El Evangelio de Hoy Domingo 14 abril 2019

Lc 19,28-40

Si éstos callaran, gritarían las piedras

En este domingo se lee el Evangelio en dos momentos de la celebración eucarística y cada uno de ellos origina el respectivo nombre con que se llama a este día. La celebración comienza con la proclamación del Evangelio que narra la entrada de Jesús en Jerusalén, seguida por la procesión de los fieles hacia el templo aclamandolo con ramos de olivo. Este gesto originó el nombre «Domingo de Ramos». Luego, en la Liturgia de la Palabra, se proclama la Pasión y muerte de Jesús y esto origina el nombre «Domingo de Pasión», con que se designa también a este día. Ambas lecturas se toman este año del Evangelio de Lucas. Nos concentraremos, en esta ocasión, en el episodio de la entrada de Jesús en Jerusalén, con que se abre la Semana Santa.

Según los Evangelios Sinópticos ‒Marcos, Mateo y Lucas‒, durante su ministerio público, Jesús hizo un solo viaje a Jerusalén y celebró una sola Pascua con sus discípulos, que Lucas introduce con estas palabras de Jesús: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer» (Lc 22,15). En esa cena Jesús nos dejó el memorial de su sacrificio, que Él iba a consumar el día siguiente en la cruz como el verdadero Cordero que quita el pecado del mundo. Si Él iba a hacer un solo viaje a Jerusalén, y éste, para consumar allí su sacrificio redentor, podemos imaginar la importancia que adquiere su entrada en esa ciudad.

Lucas nos muestra a Jesús continuamente orientado hacia esa meta, como quién tiene ansia por alcanzarla. «Jesús marchaba por delante, subiendo a Jerusalén». Esta ciudad ejerce cierta fascinación sobre el evangelista y él pone en boca de Jesús el motivo, cuando quieren disuadirlo de seguir adelante: «Es necesario que hoy y mañana y pasado yo siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén!, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne su nidada bajo las alas, y tú no has querido!» (Lc 13,33-34).

El evangelista se concentra sobre el modo particular, programado por Jesús, para entrar en la ciudad. Él mismo, que recorría la Palestina a pie y que poco antes atravesó Jericó caminando, ahora, para entrar en Jerusalén, necesita hacerlo montado en un asno sobre el cual nadie ha montado antes. Lucas, que cuida su estilo literario y evita las redundancias y repeticiones, para referirse a este punto, repite dos veces: «Porque el Señor tiene necesidad de él». El título «el Señor» (ho Kyrios) era el modo como los judíos se referían a Dios. La primera vez, lo usa Jesús refiriéndose a sí mismo: «Si alguien les pregunta: “¿Por qué desatan el asno?”, ustedes dirán esto: “Porque el Señor tiene necesidad de él”». La segunda vez usan ese título los discípulos para referirse a Jesús, respondiendo a quienes preguntan el motivo de su acción: «Porque el Señor tiene necesidad de él». ¿Por qué esta insistencia en algo que parece banal? ¿Puede «el Señor» tener necesidad de un asno para alcanzar sus objetivos? La insistencia obedece a un motivo que para nosotros es difícil de comprender. El asno era una cabalgadura real y Jesús quería entrar en su ciudad, Jerusalén, como el hijo de David que viene a tomar posesión de su trono. Recordamos que cuando David quiso hacer reinar a Salomón como su sucesor, la instrucción que da es esta: «Hagan montar a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y bájenlo a Guijón. El sacerdote Sadoq y el profeta Natán lo ungirán allí como rey de Israel, tocarán el cuerno y gritarán: “Viva el rey Salomón”» (1Rey 1,33-34). El asno que Jesús se procuró era «su asno», porque nadie había montado antes sobre él.

La gente entendió el signo y al paso de Jesús gritaba: «Bendito el que viene –el Rey– en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas». En esta aclamación, como hace en general, Lucas evita el término hebreo original, que los otros evangelistas conservan: «Hosanna en las alturas». Es la misma aclamación que nosotros cantamos, cada vez que celebramos la Eucaristía, antes del momento central en que Jesús se va a hacer presente en el Santísimo Sacramento, bajo las apariencias de pan y vino. Como vemos, esta es una alabanza que Jesús sacramentado espera de nosotros, como una respuesta nuestra a su amor, que lo está llevando a entregar su vida por nosotros.

Pero no todos concuerdan en que Él merezca esa alabanza: «Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”». Esperaban que Jesús reconociera que esos títulos y esa alabanza eran excesivos y que sus discípulos, en su entusiasmo, exageraban al aplicárselos a Él. La respuesta de Jesús, en cambio, es sorprendente: «Les digo, si éstos callaran, gritarían las piedras». Con el fin de dar esta alabanza debida a Jesús, se han abierto en nuestra Diócesis y en muchas partes de Chile y del mundo lugares dedicados a la adoración continua de Jesucristo, realmente presente en el Santísimo Sacramento. No dejemos de alabarlo, para que no tengan que gritar las piedras, como un reproche contra nosotros. Gritaron las piedras, como una protesta contra el género humano, cuando Aquel, a quien reconocen como su Señor y Dios, fue crucificado: «El velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se partieron» (Mt 27,51).

Para un cristiano la Semana Santa no debe ser tomada simplemente como días libres para divertirse y disfrutar de los placeres de este mundo. En esta semana debemos acompañar a Jesús y tratar de comprender la inmensidad de su amor hacia su Padre y hacia nosotros, que lo llevó a dar su vida en la cruz por nuestra salvación eterna. Ignorarlo sería el colmo de la ingratitud.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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