eso, las traducciones que, siguiendo una convención nuestra, traducen: «El Padre y Yo…», tuercen una de las afirmaciones más importantes de toda la Biblia.

¿Cómo puede alguien escuchar la voz de Jesús hoy –dos mil años después– para formar parte de su rebaño? No es un detalle que haya escapado a Jesús. Al contrario, Él quiso transmitir a muchos otros varones, por medio del Sacramento del Orden, la condición de pastores y, refiriendose a ellos, asegura: «Quien a ustedes escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). Por eso, este Domingo IV de Pascua, que se dedica a profundizar la analogía del Buen Pastor, ha sido declarado por la Iglesia «Jornada de oración por las vocaciones sacerdotales». En unión con la Iglesia universal, debemos orar en este día para que no falten al Pueblo de Dios pastores que hagan resonar la voz de Jesús y den a los fieles al alimento de vida eterna.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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