El Evangelio de Hoy Domingo 28 enero 2018

Mc 1,21-28

La Palabra de Dios es viva y eficaz

Después de la llamada por parte de Jesús de sus primeros cuatro discípulos, el Evangelio de este Domingo IV del tiempo ordinario continúa: «Entraron en Cafarnaúm». El sujeto del verbo en plural corresponde a Jesús y esos cuatro discípulos que, habiendo dejado todo, ahora lo seguían. «El sábado, habiendo entrado en la sinagoga, enseñaba». El sujeto del verbo «enseñar», en cambio, es Jesús solo. Tratandose de su primera actividad pública, se puede decir que estamos ante un relato programático.

«Sinagoga» es una palabra griega que significa «congregación». En el tiempo de Jesús, esta palabra designaba el edificio en el cual se reunía el pueblo el sábado para la lectura y comentario de la Escritura. La sinagoga se remonta a seis siglos antes de Cristo. Durante el exilio de Babilonia (587-539 a.C.), dos fueron los medios que le permitieron a Israel mantener su identidad en medio de un pueblo pagano: la circuncisión y la observancia del sábado. No pudiendo celebrar el culto en tierra extranjera, el pueblo se reunía el sábado a leer la Palabra de Dios. Así nació la sinagoga. Fue el medio providencial que permitió el pueblo de Israel conservar la Palabra de Dios durante el exilio. La situación que estaba viviendo el pueblo influyó sobre la lectura de la Escritura y hoy, en el análisis de los textos antiguos, los intérpretes tratan de discernir qué es lo que se leía antes del exilio y qué es lo que se introdujo durante ese período, para explicar por qué Dios permitía que su pueblo sufriera esa suerte.

Jesús tenía costumbre de participar el sábado como uno más en la sinagoga de su pueblo Nazaret (cf. Lc 4,16). Pero en Cafarnaúm era desconocido. Y allí entró en la sinagoga y tomó la palabra para enseñar. Para los presentes, habituados a escuchar a sus escribas, fue una experiencia insólita: «Quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas». ¿En qué consiste esa autoridad? Debemos continuar la lectura, porque más adelante el evangelista repite la reacción de los presentes.

«Había en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar». Que ese hombre esté poseído por un espíritu significa que ese espíritu, incluso contra la voluntad del hombre, usa de sus facultades y se expresa a través de ellas. El espíritu es calificado como «inmundo», es decir, inhábil con relación a Dios, que es la fuente de toda santidad. Hasta entonces, se supone que ese hombre había acudido a la sinagoga sin que se manifestara algo fuera de lo común. Es la situación de todo el Antiguo Testamento, en que no aparecen casos de posesión por parte de algún espíritu opuesto a Dios. Pero al entrar ese hombre en contacto con Jesús, el espíritu no resiste su cercanía y él toma la iniciativa: «Se puso a gritar: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios”». El espíritu inmundo no resiste la cercanía del «Santo de Dios». Reconoce en Jesús a aquel que viene a destruirlos, en cumplimiento de la antigua sentencia de Dios contra la serpiente, el así llamada «proto-evangelio»: que la serpiente antigua, que introdujo el pecado en el mundo y, con el pecado, la muerte, sería destruida: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él (un individuo) te pisoteará la cabeza, mientras tú acechas su talón» (Gen 3,15). La serpiente logró acechar su talón, pues empleó su poder para conseguir la muerte de Jesús, por medio de Judas. Pero quedaría destruida por su resurrección.

Al ver a ese hombre gritando, imaginemos el espanto de todos los presentes en esa sinagoga, que contrasta con la total serenidad de Jesús, que se mantiene dueño de la situación: «Jesús lo conminó diciendo: “Callate y sal de él”. Y, agitandolo violentamente, el espíritu inmundo dio un fuerte grito y salió de él». Nuevamente, los presentes quedan impactados por la autoridad de Jesús: «Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad! Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen”».

Entendemos que en esa sinagoga todos hayan quedado admirados de la autoridad de Jesús, cuando enseñaba, porque él no se limitaba a comentar la Palabra de Dios, como hacían los escribas; él ¡es la Palabra de Dios! Nadie podía hablar sobre Dios como lo hacía él, pues «nadie conoce al Padre, sino el Hijo» (Mt 11,27) y «a Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único que está en el seno del Padre, él lo ha revelado» (Jn 1,18). Pero no entendemos por qué hablan de «una doctrina nueva», cuando manda a los espíritus inmundos (notemos que, de un caso singular, pasan a una actividad general). Es que la doctrina de Jesús no es meramente informativa; es también operativa; obra la salvación, liberando del pecado. En su palabra se cumple lo que experimentaron sus discípulos: «La Palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de dos filos, penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu… escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Heb 4,12).

Esta es la palabra que los fieles somos llamados a escuchar cada domingo. Exponiendonos a esta Palabra viva y eficaz de Cristo, podemos progresar en nuestra identificación con él, hasta poder decir: «Ya no soy yo quien vive; es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Como los judíos en Babilonia, esta es la única manera en que nosotros podemos rechazar los criterios del mundo y vivir según los criterios de Cristo.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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