El Evangelio de Hoy Domingo 13 mayo 2018

Mc 16,15-20

El Señor Jesús se sentó a la derecha de Dios

La Ascensión del Señor al cielo, que celebra la Iglesia este domingo, pone fin a su presencia visible en la tierra e inaugura, por acción del Espíritu Santo, su presencia espiritual en el corazón de los fieles. Al decir «presencia espiritual» no se quiere decir menos real; se quiere decir no perceptible a los sentidos materiales, sino sólo a la fe. Debemos agregar que las verdades que se poseen por la fe, si bien son menos claras para nosotros, se conocen, sin embargo, de manera mucho más cierta y firme, hasta el punto de que muchos dan la vida por ellas.

El evento de la Ascensión lo relata explícitamente el evangelista Lucas, tanto en la conclusión de su Evangelio, que es el primer tomo de su obra, como en el comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que es su segundo tomo. Constituye así el evento que hace de bisagra entre la vida terrena de Jesús y la vida de su Iglesia. En efecto, en la conclusión de su Evangelio, durante la aparición de Jesús resucitado a los Once con los demás que estaban con ellos, leemos: «“Miren, yo voy a enviar sobre ustedes la Promesa de mi Padre. Ustedes permanezcan en la ciudad hasta que sean revestidos de fuerza desde lo alto”. Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,49-51). Desde aquí retoma los Hechos de los Apóstoles: «Y, reunido con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del Padre, “que oyeron de mí –les dijo–… ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días… recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. Y dicho esto, mientras ellos miraban, fue levantado, y una nube lo ocultó a sus ojos». (Hech 1,4.5.8.9).

Los otros evangelistas –Mateo, Marcos y Juan– y los demás escritores del Nuevo Testamento no lo relatan, porque lo dan por sabido. En efecto, de todos los textos del Antiguo Testamento que se usan en el Nuevo Testamento, el que más resuena es el Salmo 110, que se considera cumplido en Jesús y que comienza, precisamente, con estas palabras: «Dijo el Señor (Yahweh) a mi Señor: Siéntate a mi derecha…» (Sal 110,1).

La conclusión del Evangelio de Marcos (Mc 16,9-20), cuyos versículos finales leemos en el Evangelio de este domingo, es canónica y, por tanto, hay que proclamarla como Palabra de Dios, pero no es obra del mismo autor –Marcos– del resto de ese Evangelio. Esa conclusión fue agregada al Evangelio de Marcos por una mano anónima, que hizo un resumen de los Evangelios de Lucas y de Mateo. El anónimo autor toma de Mateo el envío misionero universal de Jesús y de Lucas su Ascensión al cielo y el cumplimiento de la misión.

«Yendo al mundo entero, proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado, será salvado; el que no crea, será condenado». En este envío se repite dos veces la extensión universal de la misión. En la mente del autor «toda la creación» es coextensiva con «el mundo (kosmos) entero». Está latente la convicción de que antes del fin de los tiempos, el Evangelio tiene que ser anunciado a todo el mundo. Se basa en una sentencia pronunciada por Jesús, cuando estaba precisamente hablando del fin: «Será proclamado este Evangelio del Reino a toda la tierra (oikoumene), como testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (Mt 24,14).

La salvación del ser humano es un don de Dios. El verbo correspondiente se usa siempre en voz pasiva: «será salvado». Pero este don lo quiere dar Dios con ocasión de la fe en el Evangelio, que de esta manera es necesaria. Lo dice el conciso texto en dos frases paralelas antitéticas: «El que crea… será salvado; el que no crea será condenado». El paso de la fe al Bautismo es espontáneo. El Bautismo es la actuación sacramental –gesto significativo eficiente– de la salvación; se muere al pecado y se nace a la vida divina en la cual se ha creído. El Evangelio es el anuncio de que esa vida se nos ha concedido por la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Esto es lo que hay que creer.

«El Señor Jesús, después de haberles hablado, fue asumido al cielo y se sentó a la derecha de Dios». Es clara la afirmación de que él es quien cumple lo anunciado en el Salmo 110: «Sientate a mi derecha». Y lo proclama ya como «Señor», como lo hacían todos los cristianos: «Él se despojó… y se humilló… Pero Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre… de modo que toda lengua proclame que Cristo Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre» (Fil 2,7.8.9.11). También nosotros lo proclamamos Señor: «Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor… subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre…».

Finalmente, el anónimo autor inspirado asegura que la misión comenzó a realizarse en obediencia al mandato: «Ellos salieron a proclamar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con los signos que la acompañaban». Nuestra expresión en español «colaborar con ellos» no da la idea exacta, pues parece subordinar la acción del Señor a la de sus enviados. En realidad, la idea es que ellos no actúan solos, sino que el Señor actúa junto con ellos y su parte consiste en confirmar la Palabra de ellos por medio de «signos». Sabemos que esta es la expresión con la cual en el Evangelio de Juan se designa a los milagros que obra Jesús. Ese Evangelio concluye destacando la virtud de los signos de Jesús para suscitar la fe: «Jesús realizó en presencia de los discípulos muchos otros signos que no están escritos en este libro. Éstos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre» (Jn 20,30-31).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

(Visited 15 times, 1 visits today)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *