El Evangelio de Hoy Domingo 11 marzo 2018

Jn 3,14-21

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único

En el Evangelio de este Domingo IV de Cuaresma leemos el diálogo que tuvo Jesús con Nicodemo. Allí formula Jesús la expresión máxima del amor de Dios: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único». Con la palabra «mundo» designa la totalidad de los seres humanos. Es a ellos a quienes Dios ama hasta ese extremo. Y ¿cómo dio a su Hijo? Enviandolo como uno más, un hombre más en la historia humana: «Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4,4). De esta manera toda la humanidad quedó elevada.

El primer artículo de la fe cristiana se refiere a Dios: «Creo en Dios». Es claro, pues Dios es el Ser supremo, infinito, sin principio, que da existencia a todo lo demás y, por tanto, da sentido a todo cuanto existe. ¿Quién puede negar que el universo está ordenado y que las leyes que lo rigen no tienen error? Por poner sólo un ejemplo, la tierra, que es un punto infinitesimal en el espacio, ha girado durante miles de millones de años en torno al sol sin adelantarse ni atrasarse. Es nuestro reloj perfecto por el cual medimos el transcurso del tiempo. Por eso, el segundo artículo de nuestra fe afirma sobre Dios: «Creador del cielo y de la tierra». Esta es la primera frase de la Escritura: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1). En esta expresión –cielo y tierra– se incluyen todos los seres visibles e invisibles, los seres materiales e inmateriales. Entre los seres materiales nos incluimos también nosotros, los seres humanos.

¿Qué necesidad tenía Dios de crear el cielo y la tierra? Ninguna. ¿Y por qué lo hizo? Por la única razón por la que Dios puede hacer algo: por amor, es decir, para comunicar su bondad. El amor consiste en procurar el bien del otro. Dios no puede obrar para aumentar su propio bien, porque Él es ya el Bien infinito. Veamos cómo enseña esto el Catecismo: «Dios no tiene otra razón para crear que su amor y su bondad: “Aperta manu clave amoris creaturae prodierunt” (“Abierta su mano con la llave del amor, surgieron las criaturas”) (S. Tomás de Aquino, Sent. 2, prol)… La gloria de Dios consiste en que se realice esta manifestación y esta comunicación de su bondad para las cuales el mundo ha sido creado» (N. 293.294).

La creación del mundo material es un gran don de Dios para el ser humano. Según enseña el Concilio Vaticano II, «el hombre es la única criatura terrestre a la cual Dios ha amado por sí mismo» (GS 24). Y ¿por quién ha amado las demás creaturas? Todas las demás creaturas materiales las ha amado por el hombre y para él las ha creado. Son expresión de su amor al ser humano. Por eso, la creación es tan bella.

Pero Dios tenía dispuesto darnos todavía un don que es expresión de un amor infinitamente mayor. Esto es lo que revela Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único». ¿Con qué fin lo dio? «Para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Si Dios no hubiera dado su Hijo al mundo, aunque le hubiera dado toda la creación, la historia humana sería oscura, pues sería una pura carrera a la muerte; los seres humanos estaríamos destinados a «perecer». Con el don de su Hijo, Dios nos concedió la vida eterna, que podemos tener «en él». Esa vida se concede «a todo el que cree en él», es decir, a quien lo acoge a él como único Salvador: «Dios envió a su Hijo… para que el mundo se salve por él».

Jesús explica a Nicodemo el modo de obtener esa vida eterna, que es la vida de Dios. Lo hace con una comparación tomada de la historia de Israel: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él». La comparación se refiere sólo al hecho de «ser levantado», con lo cual Jesús indica la necesidad de su crucifixión. En efecto, en el desierto, a quienes eran mordidos por una serpiente venenosa bastaba «mirar» la serpiente de bronce para que el veneno no hiciera efecto y conservaran la vida, pero esta vida mortal. En el caso del Hijo del hombre –así habla Jesús sobre sí mismo– no basta con mirarlo en la cruz; hay que «creer» que él es el Hijo de Dios hecho hombre, que, muriendo de esa manera, expiaba nuestros pecados y nos da la «vida eterna».

Jesús se pone en el triste caso de quien lo rechace a él: «El que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios». El juicio no tiene lugar solamente en el día final, sino también en la vida presente y consiste en la aceptación o rechazo del Hijo único de Dios hecho hombre. Ciertamente vieron a Jesús levantado en la cruz los dos malhechores que fueron crucificados junto con él. Uno de ellos creyó en él y le rogó: «Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino». Éste recibió la siguiente sentencia: «En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,42.43). El otro lo insultaba y expresaba su incredulidad con ironía: «¿No eres tú el Cristo? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (Lc 23,39). Jesús no le responde, porque él mismo, con su actitud de rechazo, dicta su propia sentencia; «ya está juzgado».

Como hemos visto, el Evangelio de este domingo contiene una de las afirmaciones más hermosas de la Escritura: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único». ¿Quién puede comprender la medida de amor expresada en ese don? Esta es una de esas verdades reveladas por Jesús que nosotros no podemos dimensionar: «No pueden cargar con ellas ahora» (Jn 16,12), dice Jesús. Pero agrega: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, él los guiará a la verdad plena» (Jn 16,13). En esta Cuaresma debemos pedir la ayuda del Espíritu Santo para entender el amor de Dios hacia nosotros. Quien ha entendido esto queda transformado en una nueva persona; San Pablo dice: «una nueva creación» (2Cor 5,17), porque puede obrarlo sólo Dios.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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