El Evangelio de Hoy Domingo 5 mayo 2019

Jn 21,1-19

Simón, ¿me amas más que…?

El Evangelio de este Domingo III de Pascua es el relato de lo que el Evangelio de Juan llama la tercera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos: «Esta fue la tercera vez que Jesús resucitado de entre los muertos se manifestó a sus discípulos». Difiere de las dos anteriores en que ocurre al aire libre, «a orillas del mar de Tiberíades», y no a puertas cerradas; Jesús no se pone «en el medio», sino que «se manifiesta» a distancia (200 codos, aprox. 100 m.); no especifica que haya sido el primer día de la semana; y no están todos los discípulos reunidos, sino sólo siete (cinco identificados por su nombre, entre ellos los hijos de Zebedeo).

El escenario es el mismo en que, tres años antes, Jesús llamó a Pedro, a su hermano Andrés y los hijos de Zebedeo: «Pasando a orillas del mar de Galilea (que es el mismo mar de Tiberíades), Jesús vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Vengan tras de mí, y haré que ustedes sean pescadores de hombres”. Inmediatamente, dejando las redes, lo siguieron» (Mc 1,16-18). Y ya no se apartaron de Él. Pero ahora Pedro dice: «Voy a pescar». Y los demás lo siguen: «También nosotros vamos contigo». ¿Vuelven a ser pescadores de peces? ¿Están cerrando el paréntesis de Jesús y volviendo a su vida anterior? Es que, después que Jesús murió, ya no tienen cómo seguirlo. El objetivo de esta tercera aparición de Jesús resucitado es precisamente encomendar a Pedro su misión y renovarle el llamado. La última palabra de Jesús a Pedro es: «Sigueme» (Jn 21,19.22).

La decisión de volver a pescar peces la tomaron Pedro y los otros discípulos ellos solos: «Voy a pescar… vamos también nosotros». Pero, entonces, la pesca fue nula: «Aquella noche no pescaron nada». Cuando lo hacen, en cambio, acogiendo la palabra de aquel desconocido que desde la orilla les dice: «Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán», la pesca fue excepcionalmente abundante: «No podían arrastrar la red por la abundancia de peces». El efecto admirable de esa palabra es lo que llevó al discípulo amado a exclamar: «Es el Señor». El que estaba en la orilla no podía ser otro que quien declaró: «Separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5). Es la certeza que en adelante guiaría sus vidas. Debe ser norma en la vida de todo cristiano.

Jesús los invita a un desayuno, que Él ya tiene adelantado: «Cuando los discípulos bajaron a tierra vieron brasas y un pez sobre ellas y pan». Pero Jesús quiere que ellos aporten también a ese desayuno: «Traigan algunos de los peces que acaban de pescar». Y luego les dice: «Vengan y coman»; y Él mismo les distribuye el alimento: «Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez». Todos saben que quien sirve es el Señor: «Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: “¿Quién eres tú?”, sabiendo que era el Señor». Podría repetirles las mismas palabras que les dijo en la última cena, pero ahora dichas por el Señor resucitado: «Si Yo, el Señor resucitado, los he servido, también ustedes deben servirse unos a otros. Les he dado ejemplo para que también ustedes hagan como Yo he hecho con ustedes» (cf. Jn 13,14-15).

La segunda parte de esa aparición comienza después de ese desayuno: «Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?”». Antes de entrar en la respuesta, debemos decir que esa pregunta es ambivalente, como suele ocurrir en el IV Evangelio. En el griego original, el pronombre personal, que sirve de término de comparación puede ser de género masculino –el que suele adoptarse en la traducción: «más que éstos»– o de género neutro y ser traducido: «más que estas cosas». Jesús intenta ambos significados y la respuesta de Pedro, que es única, responde a ambos: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero». Desgraciadamente, en la traducción al español se debe optar por una. Examinemos cada una.

«¿Me amas más que éstos?». La comparación se refiere a los demás discípulos. Jesús exigiría a Pedro un amor mayor que el que le tienen los demás discípulos. Asegurado de este amor, repetido tres veces para darle más firmeza, Jesús le confirma su elección, a la cabeza de los demás discípulos. Por eso este episodio evangélico suele llamarse el del «primado de Pedro». A este significado pertenece la renovación del llamado en singular: «Sigueme».

«¿Me amas más que estas cosas?». Esta traducción es igualmente posible que la anterior. Pero en este caso la comparación no es con el amor que tienen a Jesús los demás discípulos, sino con el amor que tiene Pedro a todas las demás cosas. Jesús quiere cerciorarse de que Pedro lo ama a Él más que a todas las demás cosas, en particular, más que su anterior oficio de pescador de peces, y también más que su propia vida. Asegurado de este amor, repetido tres veces, Jesús confía a Pedro lo que Él más ama, lo que lo llevó a Él a entregar la vida: «Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas… apacienta mis ovejas». Jesús repite: «Mis corderos, mis ovejas», porque las ha adquirido al precio de su sangre: «Fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Apoc 5,9). Jesús encomienda a Pedro lo que Él más quiere –sus ovejas–, haciendo de él, en adelante, un pastor. Pedro nunca más volverá a pescar. Ahora sabe cuál es su oficio.

El primado lo recibe Pedro, porque ama a Jesús más que los demás discípulos; la misión de ser pastor de las ovejas de Cristo la recibe porque ama a Cristo más que todo, incluso más que la propia vida. Para indicar esto, Jesús, por medio de una expresión enigmática, «le significaba con que clase de muerte iba a dar gloria a Dios». Todo queda confirmado con la palabra con que le renueva su llamado: «Sigueme». Ahora se trata de seguirlo hasta dar la vida por las ovejas, cosa que Pedro hizo fielmente muriendo mártir a la cabeza de la Iglesia de Cristo en Roma.

+ Felipe Bacarreza Rodriguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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