¿Para qué necesitamos a la Iglesia?

Por Santiago Acevedo Ferrer

Abogado y católico

La crisis que atravesamos en la Iglesia Católica ha conllevado una esperable pero siempre lamentable consecuencia: el alejamiento de parte de su pueblo fiel. Gente que antes creía y participaba activamente y que hoy no lo hace. “Después de esto, no pienso volver a confesarme”, “esto no tiene sentido”, “esto no era verdad”, “dejamos de ir a Misa”, son frases y sentimientos que he oído en primera persona de boca de amigos y conocidos.

Lejos de reprochar a quienes se han alejado de su comunidad creyente, quisiera reflexionar sobre la pregunta que subyace a estos planteamientos: ¿para qué necesitamos a la Iglesia?

La pregunta me parece atingente, aun cuando duela tan sólo formularla. ¿Para qué se requiere un intermediador en la relación del creyente con Dios? ¿No es acaso más deseable y más simple establecer una relación directa entre el cristiano y Cristo nutrida por la oración personal y reflexión bíblica? En ese modelo, ¿no nos ahorraríamos tantos problemas desprendiéndonos de toda institucionalidad y así evitar toda fuente de escándalo y pecado? Dicho de otro modo, ¿qué le aporta al creyente la existencia de un organismo llamado Iglesia?

Puede que existan muchas y muy buenas razones de la conveniencia de la existencia de la Iglesia, pero quisiera detenerme sólo en dos.

En primer lugar, se advierte un diseño divino. Fuimos creados sociables y en general nos necesitamos unos a otros para sobrevivir y desarrollarnos. La Iglesia viene a ser una manifestación más (en el ámbito religioso) de ese tejido comunitario en el que naturalmente nos desenvolvemos. Más aún, ese diseño divino se confirma al leer en el libro del Génesis que, después del pecado original, Dios no envió inmediatamente a su Hijo sino que preparó y eligió a un pueblo de cuyo seno hizo surgir al Mesías.

Ese mismo Mesías, al encarnarse y morir en la cruz, inauguró una nueva etapa, no ya temporal y acotada a una nación, sino universal y eterna. Y si uno repara en la estrategia empleada por Jesús, verá que Jesús preparó una comunidad de discípulos con quienes compartió, a quienes formó y a quienes se apareció una vez resucitado. Y fue a esa comunidad de hombres y mujeres creyentes a quienes confió su misterio, sus enseñanzas, el poder de perdonar pecados y la misión de predicar esta buena noticia hasta los confines de la tierra.

Ese diseño y estrategia de Dios para difundir su mensaje tiene la ventaja de que permite que seres imperfectos como los hombres se complementen al unirse bajo la guía del Espíritu. Y aquí llegamos a la imagen explicada gráficamente por San Pablo en la primera carta a los Corintios. “Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno un miembro de él. Y Dios los dispuso así en la Iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero doctores, luego el poder de obrar milagros, después el don de curaciones, de asistencia a los necesitados, de gobierno, de diversidad de lenguas.” (1 Corintios 12:27-28).

La imagen del cuerpo de Cristo me parece crucial para superar la presente crisis, porque complementa la imagen del pastor y las ovejas, donde sólo caben dos opciones: o ser pastor o ser oveja. Y quienes no somos pastores, ya sabemos la parte que nos toca. Pero desde la perspectiva de un cuerpo y de una multiplicidad de dones, cada fiel bautizado podrá ponerse en la presencia de Dios y dilucidar cuáles son los dones y el papel que debemos jugar en beneficio del cuerpo de Cristo, al tiempo que nos vemos beneficiados de los dones y misiones de otros bautizados. Un cuerpo que se necesita, que se asocia y, de esa forma, afronta en conjunto tareas arduas y multidisciplinarias.

La segunda razón en pro de la existencia de una Iglesia nace de la anterior. En la Última Cena, Jesús transforma el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre y le pide a sus apóstoles que hagan esto en memoria suya. Fiel a este mandato, desde sus inicios y por más de veinte siglos la Iglesia no ha dejado de consagrar el pan y el vino entregándolo al pueblo de Dios como prenda de vida eterna. Así, para uno como cristiano, Jesús no es sólo un referente moral y un pensador sino que pasa a ser mi mentor y mi guía. No sólo alguien a quien sigo sino alguien a quien consumo y en quien vivo. Y sin Iglesia no tendríamos ese pan, porque no existirían esos panaderos que son los sucesores de los doce apóstoles y a quienes llamamos sacerdotes.

Vuelvo al planteamiento original: ¿para qué necesitamos a la Iglesia?

Pienso en mis amigos y en tantos otros que se han apartado, decepcionados, de su Iglesia. Pienso en mí y en las veces que he pensado si tiene sentido todo esto. Y veo que sí hay un sentido. Porque el seguimiento de Cristo, para ser cabal, pide que exista una doble comunión: comunión con los bautizados y comunión eucarística.

Esta Iglesia debe reformarse, reparar, reorganizarse y purificarse, es verdad. Rogamos que así sea. Pero quien quiera seguir a Cristo, la necesita ineludiblemente. Y aquí radica, a mi juicio, la grandeza de esta misión de recobrar la confianza de sus miembros defraudados.

(Visited 57 times, 1 visits today)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *